Carta Geopolítica

El Día de la Victoria

Los mensajes son claros, para la sociedad rusa es que la guerra será larga, pero el Estado está seguro del resultado. Para la elite política es que ya no puede relajarse y esperar volver a 2021, o cifrar esperanzas en una racionalidad europea. Para Occidente es que Rusia no va a rendirse ante las sanciones, las pérdidas o a un conflicto prolongado.

El Día de la Victoria

Por Carlos Gutiérrez P.

El reciente sábado 9 de mayo se celebró-conmemoró el año 81 de la victoria de la Unión Soviética sobre el nazismo alemán, actividad que ha pasado a constituirse en el hito nacional que une a todo el pueblo ruso y a las réplicas en una gran cantidad de países alrededor del mundo. Sin embargo, desde el año 2022, con la crisis bélica en Ucrania, este evento se ha estado desarrollando en un contexto político que la ha resignificado tanto como ejercicio de memoria, como de acción política.

De aquí entonces surgen actualmente preguntas incómodas, a propósito del clima político en Europa. La primera de ellas es qué se celebra-conmemora como Día de la Victoria.

Para los rusos, los europeos y el resto del mundo democrático la respuesta sería obvia, porque es un hecho histórico evidente e irrebatible. Es la derrota del nazismo alemán, que tuvo en el pueblo soviético a su mayor víctima, con alrededor de 27 millones de personas muertas, y al Ejército Rojo a su principal protagonista en el campo de batalla, soportando y logrando la victoria en las más cruentas operaciones militares de la Segunda Guerra Mundial.

Sin lugar a duda se puede afirmar que esta victoria liberó a la inmensa mayoría de los pueblos europeos, y con repercusiones en todas las latitudes del mundo donde llegó a instalarse la pesadilla nazi que envolvió al mundo en una guerra catastrófica, con más de 70 millones de muertos, y con la experiencia horrenda de los campos de concentración masivos y el holocausto judío.

Hasta el año 2021 este era el relato comprensivo en toda Europa, que daba lugar a las ceremonias oficiales y no oficiales, y sendos programas de noticias y documentales al respecto. A partir del año 2022 surge la pregunta de qué fue lo que pasó para que la significación de ese evento cambiara.

La respuesta que dieron las élites políticas europeas se relacionó con la operación militar rusa contra Ucrania, que según ellos violaba el derecho internacional, y comenzaron a aplicarle sucesivas medidas sancionatorias de un amplio espectro. En cuanto al Día de la Victoria dejó de conmemorarse oficialmente, con el pasar de los años en algunos países empezaron a prohibirla y sancionar legalmente a las personas que se acercaran a los lugares de memoria con alguna simbología relativa a Rusia. Como igual la historia no podía modificarse, los pueblos seguían asistiendo a los lugares emblemáticos a entregar sus respetos, resultaba paradójico no homenajear ese acontecimiento, del cual habían sido también protagonistas, idearon un nuevo relato: que el triunfo en la guerra era un símbolo de la unidad de Europa.

En este absurdo momento se pasa por alto la iniciativa del gobierno alemán de ser nuevamente la principal potencia militar del continente, para lo cual piensa destinar grandes recursos económicos y reinstalar el servicio militar obligatorio. Sería bueno consultar con la historia qué ha significado para los europeos el militarismo alemán.

