martes, febrero 25, 2020

Viajando al pasado: las memorias de un tren al sur

Las calles repletas de vehículos por doquier. Terminales llenos de buses. Hora de entregar las maletas. ¡Rápido que el bus se va!, pasajes Puerto Montt-Santiago. Catorce horas de viaje. Paradas en Temuco, Talca y Rancagua. ¡Rápido que el bus se va! A colocarse el cinturón de seguridad. Van a poner una película. No hay que hacer desorden.

No siempre hubo buses y autos en las carreteras chilenas. ¡Atención, atención! ¡El tren llegará a Valdivia! ¡Quedará conectada la red troncal a través del ramal de Antilhue-Valdivia! Era 1902 y ya se iniciaba el tramo Valdivia-Pichirropulli, mientras que la línea del norte quedó habilitada a los cinco años después con Loncoche-Antilhue.

La estación de Antilhue era conocida como ramal por ser una conexión a la gran vía ferroviaria que unía a la región de Los Ríos con el resto del país. Todos los trenes que venían del norte o del sur debían pasar por Antilhue. Trenes de Puerto Montt o de Santiago paraban en la pequeña estación.

En 1940, la estación de Antilhue era muy concurrida por las personas, ya que mínimo llegaban 20 trenes al día. “Veía cuatro trenes: tren Villarrica, tren local, tren rápido, tren ordinario. Yo viajaba en el ordinario a Santiago, era joven y tenía a mis hijos chiquititos, no tenía mucha plata por esos años y me alcanzó justo para unos cuantos boletos, así que escondimos a mi hijo menor abajo del asiento hasta que pasara el inspector por los pasillos del tren”, recuerda entre risas Sonia Rauch, nacida en Antilhue.

La empresa Nacional de Ferrrocarriles del Estado, tenía una gran cantidad de trabajadores ubicados en las distintas estaciones del tren a lo largo del país. Estaban divididos por secciones como salud, transporte, conservación, maestranza, cambiador, etc.

La prosperidad para los empleados del tren reinó en aquellas épocas, eran tiempos diferentes en materia laboral y existían deberes, pero también muchos derechos para los trabajadores de las máquinas a vapor.

Algunos beneficios laborales eran: los ferroviarios tenían asociación de trabajadores que fue el sindicato más grande de Chile con 28.000 personas, caja de ferrocarriles para sus pensiones, también por viajar más de 10 kilómetros recibían viáticos de comida, aumentos de sueldos, pagaban horas extras, recibían 15% de sueldo por zona y descuentos en viajes.

Otro ferroviario es Teodoro Vega de 74 años. Trabajaba en la sección de transporte donde se encargaba de traer y llevar mercadería en carros, “me gustaba trabajar más en el tren de pasajeros, era más cómodo y así no me mojaba o pasaba frío, pero me gustaba el trabajo, el tren era la felicidad para el pueblo”.

En la estación de Antilhue había varios puestos donde se encontraban mujeres vendiendo productos a quienes viajaban. Las más populares y codiciadas eran las tortillas de rescoldo con longanizas, pero también vendían porotos y huevos cocidos, chupones, manzanas, tortas y chicha, “a veces se subían al tren mujeres muy elegantes, con delantal blanco y muy bonitas a vender con sus canastos”, cuenta Sonia Rauch con nostalgia.

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La bisabuela de Dayana Cáceres se llama Crispina Riquelme y es una de las mujeres fundadoras en la venta de las tortillas en el pueblo de Antilhue, ella le enseñó a su hija Rosario Muñoz, la cual le enseñó a hacer tortillas a su nieta Dayana, “mi bisabuela todos los días hacía un quintal de harina en tortillas, y las vendía todas”.

A finales de la década de los 80 cerró la empresa de Ferrocarriles del Estado y miles de trabajadores fueron indemnizados con pensiones por toda una vida trabajando. En el país surgió una nueva economía neoliberal y los trenes fueron dejados como chatarras o vendidos a empresas privadas. El pueblo de Antilhue quedó en silencio, que a veces es interrumpido por autos y camiones de un supuesto progreso que los dejó en el olvido.

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En la actualidad Antilhue cuenta con una agrupación que lleva más de una década activa. Cada año cerca de 40 personas, en su mayoría mujeres trabajan en una feria costumbrista para turistas que llegan en la locomotora 620 del llamado “Tren el Valdiviano”, esto dentro de proyectos que buscan reparar locomotoras y volver a ocupar el tren,  fomentando el turismo.

Cristian Naglieri, quien ha dedico parte de su vida al patrimonio ferroviario, señaló que las máximas autoridades aportan bajos recursos y el Estado sólo gestiona y apoya a empresas centralistas como son los trenes de Santiago, impactando a pequeñas comunidades que necesitan las locomotoras, porque son parte de la identidad regional, parte de la memoria de las personas y además, ayuda a generar empleo.

Chile queda como uno de los pocos países subdesarrollados que no valora en su totalidad los trenes como patrimonio nacional ni los ocupa como transporte para descongestionar carreteras y evitar desabastecimientos por posibles paros de camioneros. Finalmente, son pocas veces al año en las cuales se escucha el ruido del tren en Antilhue, trayendo miles de recuerdos de un pasado, que se intenta rescatar.

Por Francisca Arriagada.
El Ciudadano

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