El «eje del mal» de América: dos Gobiernos, la OEA y su caprichosa obsesión

Las grandes cadenas mediáticas se han encargado de construir una realidad tergiversada sobre Venezuela, con un guion repetido en sus salas de redacción y la orden explícita de difundir cuanta «fake news» puedan construir


El expresidente estadounidense George W. Bush (2000-2008) acuñó en los medios la expresión «eje del mal», en su discurso del estado de la unión de 2002, para referirse a Corea del Norte, Irán e Irak. El hoy mandatario Donald Trump rescató la frase, pero a su juicio este «eje» lo integran Irán, Siria y Corea del Norte.

En el presente año, el continente americano también tiene su propio «eje del mal», integrado por los gobiernos de Estados Unidos y Colombia, y la Organización de los Estados Americanos (OEA). Se trata de tres actores que en los últimos cuatro meses han emprendido una campaña de terror, xenófoba y violatoria de los derechos humanos, que tiene como víctima a Venezuela y su pueblo.

Desde horas de la madrugada de este martes 30 de abril, este «eje del mal» utiliza a sus principales voceros para tergiversar la realidad en Venezuela y sembrar una matriz de opinión mundial de cambio de régimen que justifique una intervención militar y el respaldo a un diputado en desacato que se ha autoproclamado «presidente interino», por órdenes del Mandatario estadounidense.

El primero en «reportar» fue Alberto Ravell, otrora presidente del canal privado Globovisión, uno de los medios golpistas en el año 2002, y quien reside actualmente en Colombia, desde donde dirige el portal web La Patilla, una conocida máquina de fake news contra Venezuela.

Recientemente, Ravell fue nombrado por Guaidó como director del llamado «Centro Nacional de Comunicaciones», una instancia que carece de figura jurídica, de sede, de competencias, de presupuesto oficial, de personal y que consiste en una cuenta en redes sociales para reproducir las declaraciones del autoproclamado, previo aval del Departamento de Estado.

Tras ese tuit de Ravell, se recurre al popular refrán: «cuando el río suena es porque piedras trae». Poco más de una hora después, Guaidó recurrió a su mejor arma como «Jefe de Estado» autoproclamado: Twitter.

Por allí, lanzó el «bombazo» de noticia: «indultó» a Leopoldo López, quien lo acompañaba ante las cámaras. López, el exlíder opositor condenado a prisión por su responsabilidad en las «guarimbas» (protestas violentas) que dejaron decenas de muertos en 2014 y que recibió el beneficio de casa por cárcel. En otras palabras, se trata de un hoy prófugo de la justicia.

Ante las cámaras de VPI, un medio fundado en Miami y que puede visualizarse por redes sociales, Guaidó llamó a la sublevación de las fuerzas armadas y a marchar hasta el Palacio de Miraflores (sede del Ejecutivo). Su justificación, lo acompañaba también un reducido grupo de soldados y funcionarios del servicio de inteligencia venezolano, llamado Sebin.

No tardó en pronunciarse el secretario general de la OEA, Luis Almagro, excanciller uruguayo expulsado del Frente Amplio, partido de Gobierno en su país, por su ciega obsesión con Nicolás Maduro y su deseo desenfrenado de perpetrar un golpe de Estado en Venezuela, violando cualquier norma internacional que se le atraviese.

Almagro es el mismo personaje que en numerosas ocasiones ha pedido la intervención militar, la aplicación de la Carta Democrática Interamericana, sanciones financieras y cerco diplomático en contra de Venezuela, sin importar las consecuencias negativas que cada una de esas acciones tenga sobre el pueblo.

Como de costumbre, los medios y voceros internacionales comenzaron a desinformar, afirmando que Guaidó había tomado la Base Aérea La Carlota, cuando la realidad es que se encontraba en las adyacencias de esta instalación militar, específicamente en el distribuidor Altamira, ubicado en el municipio Chacao (ubicado dentro del área metropolitana de Caracas), un conocido bastión opositor que no supera los 14 kilómetros cuadrados.

Al mismo tiempo, uno de los principales voceros de la oposición venezolana, el senador estadounidense Marco Rubio, se sumó a la guerra mediática. Con una «eficiencia» de 36 tuits en seis horas, el ultraderechista publicó un mensaje incluso antes del pronunciamiento de Guaidó, como usualmente lo hace, adelantándose como un «prestidigitador» a las acciones opositoras.

