Maximiliano Papandrea, más conocido como Maxi Papandrea, es el director y cofundador de Editorial Sigilo, un sello independiente nacido en Buenos Aires en 2014. Pero Sigilo no se quedó solo de ese lado del Atlántico: desde 2018 también tiene sede en Madrid, lo que le ha permitido construir un puente entre ambos mercados y ampliar la circulación de sus libros.
El catálogo de Sigilo se concentra principalmente en narrativa contemporánea, con autores argentinos, latinoamericanos y obras traducidas de distintas lenguas. A eso se suman otros formatos y géneros, como el cómic, la crónica y el ensayo. Una de sus apuestas también ha sido acompañar a nuevos escritores y escritoras, abriendo espacio a voces que recién comienzan a construir sus propias obras.
Pero para entender a Sigilo también hay que conocer un poco a Maxi. Argentino, criado en Wilde, su acercamiento a la literatura no comenzó precisamente en casa. Llegó, más bien, casi por casualidad —o por una de esas coincidencias que después parecen tener algo de magia— cuando a los 13 años conoció la biblioteca de la madre de un amigo. De ahí en adelante, los libros fueron ampliando un mundo que hasta entonces había sido bastante reducido y terminaron convirtiéndose en el camino que lo llevaría a la edición.
Y, como ocurre con muchos proyectos que hoy parecen consolidados, Sigilo tampoco nació tal como lo conocemos. Antes estuvo Páprika, editorial que Papandrea fundó junto a Claudia Arce y Andrés Beláustegui. Los primeros años fueron difíciles y en 2015 llegó un nuevo golpe: una empresa de agendas ya tenía registrada la marca, por lo que tuvieron que retirar libros de las librerías, cambiar las tapas y asumir los costos de comenzar nuevamente con otro nombre.
Así nació Sigilo. Y tampoco fue un camino que Papandrea recorriera solo. Adam Blumenthal, su actual socio, se incorporó al proyecto en 2017 tras mudarse a Madrid, dando paso a la publicación y distribución de los libros en Argentina y España. Una decisión que, según cuenta Papandrea en diversas entrevistas, no nació de un gran plan de expansión, sino de una de esas oportunidades que aparecen en el camino y que terminan transformando un proyecto.
Porque si hay algo que se repite en la historia de Papandrea es precisamente eso: personas que aparecen en el momento indicado, conversaciones que abren nuevas puertas y vínculos que terminan dando forma a proyectos que quizás no habrían existido de otra manera. Desde escritores y traductores hasta libreros, diseñadores, agentes y otros editores, la edición independiente parece construirse también a partir de estas redes de colaboración.

En esta conversación, hablamos con Maxi Papandrea sobre el recorrido de Sigilo, los desafíos de sostener una editorial independiente en América Latina, el papel de las librerías y las redes que permiten que los libros circulen, pero también sobre algunas de las apuestas que han marcado al sello, como Cometierra, de Dolores Reyes, y la publicación de László Krasznahorkai, quien recibió el Premio Nobel de Literatura.
-Sigilo nació en Buenos Aires en 2014 y hoy también tiene sede en Madrid. ¿Cómo ha evolucionado el proyecto desde sus inicios y qué significa para ustedes tener presencia a ambos lados del Atlántico?
-Los primeros años fueron hermosos pero muy difíciles. A las dificultades previsibles de todo proyecto editorial pequeñito y sin respaldo económico, salvo el capital inicial (un dinero que me regalaron mis padres para que pudiera comprarme una vivienda y que se quemó enterito en los primeros tres años), a mí se me sumaron una serie de errores que hicieron zozobrar la editorial un par de veces, por ejemplo, un conflicto de marca con el nombre original, que era otro y que nos obligó a empezar de nuevo casi de cero. Hoy es parte de la historia, de la épica y hasta de la mística de Sigilo. Lo de España nace no de un ánimo expansionista sino por la constitución misma de la editorial. Adam Blumenthal, con quien la dirijo, se sumó en 2017 cuando se mudó a Madrid (vivía en Israel, donde nació), así que nos pareció lo más natural del mundo publicar y distribuir en los dos países. Una locura de las tantas que hicimos, que por suerte salió más o menos bien. Es bastante distinto publicar en un país que en el otro, así que las decisiones generales que tomamos juntos luego son “traducidas” al territorio en el que cada cual vive, trabaja y se vincula.
-La edición independiente en América Latina enfrenta desafíos como mercados pequeños, distribución y concentración de grandes grupos editoriales. ¿Cuáles son hoy las principales dificultades para sostener un proyecto independiente en la región?
-Cada país tiene sus problemas específicos. En el caso de la Argentina, el principal problema, creo yo, son las crisis económicas recurrentes. La que estamos viviendo ahora con este gobierno es muy grave y no está afectando por supuesto solamente a nuestro sector, ni al resto de las empresas culturales (que están deliberada y explícitamente en la mira de este gobierno), sino al país en su conjunto. La caída estrepitosa del consumo de libros está poniendo en serio riesgo a las librerías de barrio, que aquí son muchas, y por consecuencia a las editoriales independientes, que en parte nos sostenemos gracias a ellas.
-En su trayectoria aparecen constantemente personas que fueron importantes para abrirle caminos: Marcelo Cohen, Jorgelina Núñez, Alejandro Ulloa, Benjamín Labatut, Adam Blumenthal, entre otros. ¿Qué papel cumplen las redes de colaboración y los vínculos personales en la construcción de la edición independiente?