El problema de este nuevo diseño no es lo que quiere decir, sino lo que NO dice. Lo primero es que no se menciona que fue una guerra iniciada por la ideología nazi con cuna en Alemania, y que culminó con una derrota aplastante del nazismo y sus crímenes contra la humanidad. Lo segundo es que, la hoy llamada comunidad democrática europea, tuvo en ese tiempo una parte significativa comprometida políticamente con el nazi-fascismo: Alemania de Hitler; Italia de Mussolini; España de Franco; una parte de Francia de Petain; Portugal de Salazar; Austria de Seyss-Inquart; Hungría de Szalasi; Eslovaquia de Tiso; Bulgaria del rey Boris III; Rumania de Antonescu; Finlandia de Mannerheim. También hubo países en que parte importante de su población se sumó al proyecto nazi como Lituania, Letonia, Estonia, Ucrania, Croacia. Por lo menos cabría una reflexión crítica del papel jugado por esas elites políticas y no engañarnos con una unidad europea ficticia. Lo tercero, es que incluso discursivamente se les hace imposible mencionar quien fue el actor principal en la derrota del nazismo, llegando a escenas tragicómicas como la del canciller alemán Merz, quien felicitó a los ciudadanos por el Día de la Liberación del régimen nazi (ciudadanos alemanes que en su mayoría apoyaron a Hitler hasta en sus últimos momentos), sin mencionar el papel del Ejército Rojo y ni siquiera a las pocas organizaciones políticas alemanas que sacrificaron a mucha de su gente, como fue el Partido Comunista Alemán. Pero, días después, al representante adjunto del gobierno alemán, Steffen Mayer, en una conferencia de prensa se le preguntó por las declaraciones del Canciller que omitió mencionar a la Unión Soviética, su respuesta fue que “eso quizás también se deba a las limitaciones de caracteres en la red social X”. El periodista le preguntó directamente quiénes eran los libertadores, respondió “está históricamente claramente documentado”. Se le volvió a plantear que dijera en voz alta quien liberó Alemania, el adjunto guardó sepulcral silencio.

Esta tragicómica escena de atragantamiento verbal no es baladí. Porque se relaciona con una derivada sustancial del actual conflicto en Europa, y es la necesidad de la UE-OTAN en demonizar a Rusia-Unión Soviética para convertirla ante los ojos del sistema político y de la ciudadanía particularmente en un enemigo creíble, preparándose en una locura guerrerista de confrontación con el país eslavo. En esa operación, por supuesto que no cabe ningún reconocimiento al papel sustancial liberador que jugó el pueblo soviético, ni a la denuncia constante de la existencia activa de un nuevo fascismo que recorre Europa, y que se ha hecho fuerte y protagónico desde 2014 en la actual Ucrania.

En este absurdo momento se pasa por alto la iniciativa del gobierno alemán de ser nuevamente la principal potencia militar del continente, para lo cual piensa destinar grandes recursos económicos y reinstalar el servicio militar obligatorio. Sería bueno consultar con la historia qué ha significado para los europeos el militarismo alemán. En la misma dirección, no hay angustia política seria ante los avances del fascismo y grupos de ultraderecha en países tan distintos como Inglaterra, Francia, Países Bajos, Bélgica, Croacia, Suecia, Polonia, los países bálticos, y ni qué decir de Ucrania.

Rusia ha entregado constante información del papel que juegan organizaciones fascistas o neo-nazis civiles y militares, tanto en Ucrania como en otros países europeos, las que han sido constantemente ignoradas, pero que avanzan lentamente en la sociedad civil y en organizaciones políticas que ya están disputando el poder. Sin dudas que el caso más crítico es Ucrania, ya que están instalados en la cúpula política y militar, y han logrado proyectar una imagen hacia el resto de Europa que ha sido acogida convenientemente como eslabón clave en la lucha contra Rusia. Así como en su momento la alianza burguesa-aristocrática alemana quiso usar a los nazis para detener a los comunistas, hoy a los “demócratas europeos” no les hace mella ocupar a los nazis y pueblo ucraniano para acabar con Rusia. ‘El enemigo de mi enemigo es mi amigo’ vuelve a retumbar en los pasillos político, olvidando en lo que terminó en la década de los treinta y los cuarenta del siglo pasado.

El fascismo y el ultraderechismo actual no es retórica rusa, es una realidad creciente que no termina de asimilarse en toda su gravedad. Y así como sucedió con el auge del nazismo alemán y el fascismo italiano en la primera mitad del siglo XX, los partidos de centro y la socialdemocracia una vez más carecen de perspectiva histórica y de proyecto estratégico que salga a disputarle el futuro.

