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Una derecha deprimida, un bacheletismo oportunista y una nueva dinámica social

Sebastián Piñera besa a la ex presidenta Michelle Bachelet

Con paso firme este año los trabajadores de los diversos sectores de la economía han comenzado a vincularse entre ellos y a estrechar lazos solidarios con los movimientos sociales con el fin de potenciar sus propias demandas y las de la mayoría de los chilenos. Esta nueva dinámica social de carácter unitario se expresa en las convocatorias, declaraciones y contenidos temáticos clasistas, populares y sociales comunes de las nuevas marchas, paros y movimientos huelguísticos.

A lo anterior, de índole más bien nacional, se agrega un nuevo elemento presente en el entorno ideológico global: el del rechazo a las diversas formas de opresión y explotación exacerbadas por el capitalismo neoliberal como común denominador planetario. Sin olvidar que la crisis de las democracias representativas y oligárquicas a la occidental se repite —en su propio contexto de reproducción—  en todos los rincones del planeta. A la cual se ha añadido estos años el agravante de una corrupción generalizada de las elites políticas de esos Estados junto con agresiones flagrantes a las libertades civiles por parte del aparato de inteligencia militar de EE.UU.

Y la cada vez más evidente crisis ecológica provocada por la máquina del capitalismo tardío y su combustible que es el lucro, ponen en peligro de extinción a los ecosistemas, la bioesfera y la vida misma de la humanidad. La irrupción de las luchas y las demandas ecológicas de vida sana para un ambiente humano se enfrentan a lógica energívora del Capital y a la transformación en mercancía de la naturaleza y las actividades humanas. Una bomba de tiempo tanto existencial como política. De ahí la necesidad de construir alternativas sociales y políticas para salir del capitalismo.

Lejos están quedando las derrotas de las izquierdas de los años setenta. Así como los traumas de los golpes militares y los triunfos-shock del neoliberalismo en los ochenta. Ambos acontecimientos produjeron vueltas de chaqueta y piruetas ideológicas en las izquierdas mundiales. Estas optaron por el camino fácil de convertirse a la ideología del capital en expansión: el Neoliberalismo. Y sumarse a disputar la administración de la institucionalidad neoliberal a la vieja derecha.

Desde hace algunos años se está configurando una nueva secuencia histórica. Ahora, las subjetividades mismas son un espacio de disputa; el individualismo deja el paso a formas solidarias de convivencia, resistencias ciudadanas, movilizaciones de masas y rebeldía anti-sistema. Y una izquierda anticapitalista con perspectivas estratégicas claras tiene mucho por ganar si renuncia a la postura de querer gobernar con coaliciones de contenido neoliberal y de apariencia socialdemócrata progresista. Y opta más bien por reconocerse como iguales en la práctica y a combatir los discursos de las diferencias exacerbadas.

El mundo del capitalismo global está en crisis de legitimidad política

Estas son evidencias, que registradas por las consciencias, de los trabajadores-pobladores, mujeres, pueblos y los jóvenes estudiantes van más allá de la sana indignación: fortalecen las convicciones de lucha, la sed de justicia y la certeza de que otro mundo es posible. Empero, al mismo tiempo generan crisis internas, temores, reacciones patológicas inesperadas, individuales y colectivas, así como fugas adelante desquiciadas en las clases dominantes (Malestar en la Civilización es el título de un excelente trabajo de Sigmund Freud que convendría releer). Y en los sectores patronales nacionales y extranjeros que controlan las economías productivas, las industrias extractivas depredadoras y los “mercados” financieros, junto con las poderosas entidades de “gobernanza” a su disposición como el Fondo Monetario Internacional (FMI), Banco Mundial (BM) y Banco Interamericano de Desarrollo (BID).

El capitalismo global que funciona a condición de generar desigualdad social y conflictos es incapaz de satisfacer las demandas de vida buena. Sólo promete un consumo desenfrenado, la inmediatez del disfrute con más competencia individual. Por lo mismo, entramos en una era de cuestionamiento con ideas al capitalismo neoliberal y a las crisis recurrentes de su sistema económico y político de dominación a escala mundial, así como de empoderamiento ciudadano autónomo y social, lejos de los partidos tradicionales.

Empero, nada está ganado ni perdido de antemano. En un sinnúmero de países (Brasil, España, Turquía, Egipto, Grecia, Francia, etc) existe un gran malestar social que se traduce en movilizaciones por demandas sectoriales o de carácter universal para salvaguardar derechos, conquistar otros y por más democracia económica y social. Los pueblos y naciones autóctonas han estado a la vanguardia de la lucha por sus derechos a gobernarse según sus opciones y contra el modo civilizatorio occidental supeditado a la vorágine de la tecnociencia y al Capital.

Los signos de la crisis global ya se expresan en el agotamiento ideológico y programático de partidos que tanto de derecha como de “izquierda” o socialdemócratas-liberales habían procurado, hasta el momento, gobernabilidad al capitalismo y participado en la construcción del Estado neoliberal (el PT brasileño, el PSOE español y la Concertación chilena son casos emblemáticos que se sostienen con figuras salvadoras del tipo Felipe González, Lula o Bachelet).