-Hoy en día la figura del editor tiene un prestigio inusitado, somos más visibles que en épocas pasadas, supongo que por la importancia que adquirió la edición independiente simbólicamente (y por el hecho de que tenemos que respaldar públicamente con nuestra cara y nuestro cuerpo nuestros modestos proyectos). Pero en torno a los editores se va tejiendo una red de mujeres y hombres que aportan su arte y su oficio, su trabajo, su sensibilidad e inteligencia, su amistad. Escritores, obviamente, pero también traductores, artistas, diseñadores, correctores, periodistas, libreros, colegas, etc. Es una red de conversaciones, y cuanto más rica y variada la red, más hermoso e interesante el fruto de nuestro trabajo. Para un editor es tan importante decidir como escuchar.
-Sigilo trabaja con autores argentinos, latinoamericanos y también con traducciones de distintas lenguas. ¿Qué buscan generar con ese cruce entre literatura latinoamericana y obras provenientes de otras partes del mundo?
– A nosotros nos interesa sobre todo la ficción literaria, la narrativa, aunque también nos entusiasmamos incursionando en otros géneros (ahora mismo estoy cerrando un cómic infantil hecho por una artista china protagonizado por una niña y su gata). La historia literaria de las tradiciones locales está hecha de traducciones y de cruces, algo que en la tradición argentina entendemos muy bien gracias a Borges. (De hecho, si tengo que pensar en un modelo al que aspiramos en la construcción de nuestro catálogo, diría que es el eclecticismo de la Biblioteca personal de Borges: una novela policial junto a Cortázar o el Libro egipcio de los muertos). Los cruces expanden la mirada y son fructíferos.
-Las librerías y las distribuidoras también son fundamentales para la circulación de los libros independientes. ¿Cómo se construyen esas redes y qué tan importantes son para que una editorial como Sigilo pueda crecer?
-En Argentina la red de librerías de barrio, chicas y medianas, son una parte fundamental del ecosistema del libro y son el verdadero pilar para que exista una comunidad de editoriales independientes tan rica y variada como la que tenemos. Son nuestras aliadas, apoyan y recomiendan nuestro trabajo, y son el nexo más cercano con la comunidad de lectoras y lectores. Las distribuidoras independientes son un fenómeno relativamente reciente en ese ecosistema. Surgieron como alternativa a los modelos tradicionales de distribución, por lo general fundadas por las mismas editoriales, y están permitiendo que los nuevos proyectos, no importa lo pequeños que sean, tengan la posibilidad de llegar a las librerías con cierta facilidad y de manera eficaz.
-Sigilo ha publicado desde autores que recién comienzan sus carreras hasta escritores de reconocimiento internacional, como el Nobel László Krasznahorkai. ¿Cómo llega una editorial independiente a trabajar con autores de esa dimensión y qué implica asumir ese tipo de proyectos?
-László Krasznahorkai viene siendo excelentemente bien editado en español por la extraordinaria Acantilado desde hace más de veinte años. Por una complejidad de factores, sus libros no llegaban bien a la Argentina. La agente de László, con quien teníamos muy buena
relación por otro libro que habíamos publicado, identificó ese problema y nos escribió para proponernos publicarlo. Lo conocíamos y lo habíamos leído y enseguida dijimos que sí. La publicación del segundo libro que contratamos de él coincidió con el Nobel. Fue un golpe de suerte instrumentado por una agente literaria admirable a la que supimos escuchar.
-Uno de los casos más importantes de Sigilo ha sido Cometierra, de Dolores Reyes. ¿Qué vieron en ese manuscrito cuando llegó a ustedes y qué significó su éxito para la editorial y para su apuesta por nuevos autores latinoamericanos?
-Fue un antes y un después. Cuando leímos el manuscrito, percibimos su potencia y estábamos convencidos de que iba a hacer mucho ruido, que se lo iba a leer mucho, pero nunca nos imaginamos que la resonancia iba a ser a semejante escala. Solo en Argentina vendió 90.000 ejemplares. Los best-sellers son fenómenos misteriosos, son alineaciones de planetas en el que uno, como editor, cumple una función de vehículo. A nosotros nos permitió pasar de tres o cuatro libros por año a nueve o diez, nos abrió puertas a otros mercados y nos dio cierto alivio en el siempre frágil y no muy rentable “negocio” editorial.
-Después de más de una década trabajando en edición, ¿qué cree que puede aportar la edición independiente al panorama literario latinoamericano que quizás no siempre tiene espacio en los grandes grupos editoriales?
-A mí no me gusta demonizar a los grandes grupos editoriales. Empecé a los diecinueve años trabajando como corrector para una multinacional y sé por experiencia propia que hay allí gente valiosa haciendo cosas valiosas en todas partes. Pero creo que somos los editores independientes los que intentamos mantener vivo el fuego de este oficio noble y hermoso que es hacer libros, el fuego de toda la tradición maravillosa de la edición iberoamericana del siglo XX, que se fue desvirtuando en el proceso de compras, fusiones y absorciones de las últimas décadas donde impera la lógica corporativa de resultados y rendimientos y decisiones de márketing.
En las corporaciones la figura del editor o editora que cura un catálogo se fue difuminando o extinguiendo. Mantener la escala humana es indispensable para la salud de una editorial, porque en el fondo se trata de hacer algo tan humano como un libro –que es un soporte para palabras e imágenes– entre humanos y para humanos. Ojalá que con oficio, verdad y belleza.
El Ciudadano.
