es Spanish

El pacto Antipiñera

Si la candidatura de Izquierda cavó  en esta campaña presidencial un nicho con objetivos instrumentales cortoplazistas, o si su sentido es tensar el arco que lance la flecha al porvenir del  socialismo chileno (del proyecto, del movimiento), está por verse. La capacidad política de su candidato es evidente. Sin embargo, será la responsabilidad de éste y de su equipo de ponerla –en el peor de los casos– al servicio de la reanimación del concertacionismo moribundo y prolongar sus estertores; o bien, de apostar de manera enérgica por una alternativa nueva, dinámica y promisoria, que abra cauces y libere el potencial de lucha transformador latente en la ciudadanía.

Este caudal de rebeldía por el cambio –hay que vivir encerrado en la caverna de Platón confundiendo la realidad con las imágenes deformadas y proyectadas en la pared por el dispositivo mediático para no verlo— se manifiesta en el mundo concreto donde la vida fluye, a la manera de Heráclito, en y por el conflicto.

Ahí están los porfiados hechos. Las movilizaciones del magisterio, de los portuarios y de los empleados públicos; las luchas –brutalmente reprimidas– de los trabajadores subcontratistas de la Forestal Celulosa Arauco y Constitución por sus derechos salariales y un código laboral democrático que les permita negociar con el poder empresarial; las aspiraciones insatisfechas de las mujeres dispuestas a manifestar para exigir sus derechos de género; los estudiantes prestos a dar la pelea por una  educación pública gratuita; la Nación mapuche reivindicando la autonomía política; la memoria activa y tenaz contra el olvido y la impunidad de las organizaciones de DD.HH, y, ese nuevo movimiento social ciudadano por una Asamblea Constituyente.

Sin embargo, saltan dudas. Las que surgen del juego político pragmático. Ya que el dilema de fondo para una izquierda en recomposición sigue siendo: o la candidatura de Jorge Arrate intenta abrir alamedas y entregar perspectivas; lo que implica discernir con agudeza lo que está en juego en la lucha política nacional o, en contubernio con las elites políticas binominales y oligárquicas, se presta para al montaje de otra maniobra de camuflaje político. Lo que implica que al mismo tiempo que se sucumbe a las presiones de la política tradicional se opta por encubrir, inhibir, aislar y no apoyar ni potenciar las luchas populares reales y concretas para no proyectarlas al escenario electoral ni explicar sus causas y obstáculos. Y, por consiguiente se calla, sin denunciar, la carga represiva y conservadora del Estado del régimen postdictatorial en contra de los sectores ciudadanos y proletarios que se movilizan por reclamar sus derechos.

Lo contrario implica lucidez y voluntad para enfrentar las tareas del momento. Por todo lo anterior, ningún pacto o acuerdo para detener al piñerismo neoliberal debe renunciar al proyecto de futuro de la Izquierda cuyas potencialidades están inscritas en las luchas y las reivindicaciones del presente.

En efecto, la fórmula ganadora es mantener el rumbo sin desvíos ni atajos. Un pacto antipiñera sólo es posible con garantías escritas y firmadas públicamente por los candidatos que estipulen que en segunda vuelta el ganador que se enfrente a Piñera, una vez elegido presidente, se comprometa a : 1) la realización en abril 2010 de un plebiscito que se pronuncie acerca de la convocatoria de una Asamblea Constituyente para redactar una nueva Constitución; 2) el envío, para su aprobación en los 30 primeros días, al congreso de un nuevo código laboral elaborado por el movimiento sindical; 3) el pago inmediato en marzo de la deuda histórica del magisterio, 4) una ley que garantice a todas las mujeres mayores de 17 años el derecho al aborto con asistencia médica gratuita del Estado; 5) el envío en los 60 días de una nueva Ley de nacionalización de las riquezas naturales y el cobre y, 6) el envío con trámite de urgencia de una nueva Ley electoral proporcional que termine con el modo de escrutinio binominal.

Ahora bien, para darle un impulso renovado a la campaña, cambiar el ritual de la antipolítica de los pactos a espaldas de los ciudadanos y romper con el sopor electoral, el comando de Arrate tendría que invitar, antes de pactar con Frei y Enríquez-O., a todos los sectores de la izquierda a un foro amplio y democrático, para pronunciarse acerca del contenido del acuerdo en cuestión. La política de Izquierda es democrática o, no es política de Izquierda.

Escuchar, preguntar, responder, argumentar, convencer; es la única manera de romper con la lógica cupular y reanudar con la democracia de estirpe ciudadana; aquella que los trabajadores chilenos se dieron en 1972 en la “Atenas Proletaria” (Patricio Guzmán). Gesta que nunca ha sido apreciada  por aquellos que se fueron a cobijar detrás de los “muros” y que nunca comprendieron que los derrumbes fueron el resultado del impulso democrático de millones de ciudadanos avasallados por las burocracias comunistas (años más tarde las promesas de un Orden Moral de las clases dirigentes occidentales se fueron al tacho de la historia y en su lugar vinieron para quedarse, las guerras imperiales, las crisis del capitalismo, las hambrunas y la destrucción ecológica programadas).

Son muchos los que hoy enquistados en la vida política chilena y latinoamericana prefieren, por cinismo y conveniencia, no creer en la necesidad de cambio de las estructuras de dominación.

