¿Fenómeno natural o intervención humana?

Lluvias sobre el desierto: el regreso de las precipitaciones en Irán reabre el debate sobre la guerra climática

Durante años, Irán ha sido presentado como uno de los países más afectados por la crisis hídrica en Medio Oriente. Sequías prolongadas, embalses en mínimos históricos, ríos desaparecidos, tormentas de polvo y una creciente desertificación han marcado la última década. La escasez de agua se convirtió en un problema estructural, con profundas consecuencias económicas, agrícolas y sociales, hasta el punto de provocar protestas ciudadanas en varias provincias.

Lluvias sobre el desierto: el regreso de las precipitaciones en Irán reabre el debate sobre la guerra climática

Durante años, Irán ha sido presentado como uno de los países más afectados por la crisis hídrica en Medio Oriente. Sequías prolongadas, embalses en mínimos históricos, ríos desaparecidos, tormentas de polvo y una creciente desertificación han marcado la última década. La escasez de agua se convirtió en un problema estructural, con profundas consecuencias económicas, agrícolas y sociales, hasta el punto de provocar protestas ciudadanas en varias provincias.

Por eso, el aumento de las precipitaciones registrado en distintas regiones del país durante las últimas semanas llamó la atención no solo de meteorólogos y climatólogos, sino también de analistas geopolíticos y usuarios de redes sociales. Mientras los servicios meteorológicos atribuyen el fenómeno a patrones atmosféricos compatibles con la variabilidad climática y el cambio climático, otros sectores han planteado una hipótesis distinta: que las lluvias comenzaron a intensificarse tras la destrucción de determinadas instalaciones militares durante la reciente escalada del conflicto entre Irán, Israel y Estados Unidos.

La teoría, que circula ampliamente en plataformas digitales y ha sido replicada por algunos medios y cuentas vinculadas al gobierno iraní, sostiene que dichas instalaciones formarían parte de una infraestructura de control o alteración atmosférica capaz de influir sobre los regímenes de lluvia en la región. Hasta ahora, esa afirmación no ha sido respaldada por pruebas verificables, pero ha vuelto a instalar una pregunta que acompaña a la geopolítica desde hace décadas: ¿es posible utilizar el clima como un arma?

Una sequía que parecía no tener fin

Irán atraviesa desde hace años una de las crisis hídricas más complejas de su historia contemporánea. Según informes de la Organización Meteorológica Mundial, el país ha experimentado una disminución sostenida de la disponibilidad de agua producto de la combinación entre aumento de las temperaturas, sobreexplotación de acuíferos, expansión agrícola, crecimiento urbano y alteraciones en los patrones de precipitación.

La situación ha afectado especialmente a las provincias centrales y orientales, donde numerosos embalses han alcanzado niveles críticos y varias cuencas presentan procesos avanzados de desertificación. Investigaciones publicadas por la revista científica Nature y por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo advierten que Irán figura entre los países más vulnerables al estrés hídrico en el mundo.

Sin embargo, durante las últimas semanas comenzaron a registrarse lluvias intensas en distintas zonas del país. Imágenes difundidas desde las provincias de Teherán, Mazandarán, Golestán, Azerbaiyán Oriental y otras regiones mostraron ríos recuperando caudal, precipitaciones persistentes e incluso episodios de nieve en áreas montañosas.

Aunque fenómenos similares pueden producirse naturalmente dentro de la variabilidad climática anual, la coincidencia temporal con los recientes acontecimientos militares en Medio Oriente despertó interpretaciones alternativas.

La coincidencia que alimentó una hipótesis

Pocos días después de los ataques contra instalaciones militares iraníes y de la ofensiva de respuesta sobre objetivos vinculados a Israel y Estados Unidos, comenzaron a circular miles de publicaciones en redes sociales afirmando que el regreso de las lluvias no era casual.

Algunas de esas publicaciones sostenían que la destrucción de radares, antenas o centros de vigilancia habría interrumpido un supuesto sistema de manipulación atmosférica responsable de mantener la sequía sobre Irán.