A partir de allí, se dedicó a difundir cualquier cantidad de falsas noticias, desde la supuesta toma de la base aérea, pasando por la deserción de altos mandos militares y hasta el supuesto bloqueo de la conexión a Internet en Venezuela.

En el caso de la administración Trump, Rubio no es el único vocero, aunque sí el más disociado. También está el vicepresidente Mike Pence, quien pronunciando palabras en un español «obligado» presume de dirigirse siempre al pueblo venezolano, en nombre de la «libertad» y la «democracia». En esta ocasión nuevamente pronunció su frase más «dulce» y ¿esperanzadora?: «Vayan con Dios».

Por su parte, el secretario de Estado, Mike Pompeo, cumplió también con su cuota, a través de un mensaje que contiene las dos palabras preferidas en los discursos de todo aquel que trabaje alguna vez en la Casa Blanca: «libertad» y «democracia». Aunque curiosamente, son también los dos principios más violados por Estados Unidos alrededor del mundo.Con Trump ocupado en otros asuntos, siempre vinculados al enriquecimiento lícito e ilícito, sus tres voceros más destacados en el tema Venezuela ya se pronunciaron. De allí, el régimen colombiano habrá pensado: ¡No podemos quedarnos atrás! Y es por ello que, a pesar de los constantes insultos que reciben de Trump, Iván Duque y su equipo salieron a respaldar la posición antidemocrática.

El primero en hacerlo fue el canciller Carlos Holmes Trujillo, quien advirtió que una vez más llamarán a reunión al denominado Grupo de Lima para debatir sobre, adivinen, la «libertad» y la «democracia» en Venezuela.

Acto seguido, lo hizo Duque, quien en una clara violación de todo principio internacional que exista o haya existido, llama abiertamente a la sublevación militar y al golpe de Estado, para recuperar, ¿qué otra cosa podría ser?, la «libertad» y la «democracia» en Venezuela.

A la vicepresidenta colombiana, Marta Lucía Ramírez, le llegó el mismo mensaje de texto, o de WhatsApp, con la orden de pronunciarse públicamente a través del sistema comunicacional predilecto de Guaidó, Twitter, y respaldar el llamado a golpe de Estado en nombre de, sí, exactamente, la «libertad» y la «democracia».

El mismo guion, diferentes voceros, para hacer valer eso de que «una mentira repetida mil veces se puede hacer realidad». El detalle en este caso: en los últimos cuatro meses, entre la OEA, la Casa Blanca y el Palacio de Nariño han repetido esa mentira en un sinfín de oportunidades y aún nada, pues la verdad ha salido siempre a relucir.

Ni siquiera con el apoyo de las grandes cadenas han podido ganar esta guerra mediática. Desde Estados Unidos, España y Colombia los medios de comunicación parecieran no tener una agenda nacional, ya que el tema Venezuela está siempre en primer plano.

Un ejemplo de ellos es el diario español El Mundo, que a dos días de haberse realizado unas elecciones generales en su país y con la tensión de no saber cómo quedará conformado el nuevo Gobierno, deciden dedicar su perfil en Twitter a la intentona golpista en Venezuela, un país ubicado a un océano de distancia.

Así como El Mundo, son muchos los medios que tienen el tienen el mismo guion en sus salas de redacción, mientras en Venezuela la situación dista en casi 180 grados de cómo ellos la difunden.

En Bogotá y en Washington -dónde también se encuentra la sede de la OEA- radica este «eje del mal» que día tras día, semana tras semana, mes a mes; enturbia la paz en el continente y mantiene viva una constante amenaza de intervención militar, cuyo objetivo de trasfondo es intimidar a las Fuerzas Armadas de Venezuela para que renuncien a su Constitución y se sumen a la causa por, acá vamos de nuevo, la «libertad» y la «democracia».

A ciencia cierta, Venezuela no representa una amenaza para ningún país o región. Sin armas nucleares, ni guerrillas, ni grupos terroristas; pero con una posición geoestratégica en el continente y con suficientes recursos naturales -gas, petróleo, oro, coltán- para ser considerada una de las naciones más ricas del mundo.

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