Los cristales soñadores, un clásico de la literatura de ciencia ficción

Los libros entrañables: Theodore Sturgeon

Creo que en ésta su primera novela, que ve la luz en 1950, Theodore Sturgeon logra llenarnos de asombro y de ternura

Theodore Sturgeon autor de Los cristales soñadores

Por Flor Coca Santillana

Sin duda la lectura es una de las actividades más hermosas y llena de sorpresas que tenemos en la vida. Por eso, tenemos libros que nos han acompañado en momentos críticos o espléndidos y se vuelven entrañables. Libros que no prestamos por ningún motivo y se vuelven indispensables. Libros que nos recuerdan alguna experiencia importante y se vuelven de consulta cada cierto tiempo. Libros que nos acompañaron de niños y se vuelven nuestra compañía cuando la tristeza está con nosotros.

Yo tengo de todos, afortunadamente. Este libro tiene una historia singular en mi vida. Lo compré dos veces y lo regalé a personas que quiero mucho. Aunque lo había leído y releído, no fue suficiente. Años después, me di cuenta de que necesitaba leerlo otra vez y tenerlo conmigo. Creí que sería muy fácil traerlo a casa nuevamente. Pues no, no encontré el libro deseado y no se si en ese año, 1997, no hubo una reedición, o simplemente no lo había en existencia.

Tomé camino y me fui a recorrer la calle de las “librerías de viejo” en la ciudad de México. “puedes buscarlo en esos montones del fondo, me dijo un hombre de unos sesenta años, con lentes gruesos y una sonrisa incrédula” Vi los montones y sentí ganas de patearlos. No lo hice, di las gracias y entré a la segunda librería, ahí, un joven despreocupado, con vaqueros y playera negra me atendió. Busco “Los cristales soñadores” de Theodore Sturgeon. ¿qué?, me dijo y me miró como si le estuviera narrando la llegada de un ovni a su bodega. “Pues, si quieres busca allá en esos estantes y el montón de la izquierda”. Adiós. En la tercera librería, encontré a un hombre de mediana edad que apenas levantó los ojos para contestar mi saludo. Señorita, me dijo: “la ciencia ficción, está acá”, señalando, al fondo del local. Yo solo veía como 300 libros, unos encima de otros. “Ahí, sí, entre esos”. Oiga, si lo busco, le voy a desacomodar todo. “No importa, yo lo arreglo más tarde”. Después de 3 horas y la ayuda del hombre de la librería que finalmente se decidió a ayudarme, di con él. “Cuesta 350 pesos”. ¿qué? Si costaba 25. “Si, pero ya no lo vas a encontrar en ningún lugar”. Salí de la librería, en el centro histórico del entonces llamado Distrito Federal, en ese tiempo, con un tesoro: Los cristales soñadores.

Horty, es un pequeño que es diferente y que vive su soledad acompañado solamente de su polichinela, llamado Junky, que es, junto con su guante de beisbol, sus únicas pertenencias. Horty no vive feliz, adoptado por un matrimonio ultraconservador, es maltratado, golpeado y despreciado por ser diferente. Sus padres, Tonta y Armand no entienden nunca al pequeño que finalmente escapa de casa, después de haber sido agredido y quedarse sin tres dedos.

En su huida, Horty encuentra a tres personajes que trabajan en un circo. Son también diferentes. Con ellos y a lo largo de años, presentándose en las ferias conoce a quien es el dueño del circo, Monetre, a quien llaman “el caníbal” un hombre cuya crueldad parece no tener fin. Un médico frustrado con un único objetivo en la vida: acabar con la humanidad. Odia a todos los seres humanos.

Horty, conoce también, además de la maldad, el amor y la solidaridad extraordinaria de quienes se convierten en sus seres más queridos. Zena, Buny y Havana. Tres adultos, cuando el aún es un niño de 9 años, pero tienen el mismo tamaño.

Los ojos de su polichinela, sus brillantes ojos, esconden un secreto que los hace mágicos y capaces de hacer una copia exacta de cualquier ser vivo cuando se acoplan armoniosamente. Cuando eso no sucede, el resultado es un ser monstruoso. Horty es el dueño de esos cristales a través de Junky, pero no conoce de su capacidad y en realidad no sabe cuál es su origen. Y es que Horty, logra a través de esos cristales recuperar esos tres dedos que alguna vez perdió en su antigua casa de manos de su padre adoptivo, Armand Bluett.

Creo que en ésta su primera novela, que ve la luz en 1950, Theodore Sturgeon logra llenarnos de asombro y de ternura. Descubrir que la maldad tiene una contraparte y que no siempre se logra doblegar a los demás, aunque se tenga todo el poder. Y que en esta lucha diaria a la que se tienen que enfrentar, quienes son considerados fenómenos de feria, logren a través del amor, de esa especial cercanía entre ellos por ser seres diferentes y haber sido minimizados, despreciados, transitar hacia una vida más luminosa, después de caminar un muy doloroso camino.

La vida de Sturgeon no fue fácil, no tan triste como la de Horty, pero si llena de sobresaltos y depresiones. Padre de ocho hijos, no tenía una estabilidad emocional, lo que lo obligaba a aceptar diferentes trabajos para poder sobrevivir. Fue marino, administrador de un hotel, y, afortunadamente, escritor.

Autor de relatos, novelas como los Cristales soñadores y Más que humano, son sus dos obras más conocidas. La segunda, fue premiada en 1954 con el International Fantasy Award.

Sturgeon es un duende lúcido que ha buscado refugio debajo de un puente, con pluma rápida y papel blanco, y que escucha sobre su cabeza, los truenos de un mundo intemporal… A media noche, sus vísceras bañan en una increíble luz fosforecente todos los objetos cercanos”. Así se expresó otro de los grandes autores de la ciencia ficción acerca de la obra de Sturgeon, Ray Bradbury, quien nunca ocultó su admiración por el escritor.

Después de haber encontrado y querer volver a leer mi libro me di cuenta de que estaba lleno de polilla. No puede ser, Las páginas comenzaban a ser carcomidas. Solo esto me faltaba. Recurrí entonces a los especialistas que, en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, recuperan para su lectura, los libros dañados, los libros que están enfermos. Con gran destreza y cuidado, mi libro fue rehabilitado con papel japonés. Ahí está, un poco herido, pero recuperado.


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