La hipótesis fue amplificada por diversas cuentas afines al gobierno iraní y por comentaristas geopolíticos que relacionaron ambos acontecimientos sin aportar evidencia técnica que demostrara una relación causal. Diversos medios internacionales, entre ellos The Economic Times, documentaron la rápida difusión de esa narrativa en plataformas como X, Telegram y otros canales de comunicación utilizados por comunidades proiraníes.

La explicación encontró eco porque no aparecía en un vacío histórico. Desde hace más de una década, dirigentes políticos y autoridades militares iraníes vienen denunciando públicamente la existencia de una supuesta “guerra climática” impulsada por potencias occidentales e Israel.

Una vieja acusación que volvió a escena

Mucho antes de las lluvias registradas este año, las autoridades iraníes ya habían denunciado que la sequía no respondía únicamente a causas naturales.

En mayo de 2011, el entonces presidente Mahmoud Ahmadinejad sorprendió a la comunidad internacional al sostener que países occidentales estarían interfiriendo deliberadamente en el régimen de precipitaciones que afectaba a Irán.

Durante un discurso pronunciado en la ciudad de Arak declaró:

“Los países occidentales han diseñado planes para provocar sequías en determinadas regiones del mundo, incluido Irán.”

Mahmoud Ahmadineja

El exmandatario añadió que, según informes que aseguró haber recibido, Europa dispondría de tecnologías capaces de alterar el recorrido de las nubes.

“Según informes climáticos cuya autenticidad ha sido verificada, los países europeos utilizan equipos especiales para obligar a las nubes a descargar su agua sobre Europa e impedir que las nubes portadoras de lluvia lleguen a países de la región como Irán.”

Fuente: Declaraciones de Mahmoud Ahmadinejad reproducidas por Agence France-Presse (AFP), Reuters, Live Science y diversos medios internacionales en mayo de 2011.

Las afirmaciones fueron recibidas con escepticismo por la comunidad científica, pero nunca desaparecieron completamente del discurso político iraní. Con el paso de los años reaparecerían en boca de autoridades militares, organismos de defensa civil y medios cercanos al Estado, especialmente cada vez que el país enfrentaba nuevos episodios de sequía.

Hoy, tras el retorno de las precipitaciones y en medio de una de las mayores tensiones geopolíticas que ha vivido Medio Oriente en los últimos años, aquellas declaraciones vuelven a ser citadas por quienes consideran que el clima podría haberse convertido en un nuevo escenario de disputa estratégica.

Pero ¿existen antecedentes históricos que permitan pensar en el desarrollo de tecnologías de modificación ambiental con fines militares? La respuesta es sí. Y ese recorrido comienza mucho antes de la actual confrontación entre Irán, Israel y Estados Unidos.

De Vietnam a la Convención ENMOD: cuando modificar el clima dejó de ser ciencia ficción

Aunque la idea de utilizar el clima como arma suele asociarse a teorías de conspiración, existe un antecedente histórico que cambió para siempre esa discusión.

Entre 1967 y 1972, durante la guerra de Vietnam, Estados Unidos desarrolló en secreto la denominada Operación Popeye, un programa militar cuyo objetivo consistía en prolongar la temporada de lluvias sobre la ruta Ho Chi Minh mediante técnicas de siembra de nubes. La operación permaneció clasificada hasta comienzos de la década de 1970, cuando fue revelada por el periodista Jack Anderson y posteriormente reconocida por el propio gobierno estadounidense durante audiencias en el Congreso.

Los documentos desclasificados muestran que la Fuerza Aérea de Estados Unidos dispersó yoduro de plata sobre determinadas formaciones nubosas para incrementar las precipitaciones en sectores específicos utilizados para el abastecimiento del ejército norvietnamita. El objetivo era dificultar el transporte de tropas y suministros mediante caminos convertidos en barro.

Aunque los resultados del programa continúan siendo objeto de debate entre especialistas, la existencia de la operación está plenamente documentada. Su revelación generó una fuerte preocupación internacional respecto al posible uso militar de técnicas de modificación ambiental.

El nacimiento de una prohibición internacional

Como consecuencia de ese precedente, en 1977 las Naciones Unidas aprobaron la Convención sobre la Prohibición de Utilizar Técnicas de Modificación Ambiental con Fines Militares u Hostiles, conocida simplemente como Convención ENMOD.

