Nueva evidencia ayuda a reconstruir la historia de una civilización perdida en Norteamérica

Antiguo asentamiento Anasazi. Parque Nacional Mesa Verde

Una cultura ancestral norteamericana que desapareció sin dejar rastro hace siete siglos, ahora reaparece dando señales en un lugar improbable: el material genético de unos pájaros domesticados.

El ADN mitocondrial se tomó de los restos de antiguos huesos de pavo y parece mostrar que este pueblo no desapareció, sino que simplemente empacó y se fue, lo que confirma los relatos de descendientes que todavía viven en el suroeste de Estados Unidos.

El pueblo ancestral de los Anasazi era una cultura amerindia cuyos descendientes actuales son los indios pueblo. Los anasazi ocuparon la región de Four Corners, donde se unen los estados de Colorado, Utah, Arizona y Nuevo México.

Alrededor del siglo XIII, los miembros de esta cultura construyeron un asentamiento de estructuras en bloques de piedra arenisca incrustados en los costados de un risco en lo que ahora se conoce como el Parque Nacional Mesa Verde de Colorado. Un siglo más tarde, esta pequeña ciudadela fue abandonada totalmente en unas décadas.

Este éxodo ha dejado a los arqueólogos en el misterio todo este tiempo, el que es aun más difícil de resolver por los valores culturales que rodean a las excavaciones de restos humanos, que hoy son considerados sagrados por los pueblos nativos.

Para los indios pueblo, que viven en el norte de la región de Rio Grande, en el noroeste de México, la respuesta es simple: los anasazi empacaron sus cosas y se cambiaron de lugar, pero los científicos necesitaban desentrañar enormes dudas, alimentadas por evidencia confusa.

Sin contar con huesos humanos para estudiar, los investigadores pensaron que comparando poblaciones de diferentes animales domesticados, podían descubrir signos de la antigua migración y obtener evidencia circunstancial de esos movimientos. Su estudio fue publicado en PLOS One.

Para probar su hipótesis, extrajeron el ADN mitocondrial de cientos de huesos de pavos recolectados de Mesa Verde y algunas docenas de huesos de perros, y examinaron los haplogrupos, que son conjuntos de genes de un solo pariente, que tienden a mantenerse juntos a medida que se heredan, lo que hace que sean códigos útiles para comparar ancestros.

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Escena de caza en la piedra. Arte rupestre del pueblo Anasazi

 

Desafortunadamente los restos de perro no mostraron nada, pero los de pavo indicaron un cambio que existió hace más de siete siglos.

Antes de 1.280 dC, los pavos de la zona de Mesa Verde y el norte de Rio Grande tenían linajes matriarcales completamente diferentes. Después, los pavos de Rio Grande comenzaron a tener haplotipos de Mesa Verde. Esto es fuerte evidencia de una mezcla genética.

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No todo el ADN del pavo estaba en buena forma, y ​​algunos extraños contrastes entre los haplogrupos mostraron que la evidencia no es tan obvia. Sin embargo los resultados no descartan lo que relatan muchas personas de la cultura Pueblo.

“La gente no necesita que su propia historia sea verificada por la arqueología, pero están interesados ​​en que la ciencia trabaje a su lado y no a pesar de ellos”, dijo Bruce Bernstein, agente de preservación histórica tribal, a Michael Price, de la revista Science. “Este es un buen ejemplo de un trabajo que llena algunas lagunas en lo que ha contado la gente Tewa [indios pueblo]”.

Los huesos apoyaron la visión de que alrededor de 1.270 dC, los Tewa ancestrales vivieron una situación de dificultad. Pudo ser un clima cambiante, agitación política, sequía, superpoblación o una mezcla de factores. Entonces recogieron sus pavos y todas sus pertenencias y viajaron al este, a las tierras que más tarde formarían parte del norte de Nuevo México, donde ellos y sus aves se mezclaron con un menor número de otras poblaciones, para convertirse en el pueblo Tewa que son hoy.

Esta interesante pieza del pasado de Norteamérica sigue siendo un misterio, pero se ha dado un paso más en el camino de desentrañar el pasado y conocer los diferentes pasajes en la historia de los pueblos ancestrales.

Vía Science Alert

El Ciudadano

 

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