Allí donde los sectores populares, las clases medias asalariadas, los trabajadores, la juventud trabajadora y estudiantil se organizan y movilizan, la ideología neoliberal y las políticas del capital globalizado muestran fisuras y sus partidos políticos se encuentran a la defensiva u obligados a escenificar el gatopardismo.

Otra vez el pueblo de Chile es un ejemplo    

Nuestro país vuelve a dar que hablar. La derecha está en pana de ideas. Y sus políticos se deprimen y desesperan al ver el foso que los distancia del pueblo movilizado. Es el temor de verse superados. Es la crisis de sentido a la existencia histórica que los golpea. No es del milagro económico sino de un país capaz de movilizarse por sus demandas el que hace noticia con las movilizaciones estudiantiles por la gratuidad desde el 2011. Ocurren acontecimientos impensables hace sólo un lustro. Un botón de muestra. Simultáneamente, el mismo día 11 de julio pasado, los trabajadores y movimientos ciudadanos brasileños y los trabajadores y estudiantes chilenos paraban en sus territorios respectivos. Lo que obligó a la prensa mundial a hablar del malestar social chileno y del despertar del gigante brasileño.

Para llegar hasta ahí y mantener el rumbo en un proceso ascendente hacia más unidad en la diversidad del pueblo y de sus movimientos variopintos ha sido y será necesario una gran dosis de claridad con respecto a cuáles son las demandas sociales que concitan apoyo y permiten movilizarse. De éstas, que juntas constituyen un auténtico programa político pedagógico nacido de los de abajo. Hay las que tienen ese peso subjetivo unitario que obliga a ponerse detrás de ellas y superar diferencias insípidas. Son las mismas que los políticos del sistema procesan y manosean para vaciarlas más tarde de su contenido con fórmulas legales tramposas. Es lo que hay que impedir. Como en el caso de la nueva Constitución que sin Asamblea Constituyente elegida de manera directa será un nuevo engendro salido de los pactos de los partidos tradicionales y de sus intereses.

No obstante, la acumulación de experiencia y conocimiento en años de lucha durante los gobiernos de la Concertación y el actual de la ultraderecha y los empresarios ha generado una masa crítica (en los dos sentidos del término: la cantidad necesaria de individuos y elementos para generar procesos nuevos y, el de la capacidad de utilizar la crítica argumentada en las redes sociales y medios alternativos con gran difusión).

Es un dato de la causa antineoliberal y anticapitalista que nuestro pueblo no para de movilizarse en los territorios autóctonos, pueblos y calles desde el 2005. Ha sido el único instrumento político efectivo para expresar su malestar ante la desigualdad social, la indignante concentración de la riqueza en un reducido polo social, los bajos salarios, la precariedad laboral y de derechos del Trabajo; los abusos varios, el endeudamiento, los derechos del pueblo-nación mapuche, la privatización de derechos sociales para lucrar en educación, pensiones y salud y, una crisis ambiental que recién muestra la nariz y que sin embargo ha generado un movimiento ambientalista activo y audaz. De esa matriz de carencias negadas por el modelo y el régimen político postdictadura surgen los conflictos sociales y al mismo tiempo las demandas unitarias de carácter programático.

Es en este contexto social y político de conflictos que trabajadores, pobladores y estudiantes han resistido durante años y de manera consciente a las estrategias patronales y de las oligarquías partidarias que buscan dividir y fragmentar a sus organizaciones.

Al no haber derrotas políticas, sino solo reflujos momentáneos en el campo popular, las estrategias de contención de las demandas ciudadanas y de los trabajadores implementadas por las elites políticas neoliberales de la Alianza y de la ex Concertación (hoy + PC= Pacto Nueva Mayoría) comienzan a dar signos de agotamiento. Por lo que las consabidas tácticas de recambios de conducción de los defensores del sistema en su conjunto se ponen a la orden del día. Es la política de las reformas adaptativas o “anticipatorias” —como las llamaba Ricardo Lagos en El Mercurio del domingo 15 de julio— que  tenderán aplicar … para impedir las revolucionarias, decía el mismo…

Este proceso de construcción de solidaridad entre sus organizaciones y movimientos, que las políticas neoliberales de la Concertación y el Gobierno empresarial de Piñera no  han logrado destruir seguirá encontrando muchos escollos. Además de los avatares propios de la campaña electoral. Aún así el movimiento popular chileno ya tiene camino andado en la convergencia de sus luchas, la articulación de sus demandas y en la recomposición de la unidad con acumulación de fuerza en torno a esas mismas demandas comunes compartidas. Estas actividades conjuntas que reagrupan a sectores dispuestos a movilizarse son cada vez más frecuentes y van en ascenso.

