Puerto de Mokha en manos de la resistencia: Ansar Allah golpea la logística del imperialismo en el Mar Rojo

La toma del estratégico puerto de Mokha por las fuerzas de Ansar Allah no es una “agresión iraní” ni un acto “terrorista”, como repite la prensa del bloque occidental. Es un golpe certero a la maquinaria militar y logística que, con el respaldo de Washington, Londres y Riad, ha asfixiado al pueblo yemení durante más de una década.

Puerto de Mokha en manos de la resistencia: Ansar Allah golpea la logística del imperialismo en el Mar Rojo

Tras casi nueve días de combates, las fuerzas de la resistencia yemení entraron en Mokha, en la costa oeste del país, y obligaron a replegarse a las tropas del gobierno reconocido internacionalmente y a sus patrocinadores saudíes. Para los grandes medios occidentales, la noticia se resume en una palabra: “hutíes”. Para millones de personas en el mundo árabe y musulmán, y para quienes luchan contra el imperialismo, se trata de Ansar Allah, un movimiento que ha resistido una guerra de agresión extranjera, un bloqueo criminal y una campaña de deslegitimación global.

Crónica de una ofensiva anunciada: así se tomó Mokha en nueve días

La Operación Mokha no fue un golpe sorpresa ni una escaramuza improvisada. Fue una ofensiva planificada, sincronizada y ejecutada con precisión militar por las fuerzas de Ansar Allah y el Ejército yemení, que en apenas nueve días desarticuló una de las posiciones más importantes del gobierno respaldado por Arabia Saudí en la costa occidental.

3 de septiembre: el primer golpe

La ofensiva comenzó el 3 de septiembre de 2026 con un movimiento terrestre desde Hays, un nudo de carreteras en el interior de la provincia de Hodeida, y desde al-Khawkhah, un centro costero situado a unos cincuenta kilómetros al norte de Mokha. El primer objetivo táctico fue cortar la carretera principal entre la ciudad de Taiz —bastión gubernamental en las montañas— y Mokha, aislando así la guarnición costera de sus principales rutas de suministro. La maniobra fue rápida: las fuerzas de Ansar Allah avanzaron por la franja costera sin encontrar la resistencia que esperaban, porque las defensas locales habían sido debilitadas por factores internos, incluyendo la expulsión de aliados sureños y la deserción de tribus que antes combatían contra los hutíes.

8 de septiembre: distracción y saturación

Para el 8 de septiembre, la ofensiva entró en una segunda fase. Mientras las columnas terrestres se aproximaban a Mokha, Ansar Allah lanzó una serie de ataques con misiles y drones contra instalaciones fronterizas saudíes, con el objetivo de distraer a la coalición liderada por Riad y saturar sus sistemas de defensa aérea. Ese mismo día, más de 25 misiles impactaron en Mokha y su puerto, paralizando por completo la actividad portuaria y obligando a las fuerzas gubernamentales a replegarse hacia posiciones defensivas dentro de la ciudad. Los bombardeos no solo destruyeron infraestructura: cortaron la capacidad de reabastecimiento de la guarnición sitiada.

9 de septiembre: el asalto coordinado

El 9 de septiembre, Ansar Allah pasó a la fase decisiva: una campaña coordinada por tierra y mar. Por tierra, las fuerzas avanzaron desde Hays y al-Khawkhah hacia Mokha, tomando posiciones en Yábal al-Nar y la base militar de Khalid, dos de los puntos defensivos más importantes de la zona. Por mar, lanzaron un asalto anfibio con lanchas rápidas que transportaban combatientes hacia la isla de Zuqar, en el mar Rojo, a unos 80 kilómetros al noroeste de Mokha, y hacia el archipiélago de Hanish, más al sur. Este doble movimiento —terrestre y marítimo— desbordó por completo las defensas costeras del gobierno, que no tenían capacidad de responder a un ataque simultáneo en múltiples frentes.

10 de septiembre: la caída

La noche del miércoles 9 al jueves 10 de septiembre, los combates se intensificaron en el interior de Mokha. Testigos presenciales relataron que los combatientes de Ansar Allah entraron en la ciudad tras feroces enfrentamientos con las fuerzas progubernamentales, lo que provocó escenas de pánico entre la población civil. “La toma se produjo sin previo aviso. El pánico se extendió por toda la zona, obligando a la gente a huir en medio de escenas angustiosas de heridos tirados en las calles sin nadie que los ayudara”, declaró un residente a BBC Arabic. Las fuerzas gubernamentales, numéricamente inferiores y con graves problemas de munición, se replegaron hacia el sur, hacia el distrito de Dhubab, a unos 46 kilómetros de Mokha, dejando la ciudad completamente bajo control de Ansar Allah al anochecer del jueves 10 de septiembre.

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El comandante de las Fuerzas de Resistencia Nacional, Tarek Salah, confirmó el repliegue y admitió que sus tropas habían pagado “un precio muy alto” en los últimos días. Las fuerzas de Ansar Allah entraron en la ciudad coreando consignas como “Muerte a Estados Unidos, muerte a Israel”, en un gesto que no era solo propaganda: era la confirmación de que la operación tenía un significado político más allá del control territorial.

