Opinión

Independencia 200 años

¿Cuál es la lección que nos deja la consumación de la Independencia? La historia no es lineal. En la vida real, los hombres aciertan y equivocan
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Columnas / México / Puebla

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@onelortiz

Conmemoramos doscientos años de la culminación de la independencia de México. ¿Cuál es el significado de esta fecha? ¿Se trata de una efeméride más del calendario cívico o un momento de reflexión después de dos siglos de vida independiente?  El 16 de septiembre de 1810, Miguel Hidalgo e Ignacio Allende encabezaron la insurrección. El 27 de septiembre de 1821, el Ejercito Trigarante entró a la Ciudad de México encabezado por Agustín de Iturbide.

En el acta de Independencia del 28 de septiembre, la primera rúbrica es de Iturbide; la segunda, de Manuel Abad y Queipo, el obispo que excomulgó a Hidalgo; después están las firmas de los potentados de la Ciudad de México y de generales realistas. Ningún insurgente firmó. El hecho de que los conservadores hayan consumado la Independencia, no anula los años de lucha y sacrificio de nuestro pueblo.

La firma de los insurgentes y de los “guadalupes” se escribió en el campo de batalla, en las traiciones de las que fueron objeto, en las torturas y los fusilamientos. “Sin prisioneros”, ordenaron los virreyes Apodaca y Félix María Calleja. Los oficiales realistas cumplieron al pie de la letra las indicaciones, uno de los más sanguinarios, Agustín de Iturbide; otro,  un joven oficial, Antonio López de Santa Anna.

¿Qué ocurrió en más de una década de lucha? Fueron tiempos de tormenta, de gestas heroicas, de traiciones y ambiciones, de mujeres y hombres de carne y hueso. A principios del Siglo XIX, el Imperio Español se hundía en su decadencia moral y política. Fernando VII era una mueca patética del poderío de otros tiempos. En cambio, en América, desde la Nueva España hasta la Gran Colombia, el Vierreinato del Perú y las Provincias Unidas del Río de la Plata, se propagaban las ideas de libertad.

En México esta conmemoración es una oportunidad invaluable para recordar a personajes y hechos desde por lo menos 1808, cuando Napoleón invadió España a 1824, cuando México se convirtió en una República. Recordar, por ejemplo, a los precursores de la lucha por la Independencia. En 1808 en la Ciudad de México, las aspiraciones de Fray Melchor de Talamantes, Francisco Primo de Verdad y  Francisco Azcárate y Lezama. En 1809 en Valladolid, a José María Izazaga, Manuel Villalongín y José Mariano de Michelena.

Recordemos a Josefa Ortiz de Domínguez, Leona Vicario, Gertrudis Bocanegra, Rita Pérez de Moreno y María Ignacia Rodríguez de Velasco, mujeres clave en la lucha por la Independencia.

Vigentes siempre en nuestra memoria: Miguel Hidalgo, Ignacio Allende, Juan Aldama, Mariano Jiménez, José María Morelos y Pavón, Vicente Guerrero, Mariano Matamoros, Guadalupe Victoria, Andrés Quintana Roo, Nicolás Bravo, Javier Mina, Víctor Rosales y Pedro Moreno, cuyos restos descansan en la Columna de la Independencia en la Ciudad de México.

También hay que recordar a Ignacio López Rayón, José María González Hermosillo y Mariano Abasolo, fundamentales en la primera etapa de la lucha. Hablemos de Hermenegildo Galeana, Narciso Mendoza, el Niño Artillero, Fray Servando Teresa de Mier y una lista inmensa de mujeres y hombres que lucharon para darnos patria y libertad.

Consumada la Independencia, se instaló un frágil imperio, pero México no deseaba ser una monarquía. No quería someterse a un rey. Por ello, la lucha siguió encabezada por Guadalupe Victoria, Vicente Guerrero, Nicolás Bravo y Antonio López de Santa Anna, hasta que nuestro país se convirtió en una República, como permanece hasta la fecha.

Dicen que la historia es la maestra de la vida. ¿Cuál es la lección que nos deja la consumación de la Independencia? La historia no es lineal. En la vida real, los hombres aciertan y equivocan. Son capaces de acciones heroicas y de las peores traiciones. No tengamos miedo de mencionar los nombres de Agustín de Iturbide, junto con el de Vicente Guerrero; el de Guadalupe Victoria con el de Antonio López de Santa Anna, el de Leona Vicario con el de María Ignacia Rodríguez. Quitemos el bronce a las estatuas. Eso pienso yo, ¿usted que opina?

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