Cómo Washington y Tel Aviv utilizan a Marruecos para doblegar a una España que no se arrodilla

La respuesta es incómoda: Estados Unidos e Israel están fortaleciendo masivamente a Marruecos mientras España mantiene abiertas crisis diplomáticas con ambos. La coincidencia temporal es demasiado perfecta para ser casual.

Cómo Washington y Tel Aviv utilizan a Marruecos para doblegar a una España que no se arrodilla

Olvidemos por un momento el lenguaje diplomático, las declaraciones oficiales edulcoradas y la ficción de las «alianzas estratégicas» entre socios. Hablemos claro: España está siendo sometida a una operación de presión geopolítica de manual, ejecutada a través de un tercer país y bendecida por quienes dicen ser sus aliados. La pregunta no es si existe injerencia, sino quién se atreve a denunciarla.

Durante años, el Flanco Sur ha sido definido en los despachos de Defensa como la principal herida abierta de la soberanía española. Ceuta, Melilla y Canarias son las vértebras expuestas de una nación que asiste, con una mezcla de pasividad e impotencia, a la reconfiguración del poder militar en el Magreb. Lo novedoso, lo que debería disparar todas las alarmas en La Moncloa y en Bruselas, es quiénes están armando ese nuevo poder y con qué fines.

La respuesta es incómoda: Estados Unidos e Israel están fortaleciendo masivamente a Marruecos mientras España mantiene abiertas crisis diplomáticas con ambos. La coincidencia temporal es demasiado perfecta para ser casual.

¿Estamos ante un castigo geopolítico en toda regla?

El precio de no alinearse con Washington y Tel Aviv

El Gobierno español ha cometido dos pecados capitales a ojos del eje Washington-Tel Aviv: reconocer el Estado palestino y mantener una postura crítica con el genocidio en Gaza. En el tablero de la realpolitik, tales desafíos no quedan sin respuesta. La represalia, sin embargo, no ha llegado en forma de nota diplomática, sino de una manera mucho más perversa y efectiva: fortaleciendo al vecino que mantiene reclamaciones territoriales activas sobre suelo español.

La lógica es tan cínica como transparente. Si España no se alinea con la agenda del sionismo y los intereses estratégicos de Washington en la región, se le recordará cuál es su lugar en la cadena de poder. Y el recordatorio tiene forma de drones israelíes de última generación, sistemas de inteligencia electrónica vendidos por Tel Aviv y radares estadounidenses de largo alcance que hoy apuntan, entre otros, hacia el espacio aéreo español.

Ceuta y Melilla: la pistola cargada sobre la mesa

Las recientes escenas de presión fronteriza en Ceuta no son un problema migratorio. Son la demostración palpable de una capacidad de chantaje institucional que Rabat ha perfeccionado con la connivencia de sus nuevos padrinos militares.

Todo indica que la oleada de personas ingresando ilegalmente fue orquestada y no espontánea. De comprobarse sería grave.

Cada vez que se relajan los controles fronterizos, España tiembla. Cada vez que Madrid intenta mantener una posición diplomática independiente, aparece una crisis en las ciudades autónomas que obliga a desviar la atención, los recursos y el capital político.

Lo grave no es que Marruecos ejerza esa presión. Lo grave es que ahora lo hace respaldado por una capacidad militar que Washington y Tel Aviv han contribuido a construir. Porque una cosa es gestionar a un vecino problemático y otra muy distinta es enfrentarse a un vecino que se ha convertido en el brazo armado de potencias extranjeras con cuentas que ajustar.

El rearme que nadie quiere explicar

Repasemos los hechos. En apenas un lustro, Marruecos ha incorporado a su arsenal tecnología que hasta hace poco estaba reservada a los miembros de élite de la OTAN. Drones de combate israelíes, sistemas de guerra cibernética, inteligencia electrónica, satélites espía y misiles de precisión.

¿Contra quién se está armando Marruecos tan frenéticamente? ¿Contra las guerrillas del Polisario, que apenas poseen fusiles oxidados? La respuesta es tan obvia que su omisión en los grandes medios resulta insultante. Este rearme tiene como objetivo alterar el equilibrio militar regional en beneficio de Rabat y, por delegación, de los intereses estratégicos de sus patrocinadores.

