El diario de Ana Frank, a 77 años del fin de la Segunda Guerra Mundial

La guerra y el bálsamo de la escritura

Gracias a él, conocemos una pequeña parte del horror de esas generaciones de la guerra, las cámaras de gases, enfermedades, hambre, muerte y también la rebeldía y el legado de su hija.

Por Flor Coca

Era el 12 de junio de 1942, un día especial para ella. Ese día cumplió 13 años y uno de los regalos que recibió fue una libreta que fue su compañera inseparable durante dos años y medio, recibiendo diariamente todas sus confidencias durante su encierro. Gracias a este diario, escrito por la muy joven Ana Frank, conocemos una parte del gran sufrimiento y de la vida diaria de la familia Frank, la familia Van Dam y el Sr. Dussel, que encerrados en un pequeño espacio trataban de librarse del horror nazi en la Segunda Guerra Mundial. Y es que ser judío en esos tiempos, significaban la muerte en los campos de exterminio.

La familia Frank se va de Alemania en 1933, justo en el momento en que Hitler está llegando al poder. Comenzará una de las épocas aciagas para el mundo. Amsterdam, Holanda, será el nuevo destino de la familia Frank y ese destino estará marcado porque los judíos son señalados por la estrella de David que llevan siempre consigo.

Y es que, en ese año, después del incendio de un edificio, del que culparon a un comunista, Hitler al ver las llamas y ser un personaje muy importante en la política de su país, exclama: “A partir de ahora no vamos a mostrar ninguna misericordia. Quien se interpongan nuestro camino será sacrificado”

Y si, así fue. Hitler, gran orador, logró convencer al pueblo alemán de que podría lograr la supremacía de Alemania en Europa, dominarla y después al mundo entero para convertirla en una gran nación en la que los judíos no serían nunca más parte de ella.

Comienza el encierro para huir de los nazis y Ana inicia su aventura como escritora para contar todo lo que ocurre en el llamado “anexo”, el lugar al que llega con sus padres y su hermana Margot. Días después se unen a ellos la familia Van Dam. Un matrimonio con un hijo de 16 años y un dentista, el Sr. Dusell. Ahí conviven, durante dos años y medio cinco adultos y tres jóvenes, esperando no ser escuchados por quienes ocupaban la parte delantera del edificio de oficinas. Entrar al baño, hablar, todo debe ser en silencio absoluto. Son días de zozobra constante, pero con la esperanza de no ser descubiertos y celebrar el fin de la guerra.

Vivir en silencio

Ana va diseccionado en su diario los días. Algunos que pasan lentamente y con tristeza. Otros son de alegría, pensando en que la liberación pronto llegará.

A veces es optimista, como cuando en la fiesta tradicional reciben cada uno de los habitantes del “anexo” un regalo. Otros días, la desesperanza la invade y cuenta: “centenares de aviones vuelan sobre Holanda para bombardear y dejar en ruinas las ciudades alemanas; y, a cada hora, centenares de hombres caen en Rusia y en África del norte. Nadie está al abrigo, el globo entero está en guerra”.

Y cada uno de ellos, los prisioneros del “anexo”, sueñan con lo que hará cuando recuperen su libertad.

Y Ana lo resume: “Lo que desean Margot y el señor Van Dam es meterse hasta la barbilla en un baño muy caliente, y quedarse por lo menos una media hora. La señora Van Dam, antes que cualquier otra cosa, quiere ir a comer golosinas. Dusell no puede pensar más que en Lotte, su mujer. Mamá, en su taza de café. Papá en visitar al señor Vossen. Peter en ir al cine. Y yo me sentiría tan extasiada y tan contenta, que no sabría por dónde empezar”.

Y Ana Frank no lo lograría, tampoco su familia y quienes vivían con ellos. El 4 de agosto, los nazis irrumpieron en el “anexo” y arrestaron a todos los habitantes del lugar. Todo quedó arrasado. ¿era necesaria tanta crueldad?

Ana, sin embargo, no se rendía a pesar de todo lo que veía y sufría a su alrededor. No quiere injusticias, no quiere más dolor, la guerra no debe existir. Una de las prisioneras dice y se rescata en su libro: “todas tratábamos de blindarnos contra la realidad. Ella solo la encaraba en toda su magnitud. Puedo verla todavía de pie frente a la puerta, observando como los desnudos cadáveres de un grupo de niñas gitanas eran arrojados a paletadas al crematorio. Ana las miraba llorando y también lloró cuando desfilamos frente a docenas de niños húngaros que estuvieron bajo la lluvia desnudos, esperando su turno para entrar a la cámara de gases”.

La tumba de Ana Frank. Foto: Creative Commons

El campo de concentración

Ana y su familia fueron trasladados a diferentes campos de concentración. Su destino era la muerte y así fue. Ana muere en el campo de concentración nazi, poco antes de cumplir dieciséis años en Bergen Belsen y lo que siempre esperó, no lo pudo vivir. Dos meses después, Holanda fue liberada de los nazis. Ana, su madre y su hermana, habían muerto.

El único sobreviviente fue su padre, quien dio a conocer el diario de Ana. Gracias a él, conocemos una pequeña parte del horror de esas generaciones de la guerra, las cámaras de gases, enfermedades, hambre, muerte y también la rebeldía y el legado de su hija.

Esa es la historia de la Segunda Guerra Mundial. ¿Es diferente 77 años después? No existe Hitler, pero la historia se repite. Los judíos israelíes, tan lastimados en la segunda guerra mundial, son ahora los verdugos de los palestinos. El mismo origen, es necesaria esa guerra, en la que la crueldad hacia los niños es abrumadora.

¿Porqué tenemos que repetir la historia? allanamientos, aprehensiones, muertes. Me pregunto: ¿qué pensaran los niños de nosotros, los adultos del mundo en una guerra?

Quienes la viven, no pensaran que les heredamos un mundo mejor. Quisiera preguntarles si creen que hicimos algo para que ellos fueran felices.


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