El tratado prohíbe expresamente utilizar técnicas capaces de modificar deliberadamente el medio ambiente cuando produzcan efectos “extensos, duraderos o graves”.

El propio texto define estas técnicas como aquellas destinadas a alterar deliberadamente la dinámica, composición o estructura de la Tierra, incluida su atmósfera, hidrosfera y biosfera.

Para algunos analistas, la sola existencia de este tratado constituye una prueba de que las investigaciones sobre modificación ambiental con fines militares fueron consideradas suficientemente relevantes por la comunidad internacional como para establecer una prohibición específica.

Otros expertos responden que precisamente la Convención demuestra lo contrario: que cualquier tecnología de ese tipo quedó sometida a fuertes restricciones jurídicas internacionales y que nunca se ha demostrado la existencia de sistemas capaces de controlar el clima a escala continental.

Ahmadinejad no fue el único

Las acusaciones reaparecieron con fuerza en julio de 2018. El jefe de la Organización de Defensa Civil de Irán, el general Gholam Reza Jalali, aseguró públicamente que existían indicios de una intervención extranjera sobre el régimen de lluvias que afectaba al país. Durante una conferencia de prensa afirmó:

“El cambio climático en Irán resulta sospechoso. Se sospecha que la interferencia extranjera ha desempeñado un papel en este cambio.”

general Gholam Reza Jalali

Pocos minutos después fue aún más lejos.

“Israel y otro país de la región poseen equipos conjuntos cuyo propósito es impedir que las nubes que llegan al cielo iraní descarguen lluvia.”

Y añadió una frase que rápidamente fue reproducida por medios internacionales:

“Además de eso, nos enfrentamos al robo de nubes y de nieve.”

general Gholam Reza Jalali

Fuente: Conferencia de prensa del general Gholam Reza Jalali, reproducida por Reuters, Associated Press, AFP y medios internacionales, julio de 2018.

Las declaraciones provocaron un intenso debate incluso dentro de Irán. El entonces director del Servicio Meteorológico iraní, Ahad Vazife, respondió públicamente que no existía base científica para sostener esas acusaciones. Según declaró:

“Sobre la base del conocimiento meteorológico actual, no es posible que un país robe las nubes o la nieve de otro.”

El funcionario explicó que las precipitaciones dependen de procesos atmosféricos extremadamente complejos y que ninguna evidencia disponible respaldaba la existencia de una tecnología capaz de controlar sistemas meteorológicos regionales.

HAARP: el proyecto que alimentó décadas de especulación

Cada vez que reaparece el debate sobre una eventual “guerra climática”, un nombre vuelve a ocupar el centro de la discusión: High-frequency Active Auroral Research Program.

Construido en Alaska durante la década de 1990, HAARP fue un programa de investigación financiado inicialmente por la Fuerza Aérea y la Marina de Estados Unidos para estudiar la ionosfera.

Su enorme conjunto de antenas dio origen, durante años, a múltiples teorías según las cuales podría modificar el clima, provocar terremotos o alterar las comunicaciones globales.

Sin embargo, tanto la Universidad de Alaska Fairbanks, actual administradora del proyecto, como numerosos estudios científicos sostienen que HAARP únicamente transmite ondas de radio de alta frecuencia destinadas a investigar fenómenos ionosféricos y que su potencia resulta insignificante frente a la energía que movilizan los sistemas atmosféricos.

Hasta la fecha no existe evidencia publicada que demuestre que HAARP pueda generar lluvias, detener tormentas o modificar el clima de una región.

La modificación del clima sí existe, pero tiene límites

Eso no significa que toda intervención humana sobre la atmósfera sea imposible. La denominada siembra de nubes constituye una tecnología utilizada desde hace décadas en numerosos países. China mantiene uno de los programas más extensos del mundo. También la emplean Emiratos Árabes Unidos, Estados Unidos, Australia e incluso el propio Irán para intentar aumentar las precipitaciones en zonas afectadas por la escasez de agua.

