Por Carolina Cabello, socióloga e historiadora porteña y wanderina

El Bernabéu también jugó de local: fútbol, racismo y una final vivida con todo en contra

Una lectura semiótica de la final intercontinental Sub-20 entre Santiago Wanderers y Real Madrid, desde la experiencia de una hincha porteña.

El Bernabéu también jugó de local: fútbol, racismo y una final vivida con todo en contra

¿Cómo puede un mismo estadio ser el escenario de un sueño cumplido y, a la vez, un lugar donde la alegría de gritar un gol convive con expresiones tan brutales de racismo y humillación? 

Llegamos a Madrid para vivir algo que parecía imposible: ver a Santiago Wanderers disputar una final intercontinental en el Santiago Bernabéu. Viajamos desde Valparaíso y distintos rincones del mundo, impulsados por una historia compartida que no se explica únicamente por el fútbol. Para muchas personas, encontrarnos en Madrid significó también reencontrarnos con nuestra ciudad, nuestras raíces y una forma de vivir la pertenencia. 

La alegría fue real. También el orgullo de ver a nuestros jugadores enfrentar al Real Madrid, de gritar un gol en ese estadio y abrazarnos con personas que habían recorrido miles de kilómetros para estar ahí. Después del partido, los mensajes de felicidad se multiplicaron. Wanderinos que llevaban décadas viviendo lejos de Valparaíso agradecían haber compartido nuevamente con su gente. Otros describían aquella jornada como uno de los recuerdos más hermosos de sus vidas. Pero sería incompleto contar esta experiencia únicamente como una fiesta.

Mientras algunos recuerdan el Bernabéu como el escenario de una felicidad absoluta, otros necesitamos hablar también de las restricciones, los insultos racistas y las humillaciones que experimentamos durante aquella jornada. Ambas vivencias ocurrieron en el mismo estadio. Incluso pudieron convivir en una misma persona.

Foto: Carolina Cabello.

La localía más allá de la cancha

Un estadio no es solo una infraestructura deportiva. Es un espacio donde se expresan relaciones de poder, identidades colectivas y jerarquías sociales. Desde una lectura semiótica, las camisetas, los cánticos, los lienzos, la distribución de las tribunas y lasnormas que regulan su ocupación producen significados, comunican pertenencia, rivalidad y, en determinadas circunstancias, exclusión.

La localía, por tanto, no se reduce a disputar un encuentro en una cancha conocida. También implica habitar un espacio que reconoce como propias ciertas formas de expresión, mientras otras deben adaptarse a condiciones que no les son familiares.

Desde antes del partido comenzamos a experimentar esas diferencias. La reunión de hinchas frente al hotel del equipo terminó con una intervención policial que impidió prolongar el encuentro. La caminata colectiva que esperábamos realizar hacia el estadio tampoco pudo concretarse, después de que se informaran restricciones para su desarrollo. 

Para quienes venimos de una tradición futbolera en la que la calle, los lienzos y los cánticos son parte fundamental de la experiencia colectiva, estas situaciones no fueron detalles menores. Queríamos acompañar a nuestros jugadores y hacer visible nuestra presencia en una ciudad a la que habíamos llegado desde distintos lugares del mundo. 

Dentro del estadio también encontramos dificultades para alentar como esperábamos. La estricta organización de las tribunas, las restricciones de acceso, los tratos vejatorios y las distintas maneras de vivir el encuentro hicieron difícil reproducir nuestra dinámica colectiva habitual.

No se trata de exigir que todas las personas vivan el fútbol de la misma manera. Se trata de reconocer que nuestra forma de expresar la identidad wanderina se encontró con condiciones muy distintas a las que conocemos.

La semiótica de la lucha de clases

El encuentro entre Santiago Wanderers y Real Madrid puso frente a frente a instituciones con historias, recursos y posiciones profundamente diferentes dentro del fútbol mundial. Por una parte, uno de los clubes de mayor proyección internacional, asociado a una poderosa estructura económica, comercial y deportiva. Por otra, un club porteño cuya historia está estrechamente vinculada con Valparaíso, sus barrios, sus trabajadores y sus formas populares de organización e identidad.

Esto no significa que todos los integrantes de ambos clubes o sus hinchadas pertenezcan a una misma clase social. La diferencia que interesa observar es institucional, histórica y simbólica, son las posiciones desiguales desde las cuales ambos clubes llegaron a disputar una misma final.

Para quienes viajamos desde Valparaíso, llegar al Bernabéu implicó esfuerzos económicos, largas horas de traslado y una organización colectiva que comenzó mucho antes del encuentro. No viajamos únicamente a presenciar un espectáculo deportivo, también viajamos a ocupar, aunque fuera por unas horas, un espacio que parecía reservado para otros protagonistas del fútbol mundial.

Las camisetas verdes, los acentos porteños y los cánticos de Wanderers alteraban por unas horas el paisaje habitual del Bernabéu. Nuestra presencia expresaba una identidad territorial que buscaba hacerse visible en uno de los escenarios más reconocidos del fútbol internacional. Pero estar presentes no equivale necesariamente a habitar un espacio en igualdad de condiciones.

