La victoria de Luiz Inácio Lula da Silva en la segunda vuelta del 25 de octubre de 2026 ha devuelto la esperanza al mundo de izquierda y el progresismo latinoamericano. Lula y el pueblo brasileño vencieron a la ultraderecha, la intervención extranjera de Estados Unidos y el paramilitarismo, demostrando una vez más su fortaleza colectiva. Fue la remontada de un presidente y un pueblo que había perdido la primera vuelta, al que todas las encuestas daban por derrotado y que, a sus casi 81 años, se impuso con el 51,75% de los votos válidos frente al 48,25% de Flávio Bolsonaro, el candidato del Partido Liberal e hijo del expresidente ultraderechista que tuvo a la maquinaria estadounidense a su favor. Lula se convirtió así en el primer candidato desde la redemocratización de Brasil en ganar una presidencia tras haber quedado segundo en la primera vuelta y vencer junto a su pueblo a la maquinaria imperialista para decirles fuerte y claro que NO somos su patio trasero.
El triunfo no se explica solo por los números. La campaña de Lula tuvo que enfrentarse, de forma simultánea, a la interferencia de una de las mayores plataformas tecnológica del mundo, Meta, a la presión comercial de la administración de Donald Trump por intereses corporativos, a una maquinaria de desinformación con inteligencia artificial y a maniobras de obstrucción que buscaron impedir físicamente que miles de electores, especialmente en los bastiones lulistas, llegaran a las urnas. Aun así, el pueblo brasileño votó masivamente y le dio la espalda a un proyecto que intentaba condicionar su soberanía.
La respuesta del pueblo: participación masiva y rechazo al voto vacío
La primera vuelta, celebrada el 4 de octubre, ya había mostrado un nivel de movilización significativo, con una participación del 78,9% y una abstención del 21,1%. Lula quedó 2,2 millones de votos por detrás de Flávio Bolsonaro, lo que obligó a un balotaje.
En la segunda vuelta, la participación se elevó al 80,8% de un censo de 159 millones de votantes. Acudieron a las urnas 128,2 millones de brasileños, mientras que 30,5 millones no votaron, dejando una abstención del 19,2%, la más baja para una segunda vuelta desde 2006. Lo decisivo fue el comportamiento de quienes sí votaron: los votos en blanco sumaron 1,4 millones, apenas el 1,12% del total, y los votos nulos fueron 2,7 millones, el 2,12%. En ambos casos hubo una reducción respecto a la primera vuelta. La suma de abstención, blancos y nulos —la llamada «alienación electoral»— se situó en el 19,19%, un hecho inédito en la historia electoral brasileña. Lejos de castigar a Lula con la anulación del voto, millones de brasileños optaron por comparecer y votar por su continuidad.
La geografía de la remontada: el Nordeste y Minas Gerais
El mapa electoral de 2026 confirmó la fractura territorial que ya se había insinuado en comicios anteriores. Para dar vuelta el resultado de la primera vuelta, Lula multiplicó en la recta final las medidas populares: aumentó las partidas del Bolsa Família e impulsó una reforma constitucional que reduce la jornada laboral y otorga un día adicional de descanso semanal a millones de brasileños. Su campaña se volcó en movilizar a la izquierda que se había quedado en casa y en recuperar enclaves clave. La fórmula funcionó especialmente en el Nordeste y en Minas Gerais, un estado decisivo que había perdido en la primera vuelta y que históricamente suele indicar el nombre del ganador de las elecciones.
El cerco de Meta: bloqueos, sesgo algorítmico y la batalla por la soberanía digital
A diez días de la segunda vuelta, la campaña de Lula denunció formalmente una «interferencia» de Meta —la empresa propietaria de Facebook, Instagram y WhatsApp— en el proceso electoral. Según el equipo del presidente, Meta impidió que el perfil de Lula promocionara publicaciones en Instagram y una de sus publicaciones oficiales sufrió una interrupción en el registro de visualizaciones, afectando su alcance. La campaña sostuvo que antes de la primera vuelta, la página de Lula y otros dirigentes de izquierda «desaparecieron repentinamente del buscador de Instagram», y que las publicaciones de Flávio Bolsonaro tenían más interacciones pese a tener menos seguidores.