Sin lugar a dudas las cartas están tiradas en esta campaña 2009. El objetivo de la política ciudadana audaz en esta coyuntura electoral –en el contexto de las realidades presentes de la crisis del capitalismo mundial que seguirá golpeando duro a las mayorías asalariadas– es darle un nuevo curso y contenido al proyecto que portaban las fuerzas antidictatoriales del NO, cuyas aspiraciones a una sociedad más justa, igualitaria y democrática también les fue escamoteada por el juego político binominal del concertacionismo con la derecha.

En su lugar, se legitimaron: el modelo neoliberal, la Constitución del 80, los espacios políticos binominales donde negocian los herederos político-civiles de Pinochet (los UDI y RN) con los beneficiarios colaterales (los políticos y tecnócratas concertacionistas).

Un somero estudio de sociología política demostraría que son los mismos políticos que nunca comprendieron las causas del colapso comunista los que optaron por reciclarse en el social-liberalismo y en el progresismo-liberal para administrar y rescatar al capitalismo que favorece a un puñado de oligarcas. Para salvarlo de sus propias crisis con el dinero y el trabajo de todos. Hoy, los “renovados” del 80 son incapaces de infundir esperanza porque fueron intelectualmente nulos para extraer las lecciones teóricas, tanto de la crisis del comunismo burocrático como de la sed de emancipación democrática de los individuos. Y son los viejos y jóvenes políticos deformados en la política binominal quienes desconfían del poder democratizador de los proyectos colectivos y niegan, que puedan existir las condiciones para superar y romper con la lógica infernal de la crisis sistémica del capitalismo y de su civilización basada en el lucro, el individualismo egocéntrico, el derroche, la penuria alimentaria, el mal uso de las tecnologías y la destrucción de la naturaleza.

En Chile, el caudal democrático ciudadano de los 80-90 está siendo utilizado como trampolín y manipulado por el progresismo-liberal de Enríquez-Ominami. Este busca canalizar el descontento de los ciudadanos decepcionados de la seguidilla de gobiernos concertacionistas hacia una “Tercera Vía”. El hábil prestidigitador y su entorno de políticos seniors agitan un proyecto de remozamiento del sistema político y de legitimación de la economía de mercado con intervención estatal limitada y destinada a legitimar formas aceptables de exclusión social con el fin de evitar los excesos del neoliberalismo empresarial y los estallidos sociales.

Es el mismo programa de los Océanos Azules del concertacionismo freísta; lo acaba de afirmar el mismo Jefe de Campaña del diputado, el empresario Max Marambio. Por eso los grandes capitalistas le tienen confianza a Enríquez-Ominami. La misma que le tienen a Piñera, o a Frei; da lo mismo, no hay diferencias en ese plano.

Con una salvedad. Sebastián Piñera ya significó en su encuentro con los militares compinches de la derecha y nostálgicos del pinochetismo golpista que está dispuesto a ir más lejos. A golpear duro y fuerte las frágiles conquistas democráticas. En sí mismo, cual soberano medioeval, un eventual gobierno del candidato de la alianza derechista concentrará la trinidad de poderes: el de la oligarquía política derechista, el de la clase capitalista empresaria, y el del dispositivo mediático con su séquito de plumíferos servidores. Sin olvidar, por supuesto, las simpatías de la jerarquía militar y los apoyos internacionales de los poderes globales, imperiales y de las derechas revanchistas.

Piñera es el candidato de esos poderes conservadores que buscan impedir que las aspiraciones ciudadanas y populares se plasmen y realicen en una sociedad más justa, libre, digna e igualitaria.

Piñera, acompañado de las huestes pinochetistas es un enemigo público. No debe acceder al gobierno del Estado con una Constitución en déficit de Derecho. Bien lo sabemos. Piñera es un aprendiz de brujo.

Pero no basta con pararlo. Una candidatura de Izquierda sólo tendrá perspectiva de futuro si hace todo lo que sea políticamente posible para evitar otro período bajo la forma de un continuismo freísta o de transformismo progresista-liberal bajo la égida de Enríquez-Ominami. Y debe hacerlo explicándoselo a la comunidad política toda.

Es esta realidad la que determina el contenido de un pacto con las fuerzas del neoconcertacionismo de Enríquez y con el concertacionismo arcaico de Frei a fin de impedir que Piñera y la oligarquía gobiernen y reinen.  Pero ningún pacto con las otras candidaturas de centro derecha debe traicionar lo fundamental del programa de las fuerzas de izquierda que levantaron a Arrate y de los ciudadanos que hasta el momento lo hemos apoyado de manera crítica; de quienes, eso sí, creemos que la autonomía de la izquierda ante la Concertación es fundamental para construir una alternativa socialista, democrática y antineoliberal.

Este proyecto para el futuro está  obligado a sumar fuerzas en el presente para poder vivir: a vincularse, nutriéndose, de las luchas sociales políticas y económicas silenciadas por el poder mediático; por la política binominal y por aquellos que obnubilados por el miope interés de unos cupos más, buscan faldas protectoras y no defienden las luchas populares porque evitan “hacer olitas” a sus aliados concertacionistas.

Si la candidatura de izquierda no asume el desafío y cede en lo fundamental de su programa; si no aglutina y plasma con claridad, lucidez y convicción en su discurso el conjunto de lo que estas luchas representan como aspiraciones programáticas, no puede reivindicarse de izquierda y socialista, del siglo que fuere.


Por Leopoldo Lavín Mujica

www.leopoldolavin.com

Facebook Comments

4,250,761FansMe gusta
173,692SeguidoresSeguir
292,109SeguidoresSeguir
16,500SuscriptoresSuscribirte

Edición Impresa El Ciudadano

- Advertisment -

Más Leídos

- Advertisment -