Hemos visto cómo las redes sociales se hicieron cargo de enjuiciar públicamente a las dos funcionarias de Maipú que protagonizaron un ridículo accidente en una plaza. A razón de eso se armó un lío desproporcionado y ahora, cuando miramos con distancia, nos damos cuenta que el daño más grande ocurre cuando el público, como en un coliseo romano, apunta para que corra la sangre y todos griten de felicidad por el daño causado a un desconocido que nos parece distinto. Eso se llama prejuicio y lleva de la mano la triste venganza de la discriminación.