El imperio del mal: dejemos que la monarquía muera junto con Isabel

No hay ninguna buena razón para permitir que el imperio del mal conserve alguna legitimidad mientras la familia real británica se reparte el saqueo del que sigue beneficiándose.
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Mundo / Política

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La muerte de la reina Isabel II, la monarca más longeva de la realeza británica, despertó una fascinación mundial, generando miles de reportajes clickbait (caza-clicks) sobre los detalles de su funeral. Los estadounidenses, que desde hace siglos rechazaban la monarquía, parecen obsesionados con el ritualismo, llorando – bizarramente – la desaparición de una anciana e increíblemente rica mujer que nació en el privilegio y que murió de causas naturales a la avanzada edad de 96 años, del otro lado del océano.

Tal vez esto se deba a que los programas de televisión sobre la realeza británica (populares y de larga duración, como “The Crown”), nos convencieron de que conocemos detalles íntimos de la realeza y, pero aún, nos hacen creer que debemos preocuparnos por una familia que es un neto símbolo de la grandeza imperial del pasado.

Sin embargo, para quienes descienden de los súbditos de la conquista imperial británica, la reina, sus antepasados y sus descendientes representan – por excelencia – el imperio del mal.

Mi país de origen, la India, celebró este año el 75º aniversario de su independencia del dominio británico. Mis padres nacieron antes de la independencia, en una nación todavía gobernada por los británicos. Mientras crecía, escuché muchas historias sobre las ausencias de mi abuelo de su casa mientras pasaba a la “clandestinidad”, buscado por actividades sediciosas contra los británicos. Después de la independencia – en 1947 – fue honrado por ser un “luchador por la libertad” en contra de la monarquía.

A pesar de la popularidad y aclamación de la crítica a “The Crown” y películas y programas similares, encontré una conexión mucho más fuerte con la nueva serie de superhéroes “Ms. Marvel”, aunque sólo sea por el hecho de que aborda los horrores de la partición, un legado poco conocido (en los Estados Unidos) del imperio del mal.

Como explica en New Lines la escritora paquistaní Minna Jaffery-Lindemulder, “los británicos cambiaron las fronteras de India y Pakistán en el último momento en 1947, antes de declarar la independencia de ambas naciones, dejando a los antiguos súbditos de la corona confundidos sobre dónde debían emigrar para garantizar su seguridad”. Como resultado de esto, 15 millones de personas se vieron obligadas a desplazarse de una parte a otra del subcontinente del sur de Asia, un éxodo masivo con un número de muertes estimadas entre medio millón y dos millones de personas.

Hoy en día, esas fronteras impugnadas, trazadas insensible e imprudentemente en 1947 por funcionarios británicos que actuaban a instancias de la corona, siguen siendo una fuente de tensiones latentes entre India y Pakistán, que en ocasiones estallan en declaraciones de guerra.

Este es el legado de la monarquía británica. El Reino Unido goza de una horrenda distinción en el Libro Guinness de los Récords, por ser “el país que más veces se ha independizado [62] de un mismo país”.

Se podría argumentar que Isabel, que recibió el trono y su título en 1952, no lideró un agresivo imperio de conquista y que, en cambio, presidió una institución que, bajo su mandato, pasó a tener un carácter mayormente simbólico y ceremonial. Y de hecho, muchos lo hacen, refiriéndose a ella, por ejemplo, como un “ejemplo de decencia moral”.

Rahul Mahajan, autor de Full Spectrum Dominance (Dominio de todo el espectro) y The New Crusade (La nueva cruzada), opina de otra forma. En una entrevista, se refiere a Isabel como una “persona moralmente poco notable con un trabajo que implicaba hacer cosas extremadamente poco notables”, y se explaya aún más, diciendo que se trataba de “una persona muy privilegiada, a la que se le dio la oportunidad de influir en los acontecimientos mundiales en cierto grado, que no tuvo que hacer nada para ganársela, y que nunca hizo nada particularmente notable, innovador o perspicaz”.

Mientras que la mayor parte de los 70 años de Isabel en el trono giraron en torno a supervisar un ostensible desmantelamiento del Imperio Británico en un mundo menos tolerante con la ocupación, la esclavitud y el saqueo imperial, a los pocos meses de su mandato como reina, los británicos sofocaron violentamente la rebelión Mau Mau en Kenia. Según un artículo del New York Times sobre la poca simpatía que los ciudadanos de las naciones africanas sienten hoy por la fallecida monarca, el aplastamiento de la rebelión “condujo al establecimiento de un vasto sistema de campos de detención y a la tortura, violación, castración y asesinato de decenas de miles de personas”.