Lo que dejó la operación

Además de la ciudad y su puerto, Ansar Allah se hizo con un lote significativo de armamento y vehículos blindados saudíes abandonados por las fuerzas en retirada, incluido al menos un vehículo blindado estadounidense Oshkosh M-ATV. En solo nueve días, la ofensiva había redibujado el mapa militar de la costa occidental yemení: Ansar Allah pasó de controlar posiciones dispersas a dominar prácticamente toda la franja costera del mar Rojo, desde Hodeida hasta las puertas de Bab al-Mandeb.

El enviado especial de la ONU, Hans Grundberg, confirmó ante el Consejo de Seguridad que Ansar Allah había “ganado el control de Mokha”, dándole “una presencia directa en los accesos a uno de los estrechos más vitales del mundo”. Lo que Grundberg describió como una amenaza a la “libertad de navegación” era, desde la perspectiva antimperialista, la consolidación de una posición estratégica que pone en jaque el control occidental de una de las principales arterias del comercio global.

La operación Mokha no fue una emboscada afortunada. Fue una demostración de que la resistencia yemení ha desarrollado capacidad operativa, coordinación de fuerzas y planificación estratégica para disputar el control de los puntos neurálgicos del mar Rojo. Y lo hizo, además, con un coste humano que el bloque occidental apenas menciona: más de 11.400 hogares desplazados desde el inicio de la ofensiva, según datos humanitarios citados por la ONU.

Una derrota para el eje saudí-estadounidense

Desde 2015, Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos, con apoyo logístico, inteligencia y armamento de Estados Unidos y Reino Unido, han liderado una coalición que bombardeó Yemen hasta convertirlo en la peor crisis humanitaria del planeta. Ese intervencionismo no fue una “guerra civil” espontánea: fue una guerra por delegación del imperialismo para controlar el flanco sur de la península arábiga, asegurar las rutas energéticas y neutralizar cualquier proyecto soberano.

Mokha no es un puerto cualquiera. Es una puerta de entrada para combustible, mercancías y suministros militares. Su captura por Ansar Allah desarticula uno de los últimos corredores que la coalición saudí utilizaba para sostener a sus fuerzas en la costa occidental. Es, en la práctica, una derrota estratégica para Riad y sus amos occidentales.

Bab al-Mandeb: el nudo del comercio imperial

A apenas 80 kilómetros del estrecho de Bab al-Mandeb, Mokha coloca a la resistencia yemení en posición de influir directamente sobre una de las arterias comerciales más importantes del mundo. Por allí pasa cerca del 12% del petróleo y las mercancías globales. Durante décadas, ese paso fue tratado por las potencias occidentales como un espacio propio, protegido por portaaviones y bases militares.

Hoy, esa lógica se resquebraja. La presencia de Ansar Allah en Mokha no solo amenaza la libertad de navegación de los buques vinculados a Israel y a sus aliados; también demuestra que el Sur global puede disputar el control de sus propios recursos y rutas. La operación “Prosperity Guardian”, liderada por Estados Unidos y Reino Unido para asegurar el Mar Rojo, ha fracasado en su intento de imponer un orden unilateral. Cada ataque a un buque israelí o a un navío de la coalición es leído en la región no como “terrorismo”, sino como una respuesta legítima a la complicidad occidental con el genocidio en Gaza.

Palestina y el eje de resistencia

No se puede entender Mokha sin Gaza. Ansar Allah ha vinculado explícitamente su campaña en el Mar Rojo a la solidaridad con el pueblo palestino. Mientras los gobiernos árabes normalizan relaciones con Israel y callan ante la limpieza étnica, la resistencia yemení ha roto ese silencio con hechos. La toma de Mokha refuerza ese frente y envía un mensaje a todo el eje de resistencia: la lucha contra el sionismo y el imperialismo no se libra solo en Palestina, Líbano o Irán; también se libra en el mar.

Irán, sin duda, apoya a Ansar Allah, pero reducir a los yemeníes a “marionetas de Teherán” es repetir el racismo colonial que niega agencia a los pueblos. La resistencia yemení tiene sus propias raíces, su propio proyecto y su propia legitimidad ganada en los campos de batalla y en la resistencia civil contra el bloqueo.

Implicaciones para la región

  1. Debilitamiento del eje saudí-emiratí. La captura de Mokha expone la fragilidad de los regímenes del Golfo, que han gastado miles de millones en armas occidentales sin poder doblegar a la resistencia.
  2. Crisis para el comercio imperial. El control o la presión sobre Bab al-Mandeb encarece el transporte marítimo, golpea las aseguradoras occidentales y obliga a Washington a distraer recursos de otros frentes.
  3. Aislamiento de Israel. La resistencia yemení consolida un frente marítimo contra el Estado sionista, mientras la comunidad internacional sigue permitiendo el genocidio en Gaza.
  4. Oportunidad para la paz con soberanía. La toma del puerto podría permitir la entrada de ayuda humanitaria sin el filtro de la coalición saudí, aunque el bloqueo naval occidental sigue siendo el principal obstáculo.
  5. Ejemplo para el Sur global. Yemen, un país empobrecido y bombardeado, demuestra que es posible plantar cara al imperialismo cuando hay voluntad política y apoyo popular.

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