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Muchos muertos en conflictiva situación en Libia: La rebelión contra Khadafy tiene base, aunque EE UU está detrás

Es una contradicción que la está pagando con sangre el pueblo de Libia

Muchos muertos en conflictiva situación en Libia: La rebelión contra Khadafy tiene base, aunque EE UU está detrás

Autor: Director
01/03/2011

Es una contradicción que la está pagando con sangre el pueblo de Libia. Por un lado hay una rebelión popular, pero por otro es verdad que Washington y la Otan quieren su petróleo y se aprestan a intervenir.

El primer elemento a considerar es si la revuelta iniciada en el país norafricano el 15 de febrero y conocida como “Revolución del 17 de febrero”, tiene raíces legítimas o es un montaje del imperialismo norteamericano y sus socios europeos.

Una forma, no la única, de evaluar esa condición de rebelión popular es el grado de participación de los sectores populares. ¿Son muchos los que han ganado la calle reclamando la partida de Muammar Khadafy o se trata de manifestaciones escuálidas agigantadas por las pantallas de la CNN y demás agencias que transmiten en cadena?

Si se trata de multitudes o al menos grupos muy numerosos, se estaría evidenciando que el gobierno de Trípoli había extraviado gravemente el curso. Peor aún, ante esa evidencia, en vez de reaccionar con la sabiduría con que Evo Morales dio un paso atrás con el gasolinazo, lo de Khadafy se convirtió en masacre.

Habrá que convenir que si los muertos son 300, como aseguraba el hijo del líder, Saif El Islam, o mil, según la elástica cuenta del gobierno británico, de cualquier modo es mucha sangre derramada.

En quince días de conflicto el gobierno parece confinado a una parte de la capital, en tanto los rebeldes controlan Benghazi, la segunda ciudad, ubicada en la región oriental, Tobruk y Musaid. También aseguran haber liberado localidades ubicadas en el sector occidental, como Zawiya y Misurata, y del sur, como Al-Kufra. La lista es más extensa, con localidades como Al Rhibat, Kabaw, Jado, Rogban, Zentan, Yefren, Kekla, Gherien y Hawamed.

Llegado a este punto se puede extraer una primera conclusión: hay una protesta masiva contra Khadafy, que habría sido derrocado en buena parte de Libia (los opositores hablan de un 85 por ciento).

Semejante erupción no fue una enfermedad contagiosa por lo sucedido en Túnez y Egipto, si bien estos acontecimientos han influido. Lo de Libia tiene sus causas internas. Habría que rastrearlas en un 30 por ciento de desempleo y un 35 o más por ciento de pobreza, lo que es intolerable en uno de los principales países exportadores de petróleo del continente africano y el cuarto productor del mismo. Cuando se exportan diariamente 1,7 millón de barriles de crudo no hay excusas para tanta desigualdad social.

Al mismo tiempo, así como se ha visto en otras protestas en la zona, hay una demanda democrática. Y parece lógica contra alguien que gobierna desde hace 42 años en forma bastante autocrática, sin elecciones, con mucho nepotismo (tres de sus hijos estaban anotados para sucederlo un día…).

¿SE VIENE LA OTAN?

Dispuesto a vender cara su derrota, el mandatario tuvo intervenciones televisivas donde redobló la apuesta y prometió que no se iría del gobierno ni del país. Moriría allí como un mártir, dijo.

En cada una de esas apariciones, Khadafy descalificó a la protesta, a la que tildó de organizada por mercenarios, por “perros” (periodistas extranjeros) y jóvenes a los que habría drogado Al Qaeda en sus cafés, lácteos y yogurt. La delirante explicación sería que Osama Bin Laden quiere controlar Libia para darle pie a Estados Unidos para ocupar el país.

La masacre actual es el mejor argumento para que la Otan ordene una “intervención humanitaria”, saga de la masacre de 1999 contra Yugoslavia en la “Guerra de los Balcanes”. Es Khadafy y no Bin Laden quien está abriendo las puertas a esa horrible injerencia del imperio.

Hablando de la Otan, Fidel Castro escribió el 23 de febrero una reflexión titulada “Danza macabra de cinismo”, donde advirtió que esa fuerza armada dirigida por Estados Unidos está detrás del petróleo libio. Y que con tal objetivo, se apresta a ocupar el país en llamas.

