Esto nos espera si el COVID-19 no se va tan rápido de Latinoamérica

La letalidad del coronavirus en la región no ha sido tan impactante como en Europa Occidental, donde en términos porcentuales las cifras siguen siendo más alarmantes en el viejo continente.

Latinoamérica enfrenta su mayor reto luego de tres meses de la llegada del nuevo coronavirus a una región que ya se presentaba convulsa, principalmente producto de las marcadas desigualdades económicas y sociales que se han recrudecido con la aparición de la pandemia y los confinamientos obligatorios para tratar de contener la enfermedad del COVID-19.


Con el pasar de los días y un comportamiento descontrolado de la enfermedad en buena parte de los países, sobre todo en Colombia, Brasil, Perú, Ecuador y Chile, los retos para los pueblos de esta región se vuelven más intrincados, pues la pandemia no sólo afecta la salud sino también el empleo, las condiciones socioeconómicas y agudiza la pobreza y miseria de los sectores históricamente más vulnerables.

A todo esto se suma un aspecto de suma importancia para la economía regional, y es la gran dependencia que tienen los pueblos de la región en la economía del sector informal, que a su vez se ve amenazada en un contexto sanitario en contra y con una marcada situación de debilidad política e institucional.

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Mercado cerrado en Río de Janeiro, Brasil, 10 de abril de 2020.Ricardo Moraes / Reuters

Al respecto, Ociel Alí López, sociólogo, analista político y profesor de la Universidad Central de Venezuela, analizó en un reciente artículo escrito para Actualidad RT -donde aborda la situación de Latinoamérica tras la llegada del COVID-19- el escenario actual qué podría pasar a corto plazo.

López destaca que tres meses después de verificarse el primer caso positivo de COVID-19 en Latinoamérica, el 26 de febrero de 2020, el impacto de la pandemia todavía no puede ser comprendido del todo, y mucho menos comparado con sus efectos en Europa o China.

«Aunque el virus se ha mostrado aquí mucho menos mortal, su trayectoria y el tiempo de influencia tiende a prolongarse de manera más indefinida que en el resto del mundo, lo que genera dudas en la forma de confrontarlo. La situación, que en ese momento generaba pánico, no ha hecho sino complejizarse en el campo sanitario, político y de gobierno», subraya.

Sostiene además que la aplicación de enfoques diseñados en China o Europa pueden verse debilitados ante las características propias de Latinoamérica, donde hay menos herramientas económicas y sanitarias para enfrentarlo y también menos experiencia en la materia viral, como sí la tiene África.

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Vendedora ambulante en las calles en Ciudad de México, 7 de abril de 2020.Carlos Jasso / Reuters

Latinoamérica y la economía informal

Explica López que en medio de la pandemia, «quizá para los gobiernos de la región el principal desafío es mantener por largo tiempo las medidas de confinamiento, cuarentena y distanciamiento social que desde el primer momento recomendó la Organización Mundial de la Salud (OMS)».

¿Por qué es este el principal desafío? López recuerda que Latinoamérica es «muy dependiente del trabajo diario e informal», entonces el ya alargado confinamiento genera incertidumbre y preocupación en las familias que dependen de lo diariamente venden en la calle o en el mercado informal.

La opción de estas familias no es quedarse en casa, aunque la pandemia lo requiera, pues sino son contagiados con el virus les acechará algo peor, el hambre, la pobreza e incluso la calle, porque no podrán pagar rentas, ni servicios básicos como agua, luz, gas.

«Las largas semanas de aplicación del confinamiento están generando una fatiga económica crónica en medio de procesos de pauperización social», agrega López. 

En su artículo, López cita un entrevista concedida a DW, por parte de Francisco González, profesor de la Escuela de Estudios Internacionales de la Universidad Johns Hopkins, quien compara la región con China y resalta que en Latinoamérica los pueblos suelen ser rebeldes, muy al contrario de los países asiáticos.

En China «hay una tradición de obedecer al Estado (…) En general, las culturas orientales tienen una gran diferencia con la autoridad. En Latinoamérica somos lo opuesto. Los Estados no son tan eficaces para sancionar«, dice González.

En Brasil, México, Colombia o en países del Caribe, aunque el Estado mande el mensaje correcto, no existe tanta capacidad para poder implementarlo. En México, por ejemplo, en el Día de la Madre se olvidaron de la pandemia y la gente no solo desobedeció ir a otras casas, sino que hasta hicieron fiestas públicas». 

«Pero no es solo una cuestión cultural, sino también económica. La pandemia corroe estructuralmente a América Latina y el remedio signado por la inmovilidad y recogimiento produce efectos dramáticos», añade López.