La técnica consiste en introducir partículas como yoduro de plata o sales higroscópicas dentro de nubes ya existentes para favorecer la formación de gotas de lluvia. El meteorólogo turco Orhan Şen explicó recientemente que estos procedimientos pueden incrementar las precipitaciones aproximadamente entre un 15 y un 20% en condiciones muy específicas.

Pero también fue enfático respecto a sus límites.

“No existe una tecnología capaz de controlar sistemas meteorológicos de cientos o miles de kilómetros. La siembra de nubes solo puede actuar sobre nubes que ya existen y dentro de áreas relativamente reducidas.”

Orhan Şen

Fuente: Declaraciones de Orhan Şen publicadas por The Jerusalem Post y reproducidas por diversos medios internacionales.

El regreso de las lluvias y una narrativa que encontró terreno fértil

Cuando las precipitaciones comenzaron a intensificarse nuevamente sobre distintas regiones iraníes tras los recientes ataques en Medio Oriente, muchos usuarios recordaron inmediatamente las antiguas denuncias formuladas por Ahmadinejad y Jalali.

En cuestión de horas comenzaron a multiplicarse publicaciones que sostenían que la destrucción de determinados radares, antenas o instalaciones militares habría permitido el “regreso” de las lluvias.

Algunas cuentas diplomáticas iraníes y comentaristas geopolíticos reprodujeron esa interpretación, aunque sin aportar evidencia técnica que demostrara una relación entre ambas circunstancias.

La narrativa encontró un terreno especialmente fértil porque se apoyaba en antecedentes históricos reales —como la Operación Popeye o la existencia de programas de modificación atmosférica—, mezclándolos con afirmaciones para las que, hasta ahora, no se han presentado pruebas verificables.

Esa combinación entre hechos comprobados, tecnologías existentes e hipótesis aún no demostradas explica buena parte de la fuerza que hoy mantiene abierto el debate.

La ciencia frente a la hipótesis: ¿qué explican los meteorólogos sobre las lluvias en Irán?

Mientras en redes sociales crecían las teorías que vinculaban las recientes precipitaciones con la destrucción de instalaciones militares, la comunidad científica comenzó a ofrecer una explicación muy distinta.

Meteorólogos de Irán, Irak y Turquía coincidieron en que las lluvias registradas durante las últimas semanas eran compatibles con los pronósticos estacionales elaborados con anterioridad al conflicto y con la creciente variabilidad climática que caracteriza a Medio Oriente.

El meteorólogo iraquí Amer Al-Jabri, del Servicio Meteorológico de Irak, fue tajante al referirse a las versiones que circulaban en redes sociales.

“Estas afirmaciones no son científicas ni lógicas.”

meteorólogo iraquí Amer Al-Jabri

Según explicó, los modelos meteorológicos ya anticipaban meses atrás la llegada de sistemas frontales capaces de generar precipitaciones sobre Irak, Irán y parte del Golfo Pérsico.

Fuente: The Jerusalem Post, declaraciones de Amer Al-Jabri.

Una evaluación similar realizó el climatólogo turco Orhan Şen, quien recordó que incluso las tecnologías conocidas de modificación atmosférica tienen un alcance extremadamente limitado.

“La siembra de nubes solo puede realizarse cuando ya existen nubes adecuadas y sus efectos son locales. No existe evidencia de una tecnología capaz de controlar los sistemas meteorológicos de toda una región.”

Para los especialistas, atribuir un episodio de lluvias a la destrucción de radares o antenas militares supone establecer una relación causal para la cual, hasta el momento, no existe evidencia empírica.

Un clima cada vez más extremo

Paradójicamente, el aumento de las lluvias no contradice el diagnóstico sobre la crisis climática que afecta a Irán.

Diversos estudios publicados por el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático, la Organización Meteorológica Mundial y centros de investigación regionales muestran que el calentamiento global está intensificando el ciclo hidrológico.

Eso significa que muchas zonas áridas experimentan períodos de sequía más prolongados, seguidos por precipitaciones más intensas y concentradas. En otras palabras, menos días de lluvia, pero cuando llueve, lo hace con mayor intensidad. Ese comportamiento ha sido observado durante la última década en distintas regiones del Mediterráneo y Medio Oriente. Para los climatólogos, el reciente episodio registrado en Irán encaja dentro de ese patrón.

