Gran Bretaña: De la Dama de hierro a la Reina de hielo

Se ha dicho de ella que es trabajadora, seria, austera, pragmática, implacable. Los calificativos que se atribuyen a la  recién nombrada primera ministra de Gran Bretaña, Theresa May, fueron una de las causas que facilitaron su designación como ‘premier’, por considerar que podría favorecer el consenso dentro del Partido Conservador y lidiar en el proceso de salida de la Unión Europea.

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Son los mismos atributos que también caracterizaron la personalidad de la otra mujer que llegó a ser jefa de Gobierno en Reino Unido, Margaret Thatcher (1979-1990). ¿Pero qué tan en común tienen estas dos mujeres?

Muchas comparaciones se han escrito en los últimos días sobre la firmeza de ambas mujeres. Sin embargo, hay varios matices entre los postulados y formas de hacer de cada una.

Theresa May, de 59 años, es euroescéptica de alma. A pesar de que a principios de año decidió mantenerse leal a Cameron y defender la permanencia en la Unión Europea, hizo pocas declaraciones públicas durante la campaña del referéndum, hecho que provocó varias especulaciones sobre si en privado estaba a favor de la salida de su país de la alianza. Fue precisamente esta ambigüedad la que la empujó como una candidata que podría unificar las facciones del Partido Conservador.

Sin embargo, una vez asumida su nominación no le costó mucho recuperar su instinto natural de tomar distancia de Europa. “Brexit significa Brexit”, aseguró, aunque ha demostrado no tener tanta prisa para iniciar el proceso de abandono de la UE.

Margaret Thatcher, en cambio, comenzó su trayectoria al frente del gobierno como una europeísta convencida, pero poco a poco mostró sus hostilidades para transferir los poderes de Londres a Bruselas. Tanto fue así que sus correligionarios la echaron, en buena medida por su beligerancia antieuropea.

Conservadurismo compasivo

May, bautizada como “la Reina de Hielo” por el ex viceprimer ministro Nick Clegg, prometió “una visión positiva y audaz” para el futuro de Reino Unido, un país que –dijo- “no tiene que funcionar para unos pocos privilegiados, sino para todos”. Palabras que junto con sus compromisos de abordar la desigualdad y dar más protagonismo a los trabajadores evidencian unas formas un tanto alejadas de las que tuvo su antecesora.

La nueva ‘premier’ ha tenido mucho interés en manifestar su intención de alejarse de una política económica que ha beneficiado a los ricos y empobrecido a la clase media. En su análisis de los resultados del referéndum, citó la frustración social como clave del resultado. Aseguró querer recuperar las bases más modestas del Partido Conservador, reducir la brecha social, o al menos garantizar ciertas compensaciones a los más perjudicados por la globalización –aunque en este grupo no incluye a los inmigrantes.

Aunque el valor de su palabra todavía sea una incógnita y sus promesas sean, por el momento, propuestas sin cumplir, no hay duda que, aunque sea en intenciones, demuestra una posición más piadosa con los derechos de la ciudadanía de la que sostuvo la Dama de Hierro en su momento; algo más cercana al que algunas voces han bautizado como «conservadurismo compasivo».

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De hecho, la precarización de los trabajadores y de la clase media británica fue un factor directamente relacionados con la voluntad de querer huir de la UE. Un empobrecimiento que empezó precisamente bajo el gobierno de Margaret Thatcher con la aplicación de duras políticas neoliberales. Lo saben bien los mineros de Gales e Inglaterra –precisamente las regiones donde el Brexit resultó ganador-, quienes protagonizaron un paro de un año (1984-85) que terminó con la derrota final de los huelguistas y además supuso un debilitamiento significativo del movimiento sindical británico y las condiciones laborales.

Poco a poco ambas regiones entraron en una etapa postindustrial que nunca respondió a un nivel económico superior. Todo lo contrario: se dio el desmantelamiento minero e industrial de estos territorios. Europa, a través de sus élites políticas y económicas, se hizo cómplice de este abandono y además acentuó la crisis con medidas de austeridad y recortes.

Mujeres, feminismo y paridad

Otro de los objetivos que se ha propuesto la nueva primera ministra es acabar con la desigualdad de género, por lo menos en la política. Por eso, decidió conformar un gabinete mucho más paritario y con varias mujeres colocadas en posiciones estratégicas, como Amber Rudd, quien fue ministra de Energía en el anterior ejecutivo y hoy ocupa la cartera de Interior -la misma que encabezó May durante los seis años del mandato de David Cameron-.

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La idea de la paridad ha dado vueltas en la cabeza de May desde antes de que asumiera el cargo. Durante las últimas elecciones generales ya impulsó una campaña para una mayor representatividad de las mujeres en las listas del Partido Conservador con la intención de visibilizar más la figura de la mujer política y líder. Una posición totalmente antagónica a la de su predecesora Margaret Thatcher, que llegó a decir que «el feminismo es un veneno».

Poco hay que decir del legado de la Dama de Hierro en lo que al feminismo se refiere. Siempre rodeada de hombres -exceptuando Janet Young, presidenta de la Cámara de los Lores-, desde las filas laboristas le reprocharon que nunca llevara al poder, con ella, a las mujeres. «La batalla por los derechos de las mujeres ha sido ganada ampliamente. Me horrorizan los sonidos estridentes que emiten algunas feministas», dijo en 1982.

Theresa May llega al número 10 de Downing Street con un largo y desafiante camino que cambiará la historia y las relaciones de Reino Unido con la Unión Europea. La materialización del Brexit, la recuperación de la clase trabajadora del país y la gestión de la inmigración son los principales retos que enfrenta la nueva jefe de gobierno.

Habrá que ver si la gestión de su mandato la reafirma como la Reina de Hielo, o si sus políticas liberales y conservadoras la convierten -como han pronosticado muchas voces expertas- en la nueva Dama de Hierro del siglo XXI.

Meritxell Freixas

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