Imagen referencial covid-19 Xinhua

Incremento de la pobreza

En el informe de la Cepal sobre COVID-19, publicado el 12 de mayo, se comienzan a perfilar las formas en las que se presentará el incremento de la pobreza estructural en América Latina: aumento considerable de niños trabajando, repunte de la economía informal (que ya en el informe de 2016 era de 53,1 %), desnutrición en alza causada por la situación laboral, pero también por la suspensión de clases, y expansión de bolsones de población excluida que tuvieron poca o ninguna experiencia de clase a distancia.

También destaca López que la disparidad en los accesos a las nuevas tecnologías «implica una acentuación de la brecha educativa entre clases sociales. De hecho, ya se cuentan 1,5 millones de pobres más de los que había antes del comienzo de la pandemia».

«Mientras el remedio hace estragos, el tiempo de impacto se alarga en la región ya que no se evidencia que vaya a sufrir un ciclo corto, como podríamos haberlo visto en los otroras epicentros de ciudades de Italia, España o China. En estos países el virus sorprendió, pero pasadas unas ocho semanas ya sentían que podían ir controlando la pandemia, lo que en efecto parecen estar logrando», agrega López.

En Latinoamérica, en cambio, pasadas las 10 semanas de cuarentena, el reclamo general es el de apertura y flexibilización de las medidas, todo esto cuando la Organización Panamericana de la Salud (OPS) ya advirtió que aún la región no ha llegado a su pico y que vienen momentos más difíciles.

Pero sin importar lo que diga la OPS, ya muchos gobiernos regionales están aplicando la flexibilización programada y sostenida de la cuarentena; y esto al parecer no lo hacen por razones sanitarias, sino por presión política, social y/o económica.

Todo esto se ejecuta sin saber y desconociendo las formas de salir de la pandemia. Es decir, reina la incertidumbre en medio de una región que está siendo golpeada por una enfermedad súper contagiosa y mortal.

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Gente en las calles con motivo de la reapertura de ciertos sectores económicos en Guayaquil, Ecuador, 20 de mayo de 2020. Foto: Reuters

Incertidumbre e incomprensión

«Un buen ejemplo de la incomprensión del momento podemos observarlo en Ecuador y específicamente en Guayaquil. Esta ciudad se convirtió a comienzos de abril en el primer epicentro latinoamericano. Allí pudimos ver imágenes que parecían apocalípticas de gente abandonando cadáveres, quemándolos en la vía y otras escenas dramáticas», recordó López.

Al respecto, agrega que 30 días después el ministro de Salud ecuatoriano, Juan Carlos Zevallos, dijo que la ciudad estaba llegando al pico, que ya comenzaba la meseta de contagios, que la curva empezaría a estabilizarse y estaría por descender. Pero a la semana, el viceministro de Salud, Xavier Solórzano, expresó que la «pandemia no ha terminado» sino que «está comenzando».

«En definitiva, estas contradicciones muestran que las acciones tácticas para apagar el fuego privan sobre el manejo científico-técnico. El mismo presidente Lenín Moreno ha tenido que reconocer que las cifras oficiales se quedan cortas. Ecuador es un ejemplo que refleja a Latinoamérica, que se enfila hacia un largo periplo sin la misma capacidad de marzo y abril de seguir imponiendo medidas radicales de confinamiento», añade López .

Por razones culturales o económicas, el desafío político de los gobiernos no está en la dureza de la aplicación de medidas de distanciamiento social, sino en la delimitación de los epicentros y las respuestas inteligentes para abrir bocanadas de oxígeno laboral y económico en mayorías que no estén en alto riesgo en determinados momentos y, no obstante, hayan tenido que someterse rígidamente a las medidas de confinamiento.

Seguramente medidas similares deban tomarse para el regreso a clases si la situación aún no está controlada hacia septiembre y octubre. Lo importante, en todo caso, es tomar en cuenta que no se puede comparar la situación en Latinoamérica con la del resto del mundo, sobre todo con Europa, donde las condiciones son distintas.

Además, la letalidad del coronavirus en la región no ha sido tan impactante como en Europa Occidental, donde en términos porcentuales, las cifras siguen siendo más alarmantes en el viejo continente.

En referencia a Estados Unidos, que cuenta con 325 millones de habitantes y sobrepasó las 100.000 víctimas mortales, América Latina tiene 629 millones de personas y más de 40 países sin ningún tipo de coordinación central, pues «en muchos de estos países, un peso importante en la decisión lo tienen los gobiernos regionales, lo que complica mucho más establecer políticas comunes», añade López.

«Latinoamérica tiene a su favor la pirámide poblacional, que en la región es ancha en la población no vulnerable y más angosta en los sectores que por razones de edad son vulnerables. Pero tiene otras carencias», explica.