La tan desplegada rusofobia, que tiene en el Día de la Victoria un gran despliegue, es un arma de doble filo. Por ahora les sirve para sustentar, demonizar y dar credibilidad a un enemigo, y con eso movilizar una política belicista que solo tiene ganadores en el gran empresariado de la industria bélica. Una mala decisión estratégica, porque una guerra contra Rusia solo devastará a Europa occidental (en una reciente publicación periodística se hizo un ejercicio bélico, y concluía que solo con el 2 % del potencial nuclear ruso desaparecería Francia, Inglaterra y Alemania. ¡Nada menos! En un congreso sobre defensa en Polonia, realizado el 6 de mayo, concluyeron que una invasión rusa dejaría al país en ruinas durante años, solo considerando una guerra convencional).

Cada día la escalada de la guerra aumenta, mientras que los avances territoriales rusos se siguen produciendo, así como también los ataques a la retaguardia, y a la infraestructura estratégica y militar.

Por otro lado, esta rusofobia, deja hipotecado un futuro de cooperación amplio y profundo entre Rusia y Europa, que le es tan conveniente para su desarrollo económico, particularmente en este escenario de notoria decadencia del proyecto europeo. Los daños materiales y morales al pueblo ruso no serán de fácil olvido, más todavía que esta práctica europea ha fortalecido a los sectores eslavistas que claman por reorientar los esfuerzos estratégicos en dirección hacia el Oriente y el Asia-Pacífico.

Este aniversario del Día de la Victoria también tuvo un punto de inflexión en el discurso ruso, ya que varios aspectos de la intervención del presidente Putin no se habían manifestado en las ceremonias anteriores, donde el acento se había puesto esencialmente en la escena internacional y por lo tanto en la política exterior.

El discurso de este 9 de mayo no solo fue más breve, sino con la contundencia de un relato que estaba dirigido esencialmente al pueblo ruso. La explicación puede ser doble, pero interrelacionada. Por un lado, la extensión del conflicto indudablemente que afecta la cotidianidad de una vida normal, individual y social. Más todavía cuando la resolución de este aún cuesta vislumbrarlo pronto en los términos de los intereses estratégicos rusos. Asociado a esto, es que definitivamente está primando la realidad de que este conflicto es en serio una confrontación que lleva adelante la OTAN europea, a través de un insensato pueblo ucraniano. Por ahora, todavía encubierto tras el escudo humano ucraniano, pero a corto plazo desplegado con la fuerza de los miembros de la OTAN, a la que incluso se le colocan fechas, entre 2027 y el 2030.

Cada día la escalada de la guerra aumenta, mientras que los avances territoriales rusos se siguen produciendo, así como también los ataques a la retaguardia, y a la infraestructura estratégica y militar. Por la parte ucraniana se incrementan los actos terroristas, el uso del espacio aéreo de países limítrofes para ataques de drones, y también los golpes en la profundidad rusa, con muertos y heridos civiles. El apoyo europeo, dentro de sus limitaciones, se mantiene en lo financiero y en la entrega de armamento, pero se consolida su presencia en la dirección de la guerra a través de un nuevo centro de mando conjunto y aumentan los ejercicios militares en la frontera con Rusia en base a juegos de guerra que apuntan a operaciones en Kaliningrado, el Mar Báltico y Bielorrusia.

El discurso del presidente Putin reflejó esta realidad. En esta ocasión no fue solo un panegírico de la victoria en la Gran Guerra Patria, sino una suerte de formalización para una guerra prolongada, ya no solo con Ucrania, sino contra la OTAN europea. Por lo tanto, de los objetivos limitados, pero estratégicos en la operación especial contra Ucrania, se está pasando a una cuestión de sobrevivencia histórica del Estado y el pueblo ruso como tal. El accionar de un sistema militar-tecnológico unificado del Occidente europeo, que se concretiza en la OTAN, lo lleva en esa dirección. De este modo, hoy día esta alianza ya no es solo el conjunto de países que prestan apoyo y solidaridad, sino que es el actor clave que ya se ha involucrado plenamente en el conflicto.

