lunes, octubre 21, 2019

Nueva Mayoría; nuestro fatídico realismo

maurosalazar

En la primera página de El 18 Brumario de Luis Bonaparte (1852), una joya de la literatura marxista, Karl Marx sostenía que la historia se repite dos veces, la primera como tragedia y la segunda como farsa. Creo que por estos días, es posible ensayar una analogía que analice nuestro paisaje a la luz de esta metáfora política. De un lado, la Concertación comprende la materialización de la sociedad de consumo mediante la consolidación de una modernización pos-estatal. El largo bostezo de la década de los 90’, el entumedecimiento de la acción colectiva fue parte de esa larga noche neoliberal. De otro lado, los actuales devaneos constituyentes de la Nueva Mayoría, más allá de los actos de buena fe, se verán ensombrecidos por una tecnocracia progresista y un veto conservador (los Walker, los Burgos y otras dinastías….) propio de una democracia censitaria. Lo último se asemeja a una farsa*.

Entonces, ¿qué nos muestra un scanner global? Como bien sabemos el ingreso nacional se encuentra monopolizado en menos de 4000 familias -para no repetir “en pocas manos”- y ello representa un déficit insoslayable que el materialismo histórico supo presagiar hace más de un siglo. Pero como es vox populi la peculiaridad del llamado “milagro chileno” consiste en que el proyecto neoliberal se materializó en todas sus dimensiones desde 1990. Rafael Ottone hacía un comentario de tono socarrón el año 2007, si bien el modelo chileno refleja una fuerte disminución de pobreza estructural en casi dos tercios respecto a la nefasta herencia del pinochetismo (40% de la población en la línea de pobreza), también revela un aumento exponencial de la brecha entre el 5% más rico y el 5% más pobre de la población. Al parecer, de no haber mediado la inflexión del año 2011, nos encaminábamos a la perversión de una sociedad sin pobreza estructural, pero intrínsecamente desigual.

Por de pronto recordemos el quid del problema; el 30% del PIB es absorbido por el capital transnacional; el 2% de la población -traducido en menos de 4000 familias- absorbe el 30 % del ingreso nacional. Mientras el campo de la Pyme aporta con el 80% de la colocación en mano de obra, el gran empresariado solo lo hace en el orden del 10%. El 60% de la población chilena tiene un ingreso mensual igual o inferior a $ 400.000. Un estudio del año 2003, de autoría de Rodríguez Grossi, (Ex ministro de Lagos), postulaba que 4 de cada 10 pyme (emprendedores) tenía una vida financiera que se agotaba (por distintos factores) a los 18 meses.

Restaría hacer un análisis más balanceado de la repartición de un punto de crecimiento de empleabilidad, para arribar a conclusiones demoledoras en materias de redistribución asimétrica del producto social. En torno a cuestiones de estratificación social habría muchas cosas que agregar. La llamada movilidad social, la brecha que un sujeto recorre entre su grupo de origen y su destino laboral, traduce a su manera la factualidad antes mencionada. Vicente Espinoza, en más de un informe CEPAL, dada la falta de cobertura en el campo del trabajo, habla de movilidad intra-estamental en los grupos medios. La creciente des-regulación se expresaría en una “inconsistencia posicional” vinculada a “focos de empleabilidad”; especialmente para quienes pululan en una especie de desplazamiento horizontal al medio de la pirámide social. Definir normativamente las formas de acción de estos grupos es un desafío mayor por la impredecible zona gris.

Más allá de este sombrío diagnostico, nuestro mayor problema se relaciona con las tecnologías culturales implementadas bajo los años 90’. Una conocida dimensión guarda relación con las des-regulaciones inyectadas en tiempos de Dictadura, otra es aportar un “mecanismo sensitivo” a la sociedad de consumo –un  reparto de lo sensible como diría Ranciére. Desde el punto de vista societario en el periodo 90-2000 se agudizo deliberadamente un régimen de desigualdades parentales. No se trata de buenas o malas intenciones. Marx nos enseño que su malestar con la burguesía era “…en tanto personificación de categorías económicas”. Que nadie dude de su activo rol en profundizar -por la vía crediticia- una lamentable “cultura aspiracional” que agravo la producción de grupos medios, de filiaciones térmicas y malestares difusos.

