Hubo un tiempo, en la infancia de toda una generación, en que una ficha de metal corrugada no solo era un pasaporte a la felicidad, sino también un atisbo de libertad. Bastaba doblar la esquina y adentrarse en el fondo de un negocio de barrio para encontrar las viejas máquinas de arcade. Paraíso impregnado a olor a sobaco preadolescente, humo de cigarro barato y la metálica fragancia de las antiguas monedas de 100 pesos.