La crítica a los países europeos es sustantiva, haciendo una comparación histórica los acusa que en su momento haber capitulado ante la Alemania nazi y hacerse cómplices de sus crímenes, y que el pueblo soviético no solo derrotó al nazismo, sino que les devolvió la soberanía. Algo parecido a la Europa de hoy, que se ha sumido en una dependencia y falta de autonomía ante poderes globales, sacrificando sus propios intereses y soberanía nacional, y que mira en forma displicente el resurgimiento del fascismo.

Hay una continuidad generacional entre la Gran Guerra Patria, la Operación Especial y el futuro del pueblo ruso.

Aquí conecta la coyuntura actual con la hazaña histórica de la victoria en la Gran Guerra Patria. Hay una línea continua entre la Operación Militar Especial y aquella, afirmando que “Rusia está nuevamente pasando por una prueba histórica”. Ya que la “invasión nazi quería hacerse de los grandes recursos y destruir la cultura, planeaban un genocidio de todo el pueblo ruso, de todas las etnias y de todas las naciones de la Unión Soviética. Para realizar estos crímenes, se juntaron fuerzas de toda Europa”. Hay una continuidad generacional entre la Gran Guerra Patria, la Operación Especial y el futuro del pueblo ruso.

Como el discurso tuvo su foco principal en la sociedad rusa, los conceptos claves pueden resumirse en que esta ya no es una crisis temporal que pueda resolverse en una negociación como la que se tuvo en abril de 2022, sino más bien persistirá como una confrontación prolongada donde estarán presentes los dilemas sustanciales. Por lo tanto, es el conjunto de la sociedad y el Estado el que está involucrado, lo que significa afirmar en los hechos una movilización en forma y una concentración de todos los esfuerzos tras el objetivo del triunfo para preservar la sociedad rusa en el largo plazo.

Putin aseveró que la invasión nazi no tuvo en cuenta el carácter y la voluntad del pueblo soviético, el que se transformó en una muralla, característica que se manifiesta más fuerte en momentos duros para la patria. Esa condición se proyecta hasta ahora. De ahí que, por primera vez, el énfasis discursivo no se concentrara solo en los que llevan la tarea militar concreta en la primera línea, sino que también en todo el cuerpo social, nombrando a obreros, ingenieros, científicos, inventores, diseñadores, voluntarios, maestros, empresarios, campesinos, armeros, corresponsales de guerra, médicos, personalidades culturales, clérigos, filántropos ¡todos los ciudadanos de Rusia! Cada persona hace una contribución personal a la victoria, la que se forja tanto en el campo de batalla como en la retaguardia. El frente y la retaguardia están unidos. Esto señala que es “el pueblo el que decide el destino del país”. También, el que deberá resistir la carga, y por lo tanto debe prepararse para aquello.

Utilizó dos aseveraciones que se hicieron común en los discursos de la época soviética que enfrentaba al nazismo: “Nuestra causa es justa. La victoria siempre ha sido y será nuestra”.

Los mensajes son claros, para la sociedad rusa es que la guerra será larga, pero el Estado está seguro del resultado. Para la elite política es que ya no puede relajarse y esperar volver a 2021, o cifrar esperanzas en una racionalidad europea. Para Occidente es que Rusia no va a rendirse ante las sanciones, las pérdidas o a un conflicto prolongado.

Quizás como nunca antes un hecho histórico de tanta trascendencia, como fue la victoria sobre el nazismo, reunía en sí mismo una invocación verosímil por el resguardo de la memoria, así como un llamado de alerta sobre el futuro inmediato sobre el cual se ciernen tiempos de guerra. Una relación unívoca entre pasado y presente.

Por Carlos Gutiérrez P.

Carta Geopolítica 92 – 12/05/2026


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