Como bien sabemos, la elitización de la política tuvo su correlato en un ethos privatizador, a saber, cargos directivos, asesorías al mundo privado y paneles de expertos, que dan cuenta de un “hedonismo estetizante” que vino a corromper las formas del progreso colectivo –ahora privatizado en la metáfora del emprendedor. No debemos olvidar que el conglomerado del arco-iris supo eficientar –cual mejor alumno- la privatización de la vida social en todas sus dimensiones; salud, educación, sistema previsional, mundo del trabajo, privatización de la esfera pública en un marketing urbano, etc. Parafraseando a Toni Negri la extensión social de la plusvalía es la vida puesta a trabajar.

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A comienzos de los años 90’ debemos hacer frente a la pontificada “cultura del miedo”, como una tesis sacrosanta naturalizada en una máxima de los consensos –a riesgo de reversión autoritaria. En aquellos años el argumento de la “estabilidad institucional” se imponía por lejos ante cualquier discurso antagónico al camino elegido. Según el discurso de los acuerdos toda alternativa al realismo de los años 90’ (la década del largo bostezo…) suponía un conocimiento inmaduro de la incidencia fáctica de los militares, el ejercicio de enlace, los pino-cheques, eran la prueba más fehaciente. De última, se invocaba toda la relojería constitucional legada por el Pinochetismo para justificar los límites fácticos de la transición chilena. Así la coalición del arco-iris nos hizo parte de su concertar, de su obsecuencia, que se extendió a una cultura facho-progresista, y de paso puso en práctica el momento maquiavélico de la política; el retorno de Augusto Pinochet y la invocación de las razones de Estado nos legó para siempre esa sobredosis de realismo; este fue el corolario de la racionalidad política impuesta en los años 90’. Fue así como transitamos desde una modernización autoritaria hacia una modernización liberalizante. Modernización sin modernidad decía Norbert Lechner.

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Helas aquí el bullado “milagro chileno”. Ahora des-retorizado, puesto en crudo, sin maquillaje. De un lado, como se suele decir, están las cifras que la comunidad de expertos (tecnopols) denomina “datos duros”. Nótese que basta mirar algunos indicadores cepalinos para llegar a un panorama similar. Ni siquiera estamos apelando a los concienzudos análisis de Hugo Fazio o Manuel Riesco. Basta con otear algún informe semestral de CEPAL, un bien público de la región, que ha caracterizado a la experiencia chilena como un caso de “neoliberalismo avanzado”.

Ahora bien, si nos servimos del ejercicio comprensivo que nos lego Max Weber para las ciencias sociales y admitiéramos –pese a nuestra diferencias insalvables- que la ex/Concertación tuvo que lidiar por la fuerza de los hechos con los temibles “enclaves autoritarios” a la manera de una jaula de hierro –que nos arrastro hacia un fatídico realismo aún así, debemos establecer dos diferencias radicales con la retorica del progresismo. Una primera objeción de corte crítico-testimonial, (orientada al alcance de la auto-crítica real) y una  segunda referida al horizonte de la política de izquierdas que se reabrió en el marco de los 40 años de la Unidad Popular. De un lado, queda pendiente la necesidad de “explicitar” los compromisos materiales, simbólicos y parentales de esta coalición con la gestión privada durante dos decenios –de los cuales se beneficiaron directamente como actores relevantes en distintos directorios del mundo privado. De otro lado, y atendiendo a esto último, nos resulta crucial reclamar explícitamente a su elite que el testamento de Allende suscrito el 11 de septiembre se ubica en otro pedestal político. A no olvidar, Allende casi al finalizar su discurso en la Naciones Unidades (1972), denunciaba con agudeza la emergencia de bloques transnacionales que asediaban las agendas estatales. Allí se impugnaba frontalmente la primera etapa de la globalización –misma que se empezó a implementar desde 1990. Lo mismo que el padre de la izquierda chilena cuestionaba ante los líderes del mundo, sus hijos y nietos lo heredaron de una modernización individualista. No vaya a suceder (por inmensa desgracia) que la Nueva Mayoría no cumpla el programa empeñado y terminemos en una “farsa dantesca” que culmine en una proliferación de antagonismos sociales sin posibilidad de institucionalización. El riesgo de un segundo programa abandonado sería de un costo incuantificable como extensión de la protesta social y un campo fértil para potenciales soluciones autoritarias –ello si entendemos que la desafección electoral dista de ser un objeto politológico y se ubica como un drama societario.

 

Por Mauro Salazar J

Investigador ASOCIADO

UNIVERSIDAD ARCIS

 

 



* Del latín farcire, rellenar.

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