Periodismo, Otras Profesiones y el Sagrado Derecho a Comer

Para hurgar en los nuevos horizontes del periodismo, la Universidad San Sebastián invitó a una charla dictada por el director de la Escuela de Periodismo de esa casa, André Jouffé. Algo sumamente plausible, en mi modesta opinión de obrero de la noticia, ello por que se atrevió con dos espinadísimos problemas para las nuevas hornadas de periodistas. El principal fue la factibilidad ocupacional, las posibilidades de ejercer en forma digan y vivir sin apremios de ese ejercicio. En otros términos, trabajo seguro y bien pagado. El otro, tratado a la pasada, pero que tiene que ver con el alma misma y el sentido y la vocación del periodismo, incidió en que él, Jouffé, reconoce que si no hay aptitudes av ovo, ninguna universidad puede garantizar una formación de absoluta excelencia. Y mucho menos, un buen contrato de trabajo y un sueldo decente.
El periodismo es una función eminetemente intelectual. Y quien la ejerce, amén de exacto sentido de qué es la noticia y capacidad para recogerla (reportearla), entenderla, analizarla e interpretarla, necesita estar en condiciones de redactarla y sintetizarla, y entregarla a sus lectores o escuchas en lenguaje y forma que cumpla a cabalidad los requisitos de informar, interpretar y orientar y/o educar.
El abuso de la grosería y de aquello que mal llaman lenguaje coloquial, no son periodismo; no son aportes ni a la información, ni a la educación, ni a la cultura de quienes leen o escuchan; tampoco de los que ven; cuando el mercachiflismo, aprovechando una irresponsable permisibilidad que existe, so capa de ser parte de la libertad de expresión, se apodera con dinero o influencias de espacios que, de esa forma, deshacen patria en lugar de hacerla. Porque deforman con antivalores a la gente e imbecilizan a otros desaprensivos que renunciaron a sus facultades volitivas.
Si algo debe estar siempre en la mente del periodista, es su sentido de responsabilidad. El periodista forma opinión, por eso su quehacer debe ser muy honesto y asumiendo que lo que él escribe o dice, influirá sobre la conducta y los valores que maneja su público. Claro, y no debe soslayarse, suele haber proyectos a largo plazo en los que ya se ha determinado el destino de pueblos y naciones, donde el ejercicio del periodismo más oscuro y venal destruye los valores de la cultura, la historia y la nacionalidad.
En cuanto a la estúpida y no siempre sorda antipatía con que se suele mirar al periodismo no universitario, cabe recordar que el periodismo de cátedra surgió hace menos de 60 años, en España; que aún no existe como tal en muchos países; que en Chile fueron los viejos periodistas de formación autodidacta –y un alto porcentaje de ellos con estudios y/o carreras universitarias (abogados, ingenieros, profesores, técnicos, etc.)– los que lucharon para que hubiera en nuestro país Colegio de Periodistas y Escuela de Periodismo en las universidades y fueron profesores en las primeras décadas. El problema surgió cuando la universidad se convirtió en negocio y no solo en periodismo, sino que en muchas otras disciplinas, aprovechando la obnubilación publicitaria y las subvenciones del Estado, que han llevado a las aulas a muchas y muchos jóvenes que gastan un dinero que no tienen, en un obtener títulos de una profesión que les va a ser muy difícil ejercer, porque el mercado laboral de la especialidad está sumamente copado, dejándole sendas alternativas: trabajar ejerciendo por amor al arte y muerto de hambre (me suena familiar y cercano…), o hacer cualquier otra cosa que no necesita universidad, ni algo parecido, actividades de las que el mundo todavía ofrece cupos… ¡Todavía!

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