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La columna de Krúpskaya:Perdonémoslos a todos

Se puso de moda el perdón; todos están hablando del perdón, de la palabra perdón y, sobre todo, andan poniendo caras, dando explicaciones y, los más descarados, moviendo lentamente los labios para decir pido perdón. Como si pudiéramos creerles. Se puso de moda el perdón, y la palabra quedó más vacía de lo que estaba ya hace años, hueca, desprovista de algún sentido, de algún significado, por pequeño que fuere. La palabra perdón vaciada, como un pozo seco, como una bolsa desfondada, como unos labios que se mueven y no dicen nada a nadie. Porque estos perdones vacíos que vuelan como volantines cortados dejan en el desván, en la negación, en el cajón del silencio, lo verdaderamente importante, lo que verdaderamente debería movernos. Por supuesto, me refiero a la Justicia. A la verdad, el castigo, la justicia.

Y en medio de esta simulada compulsión, en medio de esta impostura que se toma las obscenas pantallas, las ridículas portadas, me encontré con un poema publicado hace un par de años en una revista de poca circulación. Y al terminar de leerlo pensé que las lectoras y los lectores de esta columna deberían leerlo también. Se los dejo a continuación.

 

EL PERDÓN DEL REY

Perdono a los que tumbaron en la parrilla a Muriel Dockendorf
Y la escucharon gritar y a los que sabían y nada hicieron
Perdono a los que arrojaron al mar a Marta Ugarte
Mientras se jactaban de que en Chile no había desaparecidos
Perdono a los que hicieron arder como antorchas
A Rodrigo Rojas y a Carmen Gloria Quintana
-el verdadero rostro de este país-
Perdono a los que abrieron con un corvo el cuello
De José Manuel Parada, Manuel Guerrero y Santiago Nattino
Perdono al que dio la orden y al que apretó el gatillo
Para perforar los cuerpos de Víctor Jara y de Carlos Lorca
Perdono a los que ocultaron cadáveres en un horno de Lonquén
Me cago en abogados, juicios y sentencias
Por algo soy el nuevo monarca sucesor de la Princesa
Que nos enseñó a tañer la campana de Wall Street
Perdono a los que se hicieron dueños de empresas
Y bancos y acumularon la riqueza que no les pertenece
A los que robaron lo que es de todos y a los que robaron
Lo que no es de ninguno
Perdono a los que, como nosotros, han regresado
Al lugar del crimen y no sienten motivo de rubor
Perdono a los que lanzaron a los lagos del sur
Esos lagos que amo y donde descanso y firmo contratos
A campesinos mapuche sin que nadie se enterara
Perdono al que fabricó las bombas y al que las puso
Y al que las hizo estallar y al que dio la orden
De asesinar a Orlando Letelier y a Carlos Prats
Perdono al encargado de Villa Grimaldi
Y al encargado del encargado de Londres 38
Perdono al que violó a prisioneras aterradas
Al que introdujo ratones en sus vaginas
Y al que arrancó las uñas de las manos
De los que a pesar de todo no entregaron a sus compañeros
Perdono a los que inhumaron de noche
Los restos de los asesinados y luego los exhumaron
Para hacerlos desaparecer mientras otros -como yo-
Mirábamos el saldo de nuestras cuentas corrientes
Perdono a los que mataron por la espalda a Ignacio Valenzuela
En la Operación Albania y encerraron a siete prisioneros
En una casa abandonada para cocerlos a sangre fría
Perdono a los pilotos que bombardearon La Moneda
Perdono al torturador, al interrogador, al carcelero
Al artillero, al instructor, al secretario, al chofer
Al falsificador, al enterrador, al asesino
A todos los perdono, en esto soy especialmente generoso
Los perdono porque soy el nuevo monarca
Y a través de sus representantes me lo ha solicitado Dios:
Perdono a los que hicieron por mí el trabajo sucio.

 

Por Krúpskaya

 

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