La lucha de clases no se manifestó en una confrontación simple entre hinchas ricos e hinchas pobres. Se hizo visible en las asimetrías económicas y simbólicas entre los clubes, en los esfuerzos necesarios para que sus respectivas hinchadas llegaran a la final y en las distintas posiciones desde las cuales unos y otros pudieron ocupar el estadio.

Racismo y humillación: cuando la rivalidad se convierte en deshumanización

Mientras alentábamos a nuestro equipo, recibimos insultos racistas y expresiones de desprecio que excedían cualquier rivalidad deportiva. Una de las escenas más difíciles de procesar fue ver a una niña de aproximadamente doce años realizar gestos imitando a un mono frente a nosotros. Su edad no disminuye la violencia de lo ocurrido. Por el contrario,obliga a preguntarse cómo se aprenden y reproducen estas formas de discriminación en un espacio que convoca a familias, niñas, niños y jóvenes.

Desde una lectura semiótica, aquel gesto no puede entenderse como una simple burla. La representación de personas como animales posee una larga historia dentro de las prácticas racistas y coloniales. Su utilización en un estadio activa significados que exceden el encuentro deportivo, también establece una jerarquía entre quienes se atribuyen el derecho a despreciar y quienes son convertidos en objeto de humillación.

La condición de visitante adquirió entonces un significado que iba mucho más allá de la distribución de las tribunas. No éramos únicamente quienes alentábamos al equipo contrario, por momentos, se nos hizo sentir que nuestra presencia, nuestra forma deexpresarnos y nuestra identidad eran motivo de desprecio.

La lucha de clases y el racismo no son fenómenos idénticos, pero pueden entrecruzarse en la construcción de las diferencias entre un “nosotros” y un “ellos”. En el estadio, esas diferencias se expresaron tanto en las condiciones materiales y simbólicas del encuentro como en gestos que buscaron deshumanizar a quienes alentábamos al equipo visitante.

No todas las personas presentes en el Bernabéu participaron de esas conductas ni todos los hinchas de Wanderers vivieron lo mismo. Sin embargo, reconocer la felicidad de quienes disfrutaron aquella jornada no puede significar guardar silencio sobre la violencia que otros experimentamos.

Perder con todo en contra

Nuestros jugadores lo dieron todo. Verlos disputar esa final y gritar su gol en el Bernabéu seguirá siendo uno de los recuerdos más intensos de este viaje y de mi vida. Durante unos instantes, el resultado dejó de importar, fue cuando el abrazo colectivo, los gritos y las lágrimas condensaron años de historia, pertenencia y amor por un club que había llegado a un escenario que muchos jamás imaginamos posible.

La frustración por el resultado, sin embargo, se sumó a lo que ya habíamos experimentado antes y durante el encuentro. Las decisiones arbitrales generaron rabia entre quienes alentábamos a Wanderers. Esa percepción de desigualdad deportiva se entrelazó con las restricciones y la hostilidad que habíamos enfrentado como hinchas.

“Perdimos con todo en contra” expresa esa experiencia acumulada. No pretende reducir el resultado a una única explicación ni desconocer lo ocurrido en la cancha. Habla de una derrota que, para quienes vivimos esas situaciones, comenzó a sentirse mucho antes del pitazo final.

Una final intercontinental no debería tener dueño de casa

La experiencia del Bernabéu deja una pregunta que trasciende esta derrota: ¿puede unafinal intercontinental disputarse en el estadio de uno de los equipos sin que la localía termine condicionando la experiencia deportiva?

Jugar en casa no significa únicamente conocer el terreno de juego. También implica contar con el respaldo mayoritario de las tribunas, desenvolverse en un entorno familiar y disponer de ventajas logísticas y simbólicas que el equipo visitante no tiene.

No podemos afirmar que una sede neutral habría cambiado el resultado, ni desconocer el mérito deportivo del equipo vencedor. Pero sí podemos cuestionar una decisión organizativa que introduce una desigualdad evitable en una instancia que debería ofrecercondiciones lo más equilibradas posible.

La elección de una sede neutral no garantiza por sí sola la justicia deportiva, pero constituye un principio básico de equidad, que es que ninguno de los equipos comience el encuentro con la ventaja de ser anfitrión.

Esta discusión adquiere una dimensión mayor cuando se considera la desigualdad material y simbólica entre los clubes que disputaron la final. Si el fútbol pretende celebrar el encuentro entre distintas tradiciones deportivas, también debe preguntarse bajo qué condiciones permite que esas tradiciones se encuentren.

La equidad no empieza con el pitazo inicial. Se construye desde la elección de la sede, las condiciones de acceso y el trato que reciben quienes llegan a alentar desde lejos. Para nosotros, el Bernabéu fue el escenario de un sueño cumplido, de un gol gritado con toda el alma y del orgullo inmenso de ver a Wanderers disputar una final intercontinental. También fue el lugar donde experimentamos restricciones, racismo y humillación.

El fútbol puede reunir en una misma cancha a equipos de mundos muy distintos. El desafío es que ese encuentro no reproduzca, desde su propia organización, las desigualdades que existen fuera de ella.

Porque el Bernabéu también jugó de local. Y una final intercontinental no debería tener dueño de casa.

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