Chile
Las protestas en Chile han continuado a pesar de la pandemia

La debilidad político-institucional

Brasil, Perú y México son los países más afectados por el coronavirus. Cada uno forjó sus propias políticas. «Si Brasil y México fueron laxos en la toma de medidas -a pesar de sus contrarios enfoques políticos- Perú fue, al menos oficialmente, uno de los primeros que tomó medidas duras de confinamiento y cuarentena, pero igualmente se ha visto sobrepasado por el virus. Así que, a falta de un análisis más riguroso, la cuestión ideológica y de enfoque de cómo confrontar este tipo de epidemia puede quedar momentáneamente relegada a un segundo plano», comenta López. 

«Si hay algo en común para el subcontinente se refiere a su debilidad institucional en la coyuntura y el momento de desestabilización social y política que viven la mayoría de los países de América Latina. El continente más desigual venía de sufrir desde el segundo semestre de 2019 una inédita oleada de protestas que manifestaban malestar por continuadas crisis económicas y políticas. Y también de un descalabro institucional en varios países».

Es allí donde Perú y Brasil pueden compararse. En Perú no hay presidente electo. Martín Vizcarra, en funciones desde abril de 2018, ha gobernado incluso suspendiendo al Congreso (que ya se ha instalado después de las elecciones en enero de este año).

En Brasil la institucionalidad estaba comprometida antes del coronavirus debido a los altercados de Bolsonaro con el Congreso. Comenzada la pandemia, esta confrontación la avivó el Presidente, quien llamó a manifestaciones públicas, desconociendo las medidas de distanciamiento de su propio gobierno.

Además, su Gabinete se ha visto debilitado por las dimisiones de dos ministros de Salud y del ‘superministro’ de Justicia, Sergio Moro, famoso por haber llevado a prisión al expresidente Lula da Silva.

Chile, otro país en ascenso de casos, tuvo que suspender, debido a la cuarentena, el proceso constituyente en el cual se centraba su intento de legitimación después de las explosiones sociales de 2019.

Puerto Rico, Haití, Colombia, Chile y Ecuador fueron países que se vieron eclipsados por las fuertes protestas de calle que ocurrieron en esos países en el segundo semestre del 2019. Quizá el coronavirus ha sido el principal factor de atenuación de las manifestaciones.

«Pero una vez se regrese a la normalidad las protestas pueden volver, solo que ahora en contextos de una mayor precarización de la institucionalidad y aumento de la exclusión, que fueron algunas de las razones que impulsaron las protestas», advierte López.

El sociólogo indica además que «puede parecer extraño, más bien, que durante las semanas de la epidemia no se hayan tambaleado gobiernos de la región y ninguno haya caído todavía. Es probable que el daño sea más efectivo en la esfera política-institucional que en el liderazgo o en gestiones concretas. Aunque no deba descartarse que en escenarios descontrolados, la ciudadanía prefiera legitimar las estructuras políticas con el fin de no caotizar la sociedad».

Protesta en Santiago de Chile para reclamar alimentos en medio de la cuarentena, 25 de mayo de 2020.Ivan Alvarado / Reuters

¿Democracias se convertirán en regímenes represivos?

Muchos analistas sienten preocupación por la democracia en la región. Las medidas de cuarentena favorecen el Estado fuerte y represivo y, además, aumentan la discrecionalidad de la autoridad.

Alega López que el impacto del COVID-19 se verá amplificado sobre todo en los problemas sociales, que ya eran graves y ahora abren una profunda brecha que impactará en la estructura social del continente y probablemente en la gobernabilidad.

«Esta situación ocurre cuando hay un proceso de deslegitimación radical de las instituciones regionales. La agenda política de la Organización de los Estados Americanos (OEA) le ha impedido tomar la batuta en la dirección o coordinación regional de la pandemia», explica.

Mientras, la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac) y la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) confrontan su mayor grado de debilidad. Tanto, que la coyuntura los hace verse en estado terminal debido a su incapacidad de generar políticas y quedarse inmovilizados, añade.

En momentos de pandemia, el Grupo de Lima y el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) demostraron ser instancias declarativas sin poder real de ejecución, en comparación con su hiperactividad cuando se trataba el caso de Venezuela.

Finalmente, el tema del levantamiento de la data es algo sumamente importante para evaluar la gestión y los efectos del coronavirus en América Latina. La región no tiene instituciones legítimas que puedan dar cifras generales.

«No hay una universidad o centro de investigación, como la Johns Hopkins, que permita generar confianza de que no hay un Trump maquillando cifras. Esa es una debilidad regional que puede llegar a ser clave si se quieren generar respuestas desde las especificidades de América Latina», sostiene López.

Por lo pronto, sin institucionales regionales fuertes ni levantamiento confiable de información, la región puede parecer ciega y acéfala. «Esperemos que la experiencia latinoamericana de enfrentarse a lo nuevo prive sobre la deriva institucional actual».



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