Un albergue en Perú «Inspira» a costear los tratamientos de niños con cáncer

De acuerdo al Observatorio Global del Cáncer (Globocan) del 2018, en Perú se diagnostican 1.800 nuevos casos de cáncer infantil cada año.

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A los 8 años, Ricardo Pun Chong ya sabía que iba a ser médico, al igual que su padre y su abuelo, ambos de origen chino. Nacido en Lima, Perú, comenzó a estudiar medicina a los 26, y se graduó a los 34. «De ahí empecé a trabajar ya como médico, pero sentía que faltaba algo en mi vida», dice este cirujano que ahora se dedica a la medicina natural y la homeopatía. 


Católico y abocado a la acción comunitaria por medio de la Iglesia, pedía a Dios que le enviara una señal para tomar el camino correcto. Un día, una novia lo dejó después de tres meses de relación y Ricardo se sintió muy triste. Fue entonces cuando una paciente, al verlo tan deprimido, decidió llevarlo en vísperas de Navidad a un albergue de pacientes con cáncer.

«Ese día cometí un grave error. Salí a comprar un montón de juguetes y víveres para los niños. Hablé con una pequeña de 14 años que estaba en cama, y le insistí para que bajara a recibir sus regalos, pero ella me decía que la acababan de operar. Seis veces la invité a bajar, y ella se negaba. Entonces le pregunté de qué la habían operado y me dijo que le habían amputado una pierna. Ahí mismo me di cuenta que mi tristeza no tenía ningún sentido«, recuerda en diálogo con RT.  

Desde ese momento, Pun Chong empezó a involucrarse en los albergues de Lima, especialmente brindando apoyo a las familias de bajos recursos que provienen del interior del país para tratar a sus hijos enfermos de cáncer. «Mucha gente viene de distintas partes del Perú a la capital porque allá no hay hospitales especializados. Venden todo lo que tienen, viajan y se quedan durmiendo en las plazas, en los jardines, porque no pueden mantener dos casas. Aquí, frente al hospital, una habitación cuesta 20 soles la noche, es decir 5 dólares diarios. Es imposible para un tratamiento tan largo, que suele durar, la primera etapa, entre seis y ocho meses. Entonces, al final, suspenden el tratamiento y el niño se muere», explica. 

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El albergue Inspira ya acogió a más de 1.000 niños enfermos de cáncer y próximamente triplicará su capacidad. Foto: Albergue Inspira

Así fue como nació el albergue Inspira, la fundación creada por Ricardo Pun Chong «con la única intención de que no se interrumpan los tratamientos» de esos chicos. En el establecimiento les brindan casa y comida totalmente gratis al niño y al acompañante, que suele ser la mamá, por el tiempo que sea necesario. Y en el último período han abierto las puertas también para pacientes con otro tipo de enfermedades o dolencias, como quemaduras, parálisis cerebral, o chicos con síndrome de down que tengan que ser operados del corazón, por ejemplo. Básicamente, personas que necesitan un tiempo prolongado de tratamiento. A todos les ofrecen alojamiento, juegos permanentes y comidas saludables.

La fundación fue creada en 2008, pero no fue hasta finales de 2010 que consiguieron alquilar la primera casa propicia para recibir a las familias. «Desde esa fecha hasta hoy nunca hemos parado, ni en pandemia. Han pasado ya más de 1.000 niños de distintas partes del Perú, incluso pacientes venezolanos», dice el médico naturista.

Dependiendo de la terapia y el estado de la enfermedad, los pequeños pacientes y sus acompañantes pueden permanecer unos cuantos meses en el albergue. Lo máximo que se ha quedado un niño fueron tres años y ocho meses. «Se genera un vínculo, pero busco que sea claro que no es mi hijito, no es mi sobrino ni seré yo su padrino de ninguna religión. Nosotros les llamamos ‘amigos maravillosos’. Probablemente algunos se me adelanten y mueran antes que yo. Pero siempre serán mis amigos», dice. 

Ricardo no tiene hijos y aclara que no puede considerar a sus huéspedes como si lo fueran por una sencilla razón: «En 2014 hemos visto morir a 14 niños, la cifra más alta de fallecimientos ocurridos en un año. Si fueran mis hijos, yo no estaría parado acá hablando contigo», explica. 

Cuando una de esas vidas se apaga, golpea duro a Ricardo y a todo el grupo de trabajo, pero la premisa es siempre seguir adelante. «Hay sentimientos de pérdida, pero mi equipo de voluntarios y yo agradecemos la gran oportunidad que hemos tenido de conocer a ese niño, de conocer su historia y de haber podido ayudarlo para que no tenga que dormir en una plaza, con, hambre, con frío o con calor». 