Aunque Isabel no fuera responsable de dirigir los horrores, éstos se llevaron a cabo en su nombre. A lo largo de las siete décadas que ejerció el poder simbólico, nunca se disculpó por lo que se hizo en Kenia durante su Gobierno o, de hecho, por lo que se hizo en nombre de su familia en docenas de otras naciones del Sur Global.

No es de extrañar que las personas negras y marrones de todo el mundo, hayan expresado abiertamente su repulsión ante la adulación colectiva de un legado tan espantoso.

La profesora Uju Anya, de la Universidad Carnegie Mellon, quien es nigeriana, está siendo criticada por su franca descalificación de Isabel tras publicar en Twitter que “escuchó que la monarca principal de un imperio genocida ladrón y violador está finalmente muriendo. Que su dolor sea insoportable”.

Kehinde Andrews, profesor de Estudios Negros en la Universidad de la Ciudad de Birmingham, escribió en Politico que no se siente identificado con el deseo de sus compatriotas de llorar a Isabel, una mujer que consideraba “el símbolo número uno de la supremacía blanca” y una “manifestación del racismo institucional con el que tenemos que enfrentarnos a diario”.

Puede que Isabel pareciera una anciana benigna y sonriente que mantenía los modales que se esperan de una dirigente real. Pero se esforzó por preservar una institución que debería haber desaparecido hace tiempo. Llegó al trono después de que su tío, el duque de Windsor, abdicara para casarse con una estadounidense dos veces divorciada. Tanto el matrimonio con una divorciada como el hecho de que la pareja resultara ser simpatizante del nazismo marcaron un punto bajo para la realeza.

“La monarquía estaba en una posición realmente buena para desvanecerse con este tipo de payasadas”, dice Mahajan. Pero fue Isabel quien “rescató la popularidad de la monarquía”.

Además, Isabel preservó discretamente la mal habida fortuna familiar de la que ella y sus descendientes se beneficiaron en un mundo postcolonial. “Algo que podría, y por supuesto debería, haber dicho y hecho algo es sobre el enorme patrimonio real”, dice Mahajan. Los observadores sólo pueden hacer una estimación del valor de la familia real (Forbes sitúa la cifra en 28.000 millones de dólares), activos que incluyen joyas robadas de las antiguas colonias, costosas inversiones en arte y propiedades inmobiliarias en toda Gran Bretaña.

El nuevo rey de Gran Bretaña, Carlos III, hereda ahora los frutos del imperio del mal. Según Mahajan, Carlos “está aparentemente muy empeñado en tomar su fortuna e invertirla de una forma que los haga lo más rico posible”. Según el New York Times, “Como príncipe, Carlos utilizó exenciones fiscales, cuentas en paraísos fiscales y astutas inversiones inmobiliarias para convertir un patrimonio adormecido en un negocio de mil millones de dólares”.

El Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación descubrió – en 2017 – que tanto Isabel como Carlos fueron nombrados en los “Paradise Papers” filtrados, lo que indica que escondieron su dinero en paraísos para evitar pagar impuestos.

Desplumar a los contribuyentes y vivir de la riqueza robada – el modus operandi original de la monarquía – parece ser fundamental en el legado de Isabel, que transfiere a su hijo (que tampoco pagará un impuesto de sucesiones por la riqueza que le dejó).

La monarquía británica, según Mahajan, “representa sobre todo una concesión real a la idea de que algunas personas simplemente nacen mejores y más importantes que tú, y debes mirarlas”.

Mahajan añade: “Es un buen momento para que la popularidad de esta institución se desvanezca”.

Por Sonali Kolhatkar

Biografía de la autora: Sonali Kolhatkar es una galardonada periodista multimedia. Es fundadora, presentadora y productora ejecutiva de “Rising Up With Sonali,” un programa semanal de televisión y radio que emitido por Free Speech TV y las emisoras de Pacifica. Su próximo libro es Rising Up: The Power of Narrative in Pursuing Racial Justice (City Lights Books, 2023). Es escritora asociada del proyecto Economy for All (Economía para todes) del Independent Media Institute y editora de justicia racial y libertades civiles en Yes! Magazine. Es codirectora de la organización sin fines de lucro Afghan Women’s Mission y coautora de Bleeding Afghanistan. También forma parte del consejo de administración de Justice Action Center, una organización de derechos de las personas migrantes.

Fuente: Independent Media Institute

Créditos: Este artículo fue producido para Economy for All, un proyecto de Independent Media Institute.


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