Desafíos estratégicos ante el plebiscito del 4 de septiembre

Puestas así las cosas y faltando menos de un mes de campaña, el desafío del Rechazo consiste en mantener la cabeza fría y evitar que florezcan los personalismos. En tanto, el desafío del Apruebo consiste en enfriar la cabeza y podar los personalismos ya florecidos.

Por Jamadier Esteban Uribe Muñoz

En política siempre es más fácil pelear. Es más fácil ponerse de acuerdo para estar en contra que a favor. Para el plebiscito de entrada resultó más fácil ponerse de acuerdo en contra de la Constitución del 80 y, correspondientemente, parece ser que para el plebiscito del próximo 4 de septiembre, está resultando más fácil ponerse en contra del proyecto constitucional que a favor.

Más allá de la realidad objetiva del texto, que desgraciadamente poco importa en tiempos de elecciones –con un Rechazo que hace campañas con mentiras y un Apruebo que hace campaña con verdades a medias–, lo cierto es que, según los datos, el nuevo texto constitucional no dejó a muchos conformes. Según los datos de la última encuesta Plaza Pública, un 51% está por la opción Rechazo, con un 19% que prefiere quedarse con la actual Constitución y un 32% que quiere rechazar para reformar. Mientras que un 46% está por la opción Apruebo, porcentaje que, a su vez, se compone de solo un 10% que está a favor del texto en su actual versión, mientras un 36% quiere aprobar para reformar.

En un escenario como este, la estrategia del Rechazo ha sido más o menos clara. El 19% que rechaza a secas es, puntos más puntos menos, el quinto de la población votante de derecha “dura” que no necesita una campaña para rechazar, de ahí que el universo que se intenta fortalecer es el que rechaza para reformar. Para ello, la derecha ha decidido poner a sus rostros reconocibles en segunda línea y en el trabajo territorial, mientras cede espacio mediático a personalidades asociadas al centro político que están en contra del proyecto constitucional; da lo mismo si es para reformar, de lo que se trata el 4 de septiembre es de rechazar.

La cuestión para el Apruebo, sin embargo, ha sido más complicada. Como decíamos, ponerse de acuerdo en “qué no” es fácil, ponerse de acuerdo en “qué sí” es difícil. De ahí que una vez dado a conocer el texto, no tardó en fortalecerse la postura de aprobar para reformar, sumando a sus filas al mismo líder del oficialismo, el Presidente Gabriel Boric. En una jugada de alto riesgo –dado el actual común desprecio a los cargos de elección popular– pero que pudo resultar, el Apruebo resolvió esta amplitud de miradas recurriendo a dos figuras del mundo político como líderes de campaña: la comunista Karol Cariola y el liberal histórico Vlado Mirosevic.

El Apruebo se dio una estructura y una orgánica para una elección que, al menos en los números, está cuesta arriba. Una batalla difícil, pero ineludible, que necesita un orden que concilie diferencias. Si recurrimos a Sun Tzu y su famoso Arte de la guerra (Capítulo III, aforismos 18-33), en un escenario como este, hay dos cosas que un “soberano” no debe hacer: la primera es saltarse a sus generales, porque genera desorden, la segunda es dar órdenes contradictorias, porque genera confusión. Ambas malas decisiones confluyeron en el llamado del Gobierno a acordar reformas a la nueva Constitución, antes de que la nueva Constitución se vote.

Esto puede ser leído analíticamente de dos formas. Una posibilidad es que parte del Apruebo para reformar, en contra de las encuestas, crea que la opción Apruebo corre con ventaja y hay artículos que le urge modificar. Otra posibilidad –y es por la que me inclino– es que el Gobierno, saltándose su orgánica de campaña, intente suavizar y/o eliminar los artículos que a la ciudadanía no le gustan y que, por ende, fortalecen la opción del rechazo.

Si la primera hipótesis es la correcta, es una movida inteligente, aunque implica finalmente una Convención Mixta de facto, que es inevitablemente contradictoria con la intención presidencial de respetar el mecanismo votado el 25 de octubre de 2020 y podría traducirse en una merma de votos.

Si la segunda hipótesis es la correcta, el error es evidente. Primero, porque es contradictorio con la señal de unidad que buscó dar la estructura del comando. Segundo, porque traslada el debate, a un mes de la elección, desde el frente externo “¿aprobar o rechazar?” al frente interno “¿qué se debe reformar?”, lo que genera desorden en las filas oficialistas y centra la atención en los déficits del nuevo texto, más que en sus eventuales fortalezas. Y tercero, porque introduce un factor más de confusión a los ya extensos 338 artículos permanentes y 57 artículos transitorio plebiscitados, o sea, por un lado se introduce desorden y, por otro, se proyecta confusión.

Puestas así las cosas y faltando menos de un mes de campaña, el desafío del Rechazo consiste en mantener la cabeza fría y evitar que florezcan los personalismos. En tanto, el desafío del Apruebo consiste en enfriar la cabeza y podar los personalismos ya florecidos: según la misma Plaza Pública, la emoción mayormente asociada a la elección es el miedo (59%) y el miedo siempre pide liderazgo, liderazgo que ordene, no que desordene.

Por Jamadier Esteban Uribe Muñoz

Psicólogo y analista político


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