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La Unidad Popular: La tragedia de los Tiempos

El Presidente Salvador Allende le habla a las naciones del mundo con la convicción de quien profesa las más íntimas tradiciones humanistas –desde los valores de la virtud, la igualdad y la perfectibilidad, heredados de la Revolución Francesa. Digamos, para ser más precisos, en nombre de valores ‘pretendidamente’ heredados. Su discurso «sintetiza» historia social del país, cultura institucional, socialismo democrático y códigos masónicos. Habla como aquel que cree –insobornablemente- en el respeto por la «dignidad humana», por las libertades de los  ciudadanos del mundo.

Salvador –es la coincidencia entre un nombre y un tiempo histórico- encabeza un proceso ‘vivo’ que requiere relacionar el polo institucional (partidos e instituciones representativas) con el polo deliberativo (democracia de masas). Frente a este atajo, no hay corrupción posible. Su discurso «roza» con la cristiandad, pero tampoco se deja mineralizar; lo más importante se sitúa en su republicanismo democrático, en su magnificencia y expresión cotidiana.

En el diálogo registrado por el periodista Augusto Olivares entre Fidel y Salvador, el comandante Cubano lo mira como a un hermano mayor, lo escucha con respeto y profunda admiración por las tradiciones cívico-republicanas que el presidente «encarna». Se oye su voz bajo la solemnidad que infunde alguien que entiende la tragedia de los tiempos. Salvador Allende sabe de entrada que vive en medio de un atajo, que se trata de una «zaga» al vacío, que está confinado al fracaso –que no hay posibilidad, pero debe insistir en implementar el camino elegido, en sostener la convicción del  compromiso adquirido. Además admite, pero sin decirlo nunca, que en la izquierda no existía el ‘horizonte cultural’ suficiente para aquilatar un proceso cuya complejidad debía soportar los efectos del «desbande» afectivo -que suponen las pasiones revolucionarias- bajo el apego irrestricto y cada tanto ajustado al marco institucional. Ello a sabiendas de la orientación institucional de la sociedad chilena. De otro lado, por obra de la cubanización quedaba atrás la tesis de una «profundización reformista»; por cuanto la crisis de la receta Cepalina para la región (1950-1970) obligaba a establecer  cambios estructurales. Cambios primordiales, pero inviables. A la sazón, la Cuba libre ‘pesaba’ más que mil ríos de tinta. Se trata de un «desgarro» incurable a la luz del cual debe ser evaluado el proceso histórico. La Unidad Popular más que una paradoja es una aporía en la historia de Chile –es una imposibilidad ineludible. Allende sabe que se encuentra en presencia de una dialéctica, pero esta no tiene «soluto». En otras palabras, no hay síntesis posible.

Este es el acompañante macabro de la vía Chilena al Socialismo, nuestra divina comedia. Pero agregaría que se trata de la fatalidad de las revoluciones, el peso «termidoriano» de la tragedia. Allende sabía de entrada la necesidad ineludible de trascender la martiriología. Pero a poco andar sabe que la derrota es una «opción moral» posible. Ya en los primeros días de su gobierno admite con elocuencia que las oligarquías criollas no aceptaran perder sus beneficios, no cesaran en aplicar coacciones explicitas o soterradas. Se trata de un intérprete de las transformaciones en curso, y a su vez de un «gran lector» de los límites históricos de cualquier exuberancia utópica que desestime el peso del ‘realismo’; el pensamiento histórico debe atenazar al pensamiento utópico y poner cuotas de mesura al desasosiego épico –Allende lo sabe desde el primer día. En una intervención de Tomas Moulian le escuche decir con gran agudeza  “(…) Allende nos permitió comprender que nada se salva con la traición”. En resumidas cuentas, la Unidad Popular representa un callejón sin salida.

Para terminar podemos explorar algunos contrastes que hacen más evidente nuestra catástrofe. La historia nos dice que la Unidad Popular debía trascender el llamado “Estado de compromiso”, a saber, el período de que va desde 1938-1970 basado en el régimen de tres tercios. De un lado, el proyecto requería profundizar cambios estructurales en base a un diagnostico compartido (por otros sectores) sobre las profundas desigualdades imperantes en el Chile de 1970. De otro, el imperativo por una ruptura gradual -pero insobornable- con el ancestral predominio Oligárquico (primario exportador) expuesto en el programa de gobierno. Al mismo tiempo se agudizaba una ausencia de diálogo político con el sector más progresista de la DC, sin olvidar que tal diálogo era impracticable por la inevitable Cubanización del Partido Socialista que tornaba inviable todo acercamiento centrista –y representaba toda travesía de ‘realismo’ como una infidelidad al proceso. Simultáneamente, la Unidad Popular prologaba la evolución de la Izquierda Chilena desde 1938 en adelante (el contexto de post-guerra y los frentes populares, hasta la constitución del FRAP). Finalmente, se suma la complejidad de lidiar con los sectores más “radicales” de la Unidad Popular (MIR y otros….); aquellos hijos no deseados del proceso –de fuerte inspiración romántica- pero que hacían de aprendices de bruja, por cuanto presionaban por una salida no institucional. Todos estos contrastes conjuraban en favor de una catástrofe.

Como podemos apreciar se trata de un escenario preñado de aporías; la vía Chilena al socialismo se quedo sin acción política, no había espacio para una caída inducida (aluzinaje). Nos deslizamos al precipicio. Me temo que en aquellos días el destino aciago de los personajes consistía en esto; la imposibilidad de alterar el curso de los acontecimientos y caer al despeñadero. Ello tiene su clímax entre Agosto y Julio de 1973. La reducción de “lo posible”; una  opereta de mil días.

Por Mauro Salazar

Sociólogo

Mag. © Estudios Culturales

Profesor ASOCIADO

Universidad ARCIS

 

 

 

 

 

 

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