¿Qué sabemos realmente sobre las tecnologías de modificación ambiental?

La historia demuestra que la modificación artificial de determinados fenómenos atmosféricos existe. La siembra de nubes es utilizada desde hace décadas. La Operación Popeye fue una realidad. La Convención ENMOD reconoce expresamente que las técnicas de modificación ambiental pueden tener aplicaciones militares.

Sin embargo, existe una diferencia fundamental entre esos antecedentes y la hipótesis que hoy circula respecto de Irán.

Hasta ahora no se ha presentado documentación técnica, evidencia satelital, investigaciones científicas revisadas por pares ni filtraciones verificables que demuestren la existencia de un sistema operativo capaz de controlar las precipitaciones sobre países completos mediante radares, antenas o instalaciones militares.

Esa ausencia de evidencia lleva a la mayoría de la comunidad científica a considerar que las lluvias recientes responden a procesos atmosféricos naturales.

¿Puede descartarse completamente la hipótesis?

Responder esa pregunta requiere distinguir cuidadosamente entre evidencia y posibilidad. En ciencia, demostrar que algo no existe resulta extraordinariamente difícil.

También es cierto que numerosos desarrollos militares permanecieron clasificados durante décadas antes de hacerse públicos. Tecnologías vinculadas al espionaje satelital, aeronaves furtivas, capacidades cibernéticas e incluso programas nucleares fueron desconocidos por la opinión pública durante largos períodos.

Ese antecedente histórico explica por qué algunos analistas consideran legítimo preguntarse cuáles son los verdaderos alcances de las investigaciones militares actuales sobre modificación ambiental. Pero formular una pregunta no equivale a demostrar una respuesta. Hasta la fecha, ninguna investigación independiente ha logrado verificar que la destrucción de instalaciones militares estadounidenses o israelíes haya provocado el aumento de las precipitaciones en Irán.

Del mismo modo, tampoco existen pruebas públicas de que esas instalaciones tuvieran como función alterar el régimen de lluvias de la región.

Entre la geopolítica y la incertidumbre

La rapidez con que esta hipótesis se propagó refleja algo más profundo que una simple discusión meteorológica.

En un escenario internacional marcado por conflictos armados, inteligencia artificial, ciberoperaciones, guerra electrónica y capacidades militares cada vez más sofisticadas, la frontera entre lo posible y lo improbable se vuelve más difusa para buena parte de la opinión pública. Esa percepción encuentra terreno fértil cuando existen antecedentes históricos reales, como la Operación Popeye, y cuando gobiernos como el iraní han sostenido durante años que son víctimas de una “guerra climática”.

Sin embargo, el periodismo tiene la responsabilidad de distinguir entre hechos comprobados, hipótesis y especulación. Las lluvias recientes sobre Irán constituyen un hecho verificable. También lo son la existencia de programas históricos de modificación atmosférica y las reiteradas denuncias formuladas por autoridades iraníes desde hace más de una década.

Lo que todavía no ha sido demostrado es que exista una relación causal entre la destrucción de instalaciones militares y el regreso de las precipitaciones. Quizá futuras investigaciones aporten nuevos antecedentes. Quizá la explicación continúe siendo la que hoy sostienen la mayoría de los meteorólogos: la combinación entre variabilidad atmosférica y cambio climático.

Mientras esa evidencia no aparezca, la pregunta seguirá abierta en el terreno del debate geopolítico, ¿Fenómeno natural o intervención humana?

El Ciudadano

Obtén tu Pasaporte y apoya a El Ciudadano

Elimina la publicidad, accede a contenido exclusivo y sé parte de la comunidad.

Elige tu plan

Turista

$1.990 /mes

 


Sin anuncios · Publica tus artículos

Ciudadano — TOP

$4.990 /mes

 


Sin anuncios · Publicar artículos · PDFs · Newsletter exclusivo · Favoritos

Diplomático

$10.990 /mes

 


Sin anuncios · Publicar artículos · PDFs · Newsletter exclusivo · Favoritos · Voz editorial

Cancela en cualquier momento  ·  Sin permanencia


Reels

Ver Más »
Busca en El Ciudadano