Y añade: «Claro que nos duele su muerte, pero nosotros necesitamos estar de pie porque esa cama va a ser ocupada por otro niño, y necesita que yo como voluntario lo reciba con el mismo amor que le di al niño anterior». 

¿Cómo se financia Inspira en Perú?

La organización no cuenta con apoyo de entidades del Estado, sí de algunas empresas privadas y de particulares que colaboran, aunque no son muchos. Ricardo Pun Chong sostiene que la solidaridad en el Perú funciona de una manera particular: «Si yo pido 5.000 dólares para una prótesis de ojos de un niño, probablemente los consiga, por el impacto que pueda causar su imagen, o la sola idea de su sufrimiento, que hace que la gente piense: ‘Pobrecito el niño, que no puede ver’. Ahora, si pido 5.000 dólares para dar de comer todos los días a 40 niños enfermos de cáncer, es posible que no reciba la misma ayuda». 

El fundador de Inspira señala que para mantener el albergue necesita un promedio de 6.000 dólares mensuales, aunque a veces esa cifra puede extenderse hasta los 8.000. «Básicamente necesitaría 6 empresas que donen 1.000 dólares. ¿Hay empresas que podrían dar eso? Por supuesto. ¿Existe una empresa que pueda donar todo? Sin dudas. Pero al menos yo no las he encontrado. La otra opción serían 6.000 amigos que pongan un dólar cada uno, lo mismo que se gastan en Netflix. Pero la gente no dona dinero, posiblemente prefieran donar juguetes o ropa. Lamentablemente yo no pago los servicios con eso», sostiene. 

En la fundación Inspira trabajan muchas personas, pero solo tres reciben sueldo, asegura el entrevistado: el contador, el gerente y una administradora. En cuanto a los voluntarios, eran más de 60 antes de la pandemia, y ahora bajaron a la mitad. «Es que el coronavirus ha golpeado mucho, tanto en la salud como económicamente —dice Ricardo Pun—. Muchos se han quedado sin trabajo, se les han muerto familiares o han fallecido incluso ellos». El albergue tiene capacidad para 40 personas, pero por el protocolo de covid-19 en este momento solo hay 20 camas ocupadas. Las disposiciones sanitarias tampoco han permitido en todo este tiempo realizar acciones benéficas que solían ayudar a financiar el albergue, como recitales, caminatas o colectas como la que se lanzó ahora, la Rifa Anual Inspira 2021. 

En 2018, Ricardo recibió una distinción de una cadena de noticias, al ser elegido entre más de 10.000 personas de 194 países como ‘Héroe del año’. Los 100.000 dólares que recibió de premio los donó para iniciar la construcción de un albergue nuevo, en un terreno de 680 metros cuadrados. El predio triplicará la capacidad a casi 130 huéspedes por día, afirman.  

De acuerdo al Observatorio Global del Cáncer (Globocan) del 2018, en Perú se diagnostican 1.800 nuevos casos de cáncer infantil cada año.

A nivel regional, se estima que al menos 29.000 niñas, niños y adolescentes menores de 19 años resultarán afectados por el cáncer anualmente en América Latina y el Caribe, según la Organización Panamericana de la Salud (OPS). De ellos, cerca de 10.000 fallecerán a causa de esta enfermedad. También se calcula que cerca del 70 % de las muertes por cáncer se registran en países de ingresos bajos y medianos.

Las últimas mediciones del Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI) de Perú señalan que en 2020 la pobreza monetaria afectó al 30,1 % de la población del país. De ese total, un 45,7 % pertenece al área rural, mientras que el 26,0 % vive en el área urbana. 

Son cifras que explican que hay un vacío, una ausencia, una falta de respaldo a esas familias de Perú que atraviesan con dolor la enfermedad de un hijo, cuyo tratamiento es particularmente costoso, en las condiciones menos favorables para enfrentarla, más aún en el contexto de una crisis económica mundial. De alguna manera, ese «algo» que sintió que faltaba en su vida el doctor Pen fue completado con su proyecto. Y los pacientes y sus familias no solo se lo reconocen, sino que toman su ejemplo solidario.

«Hay personas muy agradecidas y hay de las otras, que no es que no lo sean, pero creen que esto que hacemos es una obligación de nosotros, o piensan que esto forma parte del Estado, o imaginan que yo con esto estoy ganando dinero. Pero después se empiezan a dar cuenta que no, que es un tema de agradecimiento, de dar, de compartir. Y muchas mamás comienzan a ayudarse entre ellas, entienden que por ahí va el asunto y le tienden una mano a las nuevas huéspedes».

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