La protesta no se limitó a las denuncias. El 19 de octubre, sindicatos y entidades sociales se concentraron frente a la sede de Meta en São Paulo bajo el lema «Meta, no te metas en nuestra elección», denunciando restricciones a contenidos vinculados con Lula y un funcionamiento desigual de las herramientas de inteligencia artificial de la compañía. Los manifestantes comprobaron que la IA de Meta denegaba crear contenidos a favor de Lula pero sí permitía los relacionados con el candidato del Partido Liberal.
El Tribunal Superior Electoral (TSE) intervino: dio a Meta un plazo de 24 horas para demostrar que garantizaba un trato igualitario a ambas campañas y elevó la multa diaria por incumplimiento a un millón de reales (unos 185.000 dólares). El 15 de octubre, el TSE ya había ordenado a Meta no interferir en la distribución de contenidos político-electorales. Meta negó favorecer a un candidato, pero reconoció que la cuenta publicitaria de la campaña de Lula fue desactivada por error durante poco más de una hora el 23 de septiembre, y admitió una deficiencia en sus mecanismos de protección de la IA que permitió generar materiales favorables a Flávio Bolsonaro, aunque descartó un sesgo político. Informaciones del diario Folha de São Paulo, basadas en comunicaciones internas de empleados de Meta, señalaron que las cuentas de Lula habrían sufrido limitaciones frente a las de su adversario.
La mano del PT, los jóvenes y la descentralización de las comunicaciones
Si la victoria de Lula en octubre de 2026 se explica por su resiliencia frente al cerco de Meta y la presión de Trump, su remontada en la segunda vuelta tiene un nombre propio y una estructura organizativa concreta. Frente a un algoritmo hostil y una maquinaria de desinformación sofisticada, el PT no intentó competir desde una cuenta oficial centralizada. Apostó, en cambio, por una descentralización radical de las comunicaciones, una militancia juvenil hiperconectada y una táctica de “guerrilla digital” que convirtió a cada simpatizante en un nodo activo de propaganda. La pieza central de ese engranaje fue el llamado “Ejército de Lula”, un canal de WhatsApp que, en el momento de la victoria, reunía a casi 11 millones de participantes.
El “Ejército de Lula”: de 50.000 a 11 millones en seis meses
El cerebro detrás de esta operación fue el diputado federal André Janones (Rede-MG), una figura que, según la prensa brasileña, había sido antes “esnobada” por Lula y que, tras la derrota en la primera vuelta, se convirtió en la salvación de la campaña. El canal de WhatsApp fue creado en abril de 2026 y, antes del primer turno, apenas contaba con 50.000 seguidores. Sin embargo, tras la primera vuelta, Janones transformó ese espacio en el “Exército do Lula” y, sin esperar la reestructuración de la coordinación petista, comenzó a operar como un “general” de una tropa digital.
La mecánica era simple pero eficaz: a través del canal, Janones difundía diariamente textos, audios, imágenes y vídeos para que sus seguidores los replicaran en otras redes sociales, desmintieran noticias falsas del bolsonarismo y participaran en “misiones” destinadas a captar votos de indecisos. El canal no solo distribuía contenido; coordinaba acciones masivas. Por ejemplo, convocaba a los miembros a realizar búsquedas coordinadas en Google con términos específicos contra Flávio Bolsonaro —como “Flávio Comando Vermelho” o “Bolsonaro mandó a matar a Lula”— para intentar incidir en los mecanismos de visibilidad de la plataforma. Lula reconoció públicamente el papel de Janones: tras la victoria, lo llamó “general” y le agradeció por haber “levantado la moral de la tropa”.
“Pode Espalhar” y el “Lulaverso”: la infraestructura de la descentralización
Detrás del canal de Janones había una arquitectura más amplia diseñada por el PT para descentralizar la propaganda oficial. El proyecto se llamó “Pode Espalhar” (“Puedes difundir”) y fue coordinado, entre otros, por Pedro Rousseff (PT), a quien Lula encargó explícitamente comandar la “guerrilla digital”. Su lógica era la de los micronúcleos: pequeños grupos organizados en barrios, comunidades de ciudades pequeñas y medianas, y grandes ciudades, que recibían información del gobierno federal y del partido para rebatir fake news y difundir logros de gestión. Rousseff lo describió como un “gran comité digital” que funcionaba por “ondas”, identificando noticias falsas desde las capas de base para neutralizarlas antes de que se viralizaran.
