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La columna de Krúpskaya: La pelota es mía

El problema es el poder. Hay otros problemas pero el principal es el poder. El Poder. Me lo dijo de nuevo Vladimir hace un par de noches. Conversamos mucho con Vladimir; ustedes lo conocen, o debieran. Como, excepto yo, ya nadie puede conversar con él, por lo menos pueden leer sus libros, no estaría de más. Bueno, a lo que iba: el Poder. Se los planteo de otra manera: el control del poder es el problema. Y de otra manera, tal vez un poco más precisa o aterrizada: en realidad el problema del poder lo tienen especialmente, como problema acuciante, aquellos que carecen de poder. Claro, porque quienes tienen el poder, quienes controlan el poder saben que, en el fondo, no hay ningún asunto, ninguna amenaza que pueda quitarles el sueño. Esto último no me lo decía Vladimir, son reflexiones posteriores mías en mitad de la noche, a esa hora en que no puedo conciliar el sueño tras otro día de escuchar y ver tanta desorientación, tanto desvarío político, tanta miseria y ordinariez política en realidad.

Sucede que los que tienen el poder juegan el juego para ganar, y siempre ganan. Esa minoría que tiene el poder juega siempre a ganadora. Son serios y circunspectos, sin preocuparse de disimular sus caras, sus ojos, sus palabras, su estulticia de poderosos abusadores dueños del país, y ahora nos presentan sus candidatas y candidatos para un nuevo proceso eleccionario. Ellos saben que no van a perder. Mejor aún para ellos, y peor para nosotros, saben que aunque pierdan en los votos van a ganar. Saben que no tienen nada que perder. Saben que tienen el poder y el poder no está en juego.

Cada pequeña vez que ha estado en pequeño riesgo el poder que tienen, han hecho lo que consideraron necesario para eliminar ese riesgo. Eliminar el riesgo ha significado eliminar a quienes han osado o soñado o pretendido disputarles el poder. Siempre. Hace doscientos años. Hace más de doscientos años. Hace cuarenta años apenas. Esa última vez los excluidos del poder, los sometidos, esa mayoría, que no es nueva ni vieja, traspasó límites que nunca se había traspasado. Y los que tienen el poder hicieron lo que hicieron. Y le agregaron al orden de su sistema nuevas protecciones para alejar aún más cualquier posibilidad de poner en riesgo de disputa el poder.

Con el poder la minoría que siempre ha sido dueña del país creó instituciones, instaló un modelo de sociedad, ordenó las relaciones al interior de este modelo, fortaleció las instituciones que ejercen el poder. El régimen político, las fuerzas armadas, la Iglesia, el Derecho, el modelo educativo, los medios de comunicación, las relaciones de producción, y todo eso que ustedes saben o debieran saber. Cada tanto, a través de la historia del país, la minoría de los poderosos fue adecuando, actualizando, corrigiendo, de modo de no permitir que alguien, por mayoría que fuese, les disputase de verdad el poder.

Claro, debemos reconocer que, de vez en cuando, y según la magnitud del malestar de quienes no tienen el poder, los poderosos hacen alguna concesión; les da por invitar a tomar té, ceden una mínima parte de sus ominosas riquezas para compartirlas y cautivar a los que aceptan la invitación a tomar té. Y los revolucionarios de ayer, los vociferantes de ayer que figuraban como dirigentes y representantes de la mayoría, aceptaron la invitación para dirigir empresas y recibir privilegios. Pero el poder no se toca. Alguien dijo hace unos días que los empresarios ingresaron al Partido Socialista. Creo que es al revés: los socialistas ingresaron al partido de los empresarios dueños de la riqueza y del poder. Sin embargo, el poder no se toca. Se mira, se padece, pero no se toca. Supongo que Bachelet lo sabe porque Lagos Ricardo lo sabe, y Vallejo Camila debiera saberlo y Meo también (¡cómo no lo va a saber él!), y Correa Enrique lo goza y Garretón Oscar Guillermo se come el azúcar y Girardi Guido hace ofertas imposibles de rechazar.

Y esta vez, con tanta miseria política, tanto desvarío, tanta palabra vacía, no será distinto. El problema principal es el poder. Me lo decía Vladimir hace unos días y volvía a hablar de la necesidad de tener vocación y voluntad de poder si es que de verdad queremos cambiar la sociedad, si de verdad queremos provocar el derrumbe del sistema y que el poder pase, por primera vez, a las manos de la mayoría. Pero el poder no se conquista ni menos se conserva solo por ser mayoría ni por marcar una rayita en un voto. Eso lo saben muy bien los poderosos. Y también lo saben los que llaman a la mayoría a votar por ellos, a sabiendas que nada fundamental podrá ser cambiado. Si no fuera así, los poderosos prohibirían las elecciones. Volverían a hacerlo. La pelota es de ellos.

Por Krúpskaya

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