Suecia ha hablado. Y lo ha hecho con una nitidez que contrasta con la extrema estrechez de los números. El bloque de centroizquierda, liderado por los socialdemócratas de Magdalena Andersson, se ha impuesto en las elecciones legislativas del 13 de septiembre de 2026, arrebatando el poder a la coalición de derechas del primer ministro conservador Ulf Kristersson. Pero la victoria, celebrada con prudencia y gestos contenidos.
Con más del 98% de los distritos escrutados, la oposición sumaba el 49,5% de los votos frente al 49,1% del bloque gubernamental, una diferencia que se traducía en s tres escaños: 176 frente a 173. Los socialdemócratas, primera fuerza del país desde hace un siglo, ganaron con el 28,1% de los apoyos, pero con las peores cifras de su historia desde 1928. La paradoja es evidente, el partido que menos votos ha cosechado en casi un siglo es, sin embargo, el que vuelve a liderar el gobierno de Suecia.
La clave del vuelco no está en el auge socialdemócrata, sino en el crecimiento de sus aliados. El Partido de Izquierda (V) escaló hasta el 8,2% y 29 escaños, cinco más que en 2022. Los Verdes (MP) alcanzaron el 6,1% y 22 diputados, cuatro más. Y el Partido de Centro (C), con un 7,1% y 25 escaños, se convirtió en una pieza codiciada para cualquier fórmula de gobierno. En conjunto, el bloque progresista obtuvo una mayoría parlamentaria por la mínima, sustentada en una suma de voluntades más que en un liderazgo arrollador.
El freno a la ultraderecha
El resultado más significativo de la noche no fue la victoria de la izquierda, sino el retroceso de los Demócratas de Suecia (SD). El partido ultraderechista, que en 2022 se había consolidado como segunda fuerza parlamentaria y como socio externo del gobierno de Kristersson, perdió casi tres puntos y once escaños, cayendo hasta el 17,6% y 62 diputados. Por primera vez desde su entrada en el parlamento en 2010, los Demócratas de Suecia vieron frenada su trayectoria ascendente. El Partido Moderado de Kristersson, con un 19,9%, recuperó el puesto de fuerza más votada del bloque conservador, pero el daño a la coalición era irreparable: los números ya no sumaban.
¿Por qué ha ganado la izquierda?
El giro electoral sueco responde a una combinación de factores que trascienden el eje clásico izquierda-derecha. Magdalena Andersson ha sabido capitalizar el desgaste de un gobierno que dependía parlamentariamente de la ultraderecha, un apoyo que generaba incomodidad incluso entre votantes de centro-derecha. El fenómeno de los llamados «moderados de Magda», ciudadanos conservadores que migraron hacia los socialdemócratas en busca de estabilidad, ha sido determinante.
La líder socialdemócrata no ha combatido la agenda restrictiva en inmigración que el gobierno saliente había endurecido. Al contrario, ha prometido mantenerla: reducir la concesión de asilo a los mínimos permitidos por la UE, exigir mayores requisitos de idioma e integración para la ciudadanía y priorizar la seguridad en los barrios afectados por bandas criminales. En un contexto donde la inmigración ha sido el tema dominante de la campaña, Andersson ha ofrecido continuidad en las políticas duras y un cambio en la gestión: menos dependencia de la ultraderecha, más estabilidad institucional.
En el plano económico, su programa apunta a subir los impuestos a la banca y a las rentas más altas para reforzar el Estado del bienestar, una propuesta que resuena en un país donde las 46 mayores fortunas acumulan tanta riqueza como el 75% de la población, según Oxfam.
La victoria, sin embargo, no garantiza un gobierno estable. Con 176 escaños frente a 173, el margen es tan estrecho que cualquier deserción parlamentaria podría tumbar una mayoría. El recuento definitivo, que se completará el miércoles con el voto exterior y parte del voto anticipado, podría alterar ligeramente la distribución final.
Pero incluso con los números actuales, la aritmética parlamentaria es compleja. El Partido de Izquierda ha reiterado que solo apoyará a Andersson si forma parte del gobierno, una condición que los centristas rechazan de plano. El Partido de Centro, por su parte, ha instado a romper los bloques y negociar con los democristianos, lo que abre un escenario de geometrías variables. Kristersson, lejos de reconocer la derrota, ha anunciado que explorará fórmulas para mantener una mayoría no socialista, en un intento desesperado por conservar el poder.
Implicaciones para Europa y la OTAN
El vuelco sueco tiene una lectura europea que trasciende sus fronteras. En un continente donde la extrema derecha avanza en Francia, Alemania, Italia y Países Bajos, el freno a los Demócratas de Suecia supone un contrapunto significativo. Suecia, que durante décadas fue un faro de estabilidad socialdemócrata, vuelve a ser un laboratorio político: esta vez, el de una izquierda que ha aprendido a hablar el lenguaje de la seguridad y la inmigración sin ceder el gobierno a la ultraderecha.
En materia de defensa, el giro no debería alterar el rumbo. Los socialdemócratas fueron decisivos en la adhesión de Suecia a la OTAN en 2024 y comparten con los conservadores un apoyo casi unánime a Ucrania. Las advertencias de Kristersson sobre una supuesta debilidad de la izquierda en materia de defensa parecen más un recurso electoral que una realidad programática.
El Ciudadano