La solidaridad y la fuerza social se forjan en la calle

El viernes 15 de marzo pasado fuimos testigos de una experiencia de solidaridad de clase que ilustra bien este salto cualitativo en la consciencia de la clase trabajadora en torno a demandas propias y sentidas —hecho ignorado en los medios de prensa y televisión tradicionales. Fue aquél día que los trabajadores de la empresa Ultraport, en Mejillones, iniciaron una huelga por mejoras en sus condiciones laborales. Los portuarios exigían un espacio destinado para reponer fuerzas y alimentarse, además de que se les respete su media hora de colación. Varios dirigentes sindicales fueron despedidos y otros heridos por la represión policial exigida por patrones y aplicada por el Gobierno de Piñera. Pero, lo más importante pasó también en lo intangible: en los desarrollos de la consciencia de clase o en las nuevas subjetividades de predisposición a la lucha. Fue así como se rompió el cerco de la indiferencia proletaria y la huelga no quedó aislada.

La huelga de los trabajadores de Ultraport fue apoyada a nivel nacional. Los puertos de Iquique, San Antonio, la región del Biobío y Puerto Montt entre los principales terminales paralizados en sus puntos de embarques a nivel nacional. La Unión Portuaria de Chile estuvo a la cabeza de la solidaridad de los trabajadores. Y algunos sectores patronales de la agroexportación le pidieron más represión al Estado.

Otro acontecimiento notable estos últimos años ha sido la concreción en la práctica de la unidad obrero-estudiantil como instrumento consciente para provocar transformaciones sociales, políticas y económicas fundamentales que aseguren un mejor nivel de vida, justicia e igualdad.

Los primeros pasos concretos en la unidad trabajadores-estudiantes fueron dados el 15 de junio del 2011 por la Asamblea Coordinadora de Estudiantes Secundarios (ACES) con los trabajadores subcontratados del cobre del sindicato SITECO que marcharon juntos en la calle. En aquella oportunidad los liderazgos colectivos trabajaron en pos de una estrecha vinculación entre la demandas de los trabajadores por renacionalizar el cobre y la de los estudiantes por la desmunicipalización de la educación primaria y secundaria y para que sea garantizada por el Estado, es decir, pública y gratuita para todos.

La movilización socio-política del 26 de junio fue otro hito histórico. Allí se movilizaron, trabajadores del cobre del sindicato SITECO, los portuarios y varios otros sindicatos que se plegaron al Paro Nacional Obrero-Estudiantil.

Las proyecciones de esta alianza fueron analizadas por la Confederación de Estudiantes de Chile, Confech.

Andrés Fielbaum, presidente de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile (FECH) declaró:

“Es una alianza inédita en estos últimos años, un hecho que simplemente no puede ser omitido. Cada vez somos más aquellos que decimos que con nuestros derechos no se puede hacer negocios. Queremos un Chile diferente, justo y solidario, donde la educación, la previsión y la salud esté garantizada por el Estado”.

Obreros y estudiantes: Unidos adelante

Cada vez más los estudiantes abordan en sus asambleas el tema de sus demandas y las de los trabajadores. Uno de los puntos centrales que se abordó en la reunión del Confech aquél sábado 29 de junio fue la participación del mundo universitario en el Paro Nacional convocado por la Central Unitaria de Trabajadores, el 11 de julio.

La clave de estas movilizaciones está en el poder pedagógico acerca del carácter antidemocrático y oligárquico del círculo de la dominación. En su lógica anti-estructural para fundar otro país. Lo que lleva a crear espacios de diálogos y/o asambleas para reactivar siempre los movimientos sociales, impulsar las movilizaciones y hacer converger las luchas.

Los estudiantes coinciden en la necesidad de multisectorializar (o desectorializar sus demandas), es decir, vincularlas con la exigencia de los trabajadores de terminar con las AFP, de un código del trabajo que permita la sindicalización automática y el derecho a huelga efectivo. Aunque la CUT no llamó en el último paro a movilizarse por la Asamblea Constituyente, esta exigencia política tiene un carácter vinculante con todas las otras.

En este proceso de movilizaciones y construcción de solidaridad entre las organizaciones y movimientos del mundo popular se destacan como momentos claves, tanto la convergencia de las luchas variopintas como la articulación de demandas sectoriales de los movimientos sociales, estudiantiles, ambientalistas y de trabajadores. Su objetivo es la recomposición de la unidad con acumulación de fuerza en torno a esas mismas demandas comunes compartidas. Estas actividades conjuntas que reagrupan a sectores dispuestos a movilizarse son cada vez más frecuentes y van tranquilamente en ascenso.

Sectores importantes de la clase trabajadora y los estudiantes se han encargado de derribar culturales, generacionales y de percepciones sociales. En una alianza socio-política promisoria han mostrado el camino: levantar ellos mismos sus demandas unitarias de carácter programático y con potencial de ruptura. Falta hacerse cargo de la demanda articuladora de Asamblea Constituyente desde abajo, que le dispute en un proceso ascendente la hegemonía en ese terreno a las dos alas del bloque dominante.

Por Leopoldo Lavín Mujica

 El Ciudadano

 

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