
- A través del diseño social, el juego, el arte y la creatividad, Puebla busca fortalecer comunidades, activar territorios y crear nuevas formas de encuentro y participación. En ese marco, impulsa en Barrio Franklin “Perderse para Encontrar”, una iniciativa de creación colectiva que reúne a artistas, vecinos, comerciantes y organizaciones para imaginar nuevas formas de recorrer, descubrir y habitar el barrio.
Con más de quince años dedicada al diseño de metodologías participativas, la mediación cultural y la educación interdisciplinaria, Bárbara Chávez ha construido una trayectoria marcada por la convicción de que la creatividad se vuelve transformadora cuando ocurre a nivel colectivo. Socióloga de la Pontificia Universidad Católica de Chile, cofundadora de la Red Mediación Artística, la Escuela de la Intuición y creadora de Puebla, hoy impulsa proyectos de diseño social que utilizan el juego, el arte y la creatividad como herramientas para fortalecer comunidades, activar territorios y fomentar el cuidado y afecto por lo que nos rodea.
Vivimos un tiempo en que muchas personas conocen poco la historia de los territorios que habitan, participan escasamente de la vida comunitaria y enfrentan crecientes niveles de desconfianza e intolerancia. Frente a ese escenario, iniciativas como Puebla abren nuevas posibilidades para repensar cómo relacionarnos con otros. A través del diseño social – enfoque interdisciplinario que promueve el trabajo colaborativo y creativo con las comunidades para el bienestar común –, el proyecto busca que las personas reconozcan su valor, fortalezcan su sentido de pertenencia y se conviertan en creadores y diseñadores de sus futuros.
En este marco se desarrolla Perderse para Encontrar, una iniciativa de creación colectiva que nace desde Barrio Franklin y que reúne a artistas como el músico y poeta Mauricio Redolés, la arquitecta Catalina Melo, el actor y dramaturgo Roberto Cayuqueo y la artista y gestora cultural Monserrat Vega, junto a vecinos, comerciantes y organizaciones del barrio. A través de encuentros, conversaciones y trabajo colaborativo, el proyecto busca transformar las historias, oficios y experiencias del territorio en propuestas de turismo creativo que se desarrollarán durante el 26 y 27 de septiembre y el 3 y 4 de octubre.
En entrevista, Bárbara reflexiona sobre el origen de Puebla y la importancia de trabajar desde los territorios para construir comunidades más conectadas con su historia y su entorno. También aborda el potencial del arte, el juego y la participación como herramientas para recuperar la memoria colectiva, resignificar espacios como el Barrio Franklin y promover formas más cercanas y cotidianas de involucrarse en la vida comunitaria.
¿Desde dónde surge la idea de Puebla?
Puebla surge desde la convicción de que podemos vivir mejor si estamos más conectados entre nosotros y con nuestro entorno. Surge de maravillarse de todo lo que la humanidad ha creado y construido y de preguntarse cómo podemos contribuir para mantener vivo el asombro, la curiosidad y el deseo por seguir creando y construyendo un mundo consciente, sintonizado y coherente con nuestra naturaleza.
En ese camino nace Puebla, reconociendo que uno de nuestros grandes potenciales es la construcción de relatos y sentidos compartidos. Esa capacidad de dar significado a lo que nos rodea, a lo que hacemos y a lo que somos. Allí reside también el poder de consagrar, de reconocer ciertos vínculos, experiencias, lugares, objetos o ideas como portadores de un valor singular, y de relacionarnos con ellos desde la atención, el cuidado y la intención.
En pocas palabras, Puebla busca trabajar en la construcción de significados otorgándoles valor y cuidado. Creemos que ese entramado de imaginarios se configura, entre otras cosas, en la relación entre la memoria y la imaginación colectiva. Es ahí donde buscamos innovar, creando metodologías de diseño social que integran participación, juego, arte e investigación social, además de todos aquellos cruces disciplinares que puedan contribuir al desarrollo de los territorios y las comunidades con que trabajamos.
¿Qué lugar ocupa Puebla frente a las limitaciones de la educación y la institucionalidad para construir vínculos más profundos con la cultura, la memoria y los territorios?
Nosotros no tenemos la capacidad ni la pretensión de suplir lo que la educación o la institucionalidad cultural no están haciendo. Lo que sí creemos es que podemos aportar desde la innovación metodológica. Tanto en la escuela como en la institucionalidad cultural existe una inercia muy fuerte, uno entra a un museo o escuela y este tiene sus propias rigideces. En ese sentido, Puebla tiene la ventaja de contar con la autonomía necesaria para relacionarse con estas instituciones desde un lugar propio, colaborando con ellas, que finalmente son las que albergan a las comunidades.
¿Por qué Franklin? ¿Cómo llegaron a ese lugar y qué les hizo quedarse? Entiendo que han desarrollado varios proyectos allí además de Perderse para encontrar…
Sí. Llevamos cinco años construyendo vínculos con distintos actores en el barrio. Partimos realizando encuentros, talleres, recorridos y entrevistas. Luego, junto a la comunidad creamos Caldo de Barrio, un juego de mesa sobre Franklin y seguimos haciendo talleres con escuelas, rutas patrimoniales, entre otras cosas. En ese devenir han surgido distintas colaboraciones y relaciones que trascienden nuestro quehacer, y eso nos alegra