La denuncia del ex presidente cubano es correcta y oportuna, pero peca de un defecto: no condena suficientemente la sangrienta represión de Khadafy y en consecuencia no alienta a quienes han luchado e incluso ofrendado sus vidas. “Habrá que esperar el tiempo necesario para conocer con rigor cuánto hay de verdad o mentira, o una mezcla de hechos de todo tipo que, en medio del caos, se produjeron en Libia”, escribió el dirigente cubano. Este cronista discrepa en este punto: ya está muy claro que hubo una tremenda represión antipopular, que debe ser condenada. Recién sobre el final del escrito, Fidel advirtió: “nadie en el mundo estará nunca de acuerdo con la muerte de civiles indefensos en Libia o cualquier otra parte”.

Gobiernos bolivarianos fueron más lejos en ese error puntual. Daniel Ortega, de Nicaragua, expresó públicamente su apoyo al líder libio. Hugo Chávez escribió en Twitter, “Viva Libia” que podía leerse como un “Viva Muammar”, en tanto el canciller venezolano, Nicolás Maduro, ratificaba en un comunicado la amistad de ambos gobiernos.

Que Chávez hubiera recibido a Khadafy en Isla de Margarita en noviembre de 2009 y le hubiera regalado una réplica de la espada de Simón Bolívar, se comprende: era la Cumbre América Latina-Países Árabes. Pero después que corrió tanta sangre se mantuviera esa política de amistad, parece un error político y de apreciación. Mejor estuvo el Palacio San Martín, que reclamó una solución pacífica del conflicto y no se jugó por Khadafy, a quien CFK visitó en 2008.

NO ES ANTIIMPERIALISTA

La Casa Blanca demoró años en desmarcarse de Hosni Mubarak, aún luego que comenzara la etapa final del estallido que lo echó de El Cairo. En Libia su reacomodamiento tuvo la velocidad de la luz. Tanto Barack Obama como Hillary Clinton declararon apenas abierta esta guerra civil que Khadafy debía frenar la represión y, unos días más tarde, reclamaron su dimisión. Junto a sus socios de la Unión Europea, fomentaron una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU, el 27/2, que impuso sanciones a Trípoli. Incluso dejó expresamente abierta la vía para llevar ante la Corte Penal Internacional de La Haya los casos de represión como si fueran delitos de lesa humanidad.

Esta hostilidad occidental, ¿convierte a Khadafy en un antiimperialista o al menos una víctima del imperialismo?

Para responder este interrogante es necesario aclarar que el libio fue antiimperialista en los años ´70, cuando ocupó un lugar destacado en el Movimiento de Países No Alineados, además de ser cofundador de la Opep, que defendió los precios del principal producto de exportación de Medio Oriente.

Aún despojado de esos ímpetus originarios, su gobierno tercermundista tuvo conflictos con EE UU, que en 1988, con Bush padre, le bombardeó palacios presidenciales y le asesinó una hijita.

Luego el presidente se hizo un antiimperialista light y aparentemente también un terrorista light, porque después de un largo pleito judicial terminó aceptando pagar indemnizaciones a los familiares de pasajeros de dos aviones que sufrieron atentados. Uno volaba sobre Escocia (1988) y otro sobre Nigeria (1989): 270 personas muertas en el primero y 170 en el segundo.

Con eso, pero sobre todo con mucho petróleo libio en puertos de Italia, Alemania, Francia y España, Khadafy se ganó la absolución europea. La de EE UU la consiguió en 2003, luego de negociar en secreto su renuncia a explorar para eventualmente fabricar armas prohibidas. Fue una clara concesión a George Bush y las grandes potencias, pero el libio ya no era el de antes.

Si bien había nacionalizado el petróleo y el gas, lo cierto es que Shell, British Petroleum (BP), la italiana ENI, la francesa Total, la española Repsol y las norteamericanas Chevron y Occidental explotaban ese crudo y en algunos casos lo refinaban en el este de Libia.

La suerte de Khadafy parece estar sellada y ser una cuestión de tiempo. Si cae, habrá sido producto ante todo de sus propios errores, horrores y desprestigio, pero también de las maniobras del imperio que lo presentaron como el peor del grado. Esa era una mentira: ese pésimo lugar no es suyo sino del premier israelita y los reyes de Arabia, Bahrein y Jordania.

Sin lamentar en absoluto ese previsible final, hay que enumerar algunas mentiras que se dijeron en su contra, como la del canciller británico, William Hague, quien habló de un exilio inexistente en Venezuela. También están los supuestos bombardeos a la población civil, de los que aún no se vieron ni foto ni video.

Lo que resulta insoportable es que la Casa Blanca pontifique sobre los derechos humanos y que Mariano Grondona califique a Khadafy de dictador. El imperio y sus chupamedias mediáticos deberían guardar piadoso silencio: uno dio numerosos golpes de Estado y otro fue amanuense de varias dictaduras.

Por Emilio Marín


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