España, que durante décadas mantuvo una superioridad tecnológica clara sobre su vecino del sur, ve cómo esa brecha se cierra. Y se cierra, precisamente, gracias al armamento suministrado por dos países que se declaran formalmente aliados de Madrid.

La paradoja insoportable

El absurdo estratégico es total. España integra la OTAN junto a Estados Unidos. España ha sido tradicionalmente un socio preferente de Israel en materia de inteligencia. Sin embargo, el precio por discrepar de Washington y Tel Aviv es ver cómo ambos convierten a su vecino hostil en una potencia militar de primer orden.

La paradoja es: mientras Estados Unidos presiona a sus socios europeos para que aumenten el gasto en defensa y se alineen con sus intereses estratégicos, simultáneamente arma a un país que mantiene litigios territoriales contra uno de esos mismos socios. ¿Es esto una alianza o una relación de vasallaje?

Israel, por su parte, ha encontrado en Marruecos el socio perfecto para penetrar militarmente en el norte de África. La excusa es la cooperación tecnológica. La realidad es la construcción de un nuevo eje de influencia que presiona directamente sobre el Mediterráneo occidental y que, de paso, castiga a quienes se atreven a defender los derechos del pueblo palestino.

¿Tiene España soberanía o solo una ficción de ella?

La pregunta final es la que nadie en el Congreso parece dispuesto a formular: ¿puede un país considerarse verdaderamente soberano cuando sus decisiones en política exterior son respondidas con el rearme de sus vecinos por parte de sus propios aliados?

España ha optado por una posición internacional basada en el derecho internacional y el reconocimiento de Palestina. Esa decisión es legítima y emanada de sus instituciones democráticas. Sin embargo, el precio que se le está cobrando revela los límites reales de esa soberanía.

Cuando las crisis en Ceuta y Melilla se activan como un mecanismo de presión perfectamente sincronizado con las tensiones diplomáticas entre Madrid y Tel Aviv, estamos ante algo más que una coincidencia. Estamos ante una estrategia de coerción que utiliza a Marruecos como brazo ejecutor.

El debate que Europa no quiere tener

Bruselas observa en silencio. O peor aún, con complicidad. La Unión Europea ha reducido su política mediterránea a la externalización de fronteras y a la firma de cheques a Marruecos para que contenga los flujos migratorios. Mientras tanto, actores externos como Estados Unidos e Israel redefinen el equilibrio militar a las puertas de Europa sin que la UE tenga una estrategia común para responder.

¿Hasta cuándo se puede aceptar que dos potencias extranjeras utilicen el Magreb como zona de presión contra un Estado miembro de la Unión? Porque de eso se trata exactamente.

No es un problema bilateral entre España y Marruecos. Es un intento flagrante de disciplinar a un país europeo que ha osado mantener posiciones independientes. Y si España cede, el mensaje será devastador para cualquier Estado europeo que pretenda defender intereses propios sin someterse a las agendas de Washington o Tel Aviv.

La injerencia de Estados Unidos e Israel en el rearme de Marruecos no es un asunto técnico ni una mera transacción comercial. Es un movimiento geopolítico diseñado para recordarle a España cuál es su posición en la jerarquía internacional de poder.

El mensaje es claro: quien se desvía de la agenda dictada por Washington y los intereses del sionismo, paga un precio. Y ese precio se cobra en los puntos más vulnerables de su soberanía.

Las preguntas, por tanto, deben ser directas: ¿Está dispuesta España a seguir aceptando que sus aliados armen a quien amenaza su integridad territorial? ¿Existe una estrategia nacional para responder a esta presión o solo inercia diplomática? Y sobre todo, ¿quién toma las decisiones que afectan a la seguridad de Ceuta y Melilla, el Gobierno español o los despachos de Washington y Tel Aviv?

El silencio ensordecedor que rodea a este debate es, en sí mismo, una respuesta.

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