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La columna de Krúpskaya: Comprar y votar

KrupskaiaVamos bien, mañana mejor, rezaba un slogan de la dictadura a fines de los 70. Vamos bien en nuestra contrarrevolución, deberían haber confesado; mañana, en unos pocos años, dejaremos todo amarrado, deberían haber dicho. Cuarenta años después del asalto criminal a La Moneda, la profundidad de la catástrofe no tiene límite. No se ve el fondo. Un informe reciente revela que un altísimo porcentaje de personas no entiende lo que lee. No obstante, el último show de la televisión con las candidatas y los candidatos, y sus rostros de cándidas y cándidos superficiales, nos ha permitido observar y comprobar que ya no es solo que las espectadoras y espectadores y votantes y consumidores y clientes y candidatos y periodistas no entienden lo que leen. Tampoco  se entiende lo que se pregunta, no se entiende lo que se responde, no se entiende lo que escriben, ni siquiera se entiende lo que dicen. Porque no entienden nada de nada. La pobreza del pensamiento y de la expresión del pensamiento, es la pobreza más pobre de todas las pobrezas. Dejando las honrosas excepciones de lado, ¿qué hay en la cabeza de los protagonistas del show televisivo encadenado y solemne? En el cerebro de candidatos y candidatas y periodistas. ¿Hay algo que no sea la repetición, la reiteración de lugares comunes, de frases hechas y aprendidas de memoria frente al espejo, el balbuceo de argumentos expresados en proposiciones en las que la sintaxis brilla por su ausencia, expresiones confusas, titubeantes, contradictorias, sin fundamento. Recetas del santo marketing que sabe de números y no tiene idea de contenidos ni de espesor de contenidos. ¿A alguien le importa? Porque si no se entiende lo que se lee, ni se entiende lo que se escucha: y si se dice lo que no se piensa, y se piensa lo que no se entiende, y se afirma lo que no tiene lógica ni fundamento, ¿a quién le puede importar? La profundidad del hoyo que comenzó a cavar de golpe la dictadura cívico-militar y continuó ahondando la concertada alianza político-empresarial, no tiene fondo. Toda la estulticia, el adocenamiento, la levedad, la apariencia, el bla bla sin sentido y por tanto incomprensible, todo eso tiene un solo fin: reproducir la normalidad que nos rodea como si habitáramos un redil, reproducir y fortalecer el hoyo de la ignorancia, la naturalidad del analfabetismo propositivo, la aceptada mediocridad intelectual, la banalidad del hablar vacío; todo aquello como objetivo, objetivo ni siquiera conciente las más de las veces (porque así de dominados y sometidos las chilenas y los chilenos que se pasean adrenalínicos por los religiosos malls), reproducir y fortalecer el discurso de ese profundo agujero que es Chile, discurso acrítico, no reflexivo, no cuestionador, autoritario, superficial, tontorrón, criminalizante, estigmatizador, intolerante aún en su fraseo que repite musicalmente la palabra to-le-ran-cia (no respeto, eso no; to-le-ran-cia).  Dejemos las honrosas excepciones de lado. Porque las hay. Sí que las hay, no todo está perdido. Sin embargo, esas excepciones que intentan levantar la voz aunque sea en un hilo que busca anudarse a otros hilos; esas excepciones son cercadas, arrinconadas, invalidadas por el discurso del poder, por el discurso de la dominación, y aún esas excepciones no son más que parpadeos de frágiles luces en la profundidad de la catástrofe. Son excepciones que el resto, candidatas y candidatos y periodistas, se encargan de anular, vetar, descalificar y negar.

Pero no siempre fue así. Todo empezó hace cuarenta años. Libros a la hoguera, editoriales cerradas, diarios prohibidos, universidades intervenidas, escuelas de pensamiento social y cátedras cerradas, millares de maestros, escritores y estudiantes a la deriva; el pensamiento es peligroso, la inteligencia es el enemigo. Y aquí estamos: todos y todas hacen su trabajo. La solidez de la dominación, del sistema instalado por la santa alianza cívico-militar-político-empresarial; la solidez del sistema que nos controla y somete es tanta y tan profunda que quienes hablan no son más que portavoces y voceros de la dominación. No piensan por sí mismos; son pensados por el discurso dominante. No piensan ni hablan libremente. Son vehículos de transmisión del poder que nos domina. Entonces, en este escenario, no es ni siquiera necesario entender lo que se lee, entender lo que se piensa, entender lo que se dice, entender lo que se escribe. Peor aun: lo que el sistema necesita para seguir rodando es que nadie entienda nada creyendo que lo entienden todo; que nadie entienda nada y no se den cuenta que no  entienden nada. Pero que voten. Y compren, y se endeuden y persigan la felicidad flotando en la penumbra pestilente del agujero de la catástrofe, aferrados a su teléfono celular de última generación. Sin pensar lo que se cree pensar ni menos hablar más allá de lo que se cree entender. El poder que nos controla se basa en la arrogancia de la ignorancia. Los funcionarios del poder que nos domina son pedantes y estúpidos, monitoreados frente a las cámaras del show que enciende sus luces para que nadie vea la profundidad del abismo.

Por Krúpskaya

El C iudadano

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