El brazo visible de esta infraestructura era la cuenta de Instagram “Lulaverso”, con más de un millón de seguidores y una estética pop en la que el propio Lula aparecía como un avatar. Pero lo verdaderamente innovador era la usina de contenido asociada: la web “Pode Espalhar” funcionaba como un repositorio con un arsenal audiovisual listo para divulgar, dividido en unas 40 categorías temáticas. Algunos ejemplos de esas categorías revelan la sofisticación del mensaje: “verdades con ternura” (vídeos de un Lula con filtro de bebé comentando acciones de gobierno) y “BolsoTrump te gravó” (materiales que vinculaban a la familia Bolsonaro con los aranceles de Trump). La estrategia era explícita: “transformar a cada votante en un nodo activo de comunicación”, facilitando que los mensajes circularan de forma “natural y orgánica” sin depender del alcance de una cuenta central. El propio sitio web del PT permitía inscribirse como voluntario no para repartir folletos, sino para crear y editar vídeos o diseñar contenido para redes.
La juventud como vanguardia de la “guerrilla”
El componente juvenil fue determinante. La campaña incorporó a jóvenes legisladores e influencers con fuerte presencia digital, como Érika Hilton (PSOL-SP) y Ana Elisa (PT-MG), quien a sus 21 años se convirtió en una de las caras más visibles de la movilización digital. Pero más allá de las figuras públicas, la táctica de “guerrilla digital” fue descrita por militantes de base. Un joven miembro del núcleo del PT en Argentina lo explicó así: “Vamos todos a las redes sociales al mismo tiempo, coordinados, y damos like, compartimos, agendamos y comentamos”. El objetivo era “burlar a Meta” y “romper la burbuja” para que la información llegara a rincones del país a los que el algoritmo no la dirigía. Esa coordinación de miles de personas actuando como un enjambre digital fue lo que, según los especialistas, permitió reducir la abstención de manera inédita entre un turno y otro —del 21,08% al 19,22%— y explica en buena medida la remontada.
La investigadora Raquel Recuero, de la Universidad Federal de Pelotas, resumió la clave del éxito: “Janones entendió la lógica de las plataformas: no basta con hacer contenido impulsado o divulgado por influencers. El trabajo de formiguinha [de hormiga] de las personas para sus grupos, de las personas para sus redes, es muy importante”. Frente a un ecosistema donde Meta restringía el alcance de las cuentas de Lula, la respuesta no fue pelear por el centro de la plaza digital, sino descentralizar la batalla y convertir a cada simpatizante en un micromedio. El PT, un partido nacido en las huelgas obreras de 1980, se rindió ante las redes sociales y, al hacerlo, encontró la fórmula para ganar la batalla comunicacional que parecía perdida de antemano.
Trump, el Pix y la defensa de Visa y Mastercard
La hostilidad estadounidense no se limitó a las plataformas. El gobierno de Donald Trump convirtió el sistema de pagos instantáneos brasileño, el Pix, en un blanco de ataque. El trasfondo era la pérdida de negocio para Visa y Mastercard: Washington consideraba que el Pix, con 170 millones de usuarios, era «perjudicial» para las corporaciones estadounidenses de pagos electrónicos. La Oficina del Representante Comercial de Estados Unidos (USTR) abrió una investigación y amenazó con imponer un arancel del 25% a Brasil por «ciertas prácticas de comercio digital y de pago electrónico», alegando que perjudicaban injustamente a las empresas estadounidenses.
Lula convirtió la defensa del Pix en un símbolo de soberanía. En un acto público, mostró una pancarta con el mensaje «El Pix es de Brasil» y escribió en redes sociales: «El Pix es nuestro. Es de Brasil y del pueblo brasileño». La campaña de Lula enarboló la bandera de la soberanía y acusó a Trump de querer «entrometerse en la votación». La presión arancelaria y la defensa del sistema público de pagos se convirtieron así en un eje central del relato electoral: Lula optó por privilegiar su propio sistema antes que rendir el mercado brasileño a los intereses de las corporaciones financieras estadounidenses.
La obstrucción del voto: autobuses retenidos y urnas abiertas dos horas más
El bolsonarismo no solo compitió en el terreno digital. El día de la elección, prefectos aliados de Flávio Bolsonaro redujeron las flotas de autobuses para dificultar el acceso de los electores a las urnas. El ministro Guilherme Boulos denunció que la reducción de frotas era «canallada de los alcaldes bolsonaristas» y que estaban «usando la máquina pública para impedir que la gente vote». En Salvador de Bahía, el Tribunal Regional Electoral ordenó restablecer íntegramente la flota bajo pena de multa de un millón de reales por hora de incumplimiento, y la justicia decretó la prisión del secretario municipal de Movilidad, Pablo Souza, por haber retenido cientos de autobuses. Las denuncias se extendieron a São Paulo, Petrópolis y otras ciudades.
La sombra de las artimañas de 2022, cuando la Policía de Carreteras bloqueó vías en el Nordeste para dificultar el voto, se reactivó. El TSE, presidido por el ministro Kássio Nunes, alteró el lugar de votación de 590.000 personas sin previo aviso, afectando principalmente a regiones favorables a Lula, sobre todo en el Nordeste. Además, se denunciaron cancelaciones de vuelos de varias compañías aéreas que impedían a electores del Nordeste viajar a votar. Ante este escenario, el ministro Cristiano Zanin, del Tribunal Superior Electoral y del Supremo Tribunal Federal, decretó la prórroga del horario de votación en todo el país hasta las 19:00 horas (dos horas más de lo previsto). Lula calificó la falta de autobuses como «crimen» y llamó a los electores a no desistir: «No desistan de votar. Esperen y voten, porque la democracia tiene que salir vencedora de este proceso electoral».
La maquinaria de desinformación: avatares con IA y pánico religioso
La campaña de desinformación fue masiva y sofisticada. En las redes sociales circularon vídeos manipulados con inteligencia artificial, falsos simpatizantes generados por IA y alertas sin pruebas de fraude electoral. El caso más emblemático fue el de la «rubia de Bolsonaro»: un video en el que una joven rubia aparecía bailando junto a Flávio Bolsonaro en un mitin. La mujer no existía: era un avatar hiperrealista creado con IA, que acumulaba más de 500.000 seguidores en Instagram y se hacía llamar «Julia Berlli Cortez».
A ello se sumó una estrategia de manipulación religiosa. Perfiles afines al Partido Liberal descontextualizaron rituales afrobrasileños para presentarlos falsamente como ceremonias dedicadas a causar daño o la muerte a líderes políticos, construyendo una narrativa de «batalla espiritual» entre el bien y el mal que posicionaba a Flávio Bolsonaro como víctima de agresiones sobrenaturales. Un estudio de las organizaciones Casa Galileia e Instituto Democracia em Xeque identificó la propagación masiva de estas piezas por parte de influencers, pastores y parlamentarios de la extrema derecha, con publicaciones que alcanzaban decenas de miles de interacciones en pocas horas. Fue una guerra híbrida: no solo se difundió información falsa, sino que se intentó deslegitimar de antemano el sistema electoral que finalmente daría la victoria a Lula.
La victoria de octubre de 2026 fue, en palabras de un análisis de Reuters, un resultado que «desafió los pronósticos, la práctica establecida y la tendencia global de rechazo a los gobiernos incumbentes», y que «detuvo la ola de victorias de la derecha en América Latina». Lula se impuso contra la interferencia algorítmica de Meta, contra la presión arancelaria de Trump en defensa de Visa y Mastercard, contra los autobuses retenidos y las urnas cambiadas de lugar, y contra una maquinaria de desinformación que intentó secuestrar la voluntad popular con avatares falsos y pánico religioso. El pueblo brasileño acudió masivamente a las urnas, elevó la participación al 80,8%, redujo la abstención a su nivel más bajo en 20 años y arrinconó el voto nulo y en blanco a su mínimo histórico. Lula y el campo democrático brasileño se impusieron. El pueblo brasileño venció.
Por Bruno Sommer
El Ciudadano
