La escritora que rompió las barreras de género en el siglo XIX

Fue sin duda una mujer muy adelantada a su tiempo, ya que hablaba muy claro sobre la maternidad y el sufrimiento físico y mental por parte de las mujeres

Por Flor Coca

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Charlotte Perkins

La habitación nunca fue de su agrado, pero todo tenía remedio menos el papel tapiz amarillo que odiaba y se fue convirtiendo en su obsesión y después, en su cárcel. Las figuras geométricas día a día se convertían en grotescos dibujos que ya no tenían simetría, porque dentro de esa pared del tapiz amarillo, primero una y después muchas mujeres trataban de escapar de ese encierro imaginario. La autora de esta novela corta narra en ella su tratamiento después de nacer su hija.  Su esposo la lleva a una casa de campo a que se reponga de sus “alterados nervios”, y es que en el siglo XIX era impensable que los médicos diagnosticaran una depresión postparto. Eso no existía y las mujeres tenían que pasar días y días tristes y solas y ser tratadas como la autora de El tapiz amarillo. Ella era Charlotte Perkins Gilman, quien nació en Conecticutt, Estados Unidos el 3 de julio de 1860. Desde muy pequeña, vivió en distintos hogares. A veces con sus tías, hermanas de su padre quien había abandonado a su familia cuando ella era niña. De esas mujeres aprendió mucho. Una de ellas era escritora, otra sufragista y defensora de los derechos humanos. Aunque vivió en la pobreza y solo acompañada de su hermano y su madre, estudiando en diferentes escuelas y cambiando de casa, le interesaba mucho ir a la biblioteca pública y leer y leer. Cuando ya tenía 18 años y vivía en Rodhe Island, se inscribió en la escuela de diseño para estudiar y gracias a lo que aprendió, comenzó a diseñar tarjetas comerciales. Además de la ayuda de su padre a la distancia, le permitían vivir. En esa escuela conoce a quien se convertiría en su amiga inseparable Martha Luther. Para ella esa compañía se volvió imprescindible: “Estuvimos muy juntas, cada vez más felices juntas, durante cuatro de esos largos años de niñez. Ella era más cercana y más querida que nadie hasta ese momento. Esto era amor, pero no sexo… Con Martha conocí la felicidad perfecta… No sólo nos queríamos muchísimo, sino que nos divertíamos juntas, deliciosamente…” Esto escribió acerca de esa amistad la escritora en su autobiografía, publicada en 1935.

Cuando tiene 24 años, se casa con un artista, Charles Stetson. Ellos tuvieron una hija llamada Katherine y es así que Charlotte, después de nacer su hija, tuvo una fuerte depresión que fue tratada con descanso, porque las mujeres que sufrían depresión eran tratadas como enfermas de los nervios. Su médico le aconsejó: “vive una vida tan doméstica como se pueda. Ten a tu hija contigo todo el tiempo… Échate durante una hora tras cada comida. Como máximo ten dos horas de actividad intelectual al día. Y nunca toques una pluma, un lápiz o un pincel en tu vida”. Es decir, no escribas, no pintes, no seas una artista, súmete en la atención a tu familia y olvídate de todo lo demás que tienes como proyecto de vida.  Ella piensa que eso querían, que dejara de escribir. Al hablar de su cuñada que la cuidaba en su encierro, concluye: “Es un ama de casa perfecta y entusiasta, y no aspira a ninguna otra profesión. ¡Estoy convencida de que para ella estoy enferma porque escribo”!

Pero de ninguna manera la escritora iba a dejar volar todos sus sueños. Al contrario, lo que era casi imposible, sucede. Ella se divorcia de su esposo en 1894, aunque ya vivían separados y se va a vivir a California con su hija. 2 años antes, se publica su libro más conocido el tapiz amarillo. Poco tiempo después su hija se va con su padre y Charlotte se queda feliz porque considera que la segunda esposa de su exesposo es una madre perfecta para su hija. En muchas ocasiones convive con los tres, algo muy poco común en la sociedad. 

Fue sin duda una mujer muy adelantada a su tiempo, ya que hablaba muy claro sobre la maternidad y el sufrimiento físico y mental por parte de las mujeres y quitaba ese velo de ignorancia sobre todo lo que sucedía cuando nacían los hijos. Y aunque no lo llamaba depresión postparto, si dejaba claro que las curas de descanso no servían para nada. Al contrario, había que dar libertad a las mujeres y permitir que cumplieran sus proyectos y sueños en la vida. 

Al llegar a California, participa en varias asociaciones como la Asociación de prensa de mujeres de la costa del Pacífico, La alianza de mujeres, el Economic Club, entre otras. Dictaba conferencias, escribía ensayos y poesía. 

Es también autora de Mujeres y economía, libro en el que la tesis principal es la consecución de la independencia de las mujeres en el matrimonio, lo que dará bienestar a la pareja, la maternidad y lo que rodea a la familia. En 1900, decide casarse con un primo suyo, Houghton Gilman. Un hombre que apoyó su lucha feminista, su escritura y estuvo a su lado para lograr sus anhelos. Viven en Nueva York y años después, regresan a Connecticut, pero lamentablemente, él muere y la escritora regresa al lado de su hija en California. Meses después recibe una noticia terrible. Tiene un cáncer incurable. Ella que siempre fue defensora del derecho a morir dignamente a través de la eutanasia, toma la decisión de terminar su vida utilizando cloroformo. Ella dejó escrita una nota el 17 de agosto de 1935, fecha de su muerte: “Cuando toda la utilidad ha terminado, cuando uno tiene la certeza de una muerte inminente e ineludible, es el más simple de los derechos humanos elegir una muerte fácil y rápida en lugar de una muerte lenta y horrible” Y sí, su muerte no fue dolorosa. Muere tranquilamente, una mujer que dedicó su vida a explicar y luchar por la igualdad de hombres y mujeres en la sociedad. Charlotte Perkins Gilman, feminista y escritora.

Primavera de 2022

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Ilustración: Iván Castillo

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