Hablemos de Bardo

Unos afirman que es una autobiografía irónica; que es una provocación, ¿a quién provoca?; que habla de migración, ¿quién es el migrante, él o las personas que entrevista?
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Columnas / México / Puebla

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Vi Bardo. Falsa crónica de unas cuantas verdades, de Alejandro González Iñarritu. Me gustó la película. Más me gustó volver a una sala de cine después de tres años. Gran experiencia visual, cóctel frenético de sentimientos. Me alegró, me deprimió y me encabronó. Un torrente de sonidos, imágenes, recuerdos y nostalgias. ¿Cuántos años de no ir al California Dancing Club  o pasear en el Zócalo al amanecer?

Escucho y participo en conversaciones. Intensa la discusión. Lugares comunes que las redes sociales repiten una y otra vez, hasta volverlas verdades absolutas. Las sesudas y analíticas reflexiones de críticos de cine. Los que saben y los que dicen que saben.

Unos afirman que es una autobiografía irónica; que es una provocación, ¿a quién provoca?; que habla de migración, ¿quién es el migrante, él o las personas que entrevista?; que es un culto al ego, ¿qué película no es un culto al ego?; que es una sátira al actual gobierno, si tiene elementos satíricos; que es un homenaje al subrealismo, efectivamente, los tiene en abundancia; que es un homenaje o un plagio a Fellini o Buñuel, a ellos y a muchos más, pero eso se vale. Todas las opiniones tienen algo de razón.

Dejo los aspectos técnicos a los que saben, simplemente digo: Bardo es un gran espejo donde nos vemos tal cual somos y al mismo tiempo observamos las imágenes distorsionadas de nosotros. ¡¿Qué?!

Se trata de un enorme, bello y triste monumento al hedonismo. A la búsqueda del placer, al escape del dolor. Ojo. El hedonista no es un loco degenerado que sólo vive en los excesos del cuerpo y de la carne. El hedonista es aquel capaz de poseer todo sin que nada lo posea. Sabe que las cosas no deben dominar al hombre, si no el hombre tener control sobre todo lo demás; aquel que disfruta los placeres al momento, pero que si algún día no tiene ese placer no hay problema; aquel que sabe que no hay ninguna vergüenza o degradación en cobrar, y cobrar bien, por lo que sabe y por lo que hace para adquirir buenas cosas materiales. Los hedonistas son los que van a las casas de los ricos, porque  a diferencia de éstos, saben lo que les hace falta y donde encontrarlo. Alejandro González Iñarritu es el mejor ejemplo del hedonismo del Siglo XXI.

Podría hablar de cada una de las escenas de Bardo. Mis dos favoritas son las secuencias del California Dancing Club y el recorrido en las calles aledañas al Zócalo.

La primera, porque me pone frente al espejo de muchas noches de amores y traiciones, de encuentros y despedidas, con la inquebrantable fe de que como cantan Willie Colón y Héctor Lavoe, “pronto llegará el día de mi suerte, se que antes de mi muerte, seguro que mi suerte cambiará”.

La segunda, porque me recuerda el frío, la soledad de recorrer las calles del Centro en la madrugada, a las 3 de la mañana, cuando ladran los perros del amanecer, a los que les canta Joaquín Sabina, esperar el sol en el Zócalo y saber que sin importar como venga el nuevo día será otra oportunidad de seguir viviendo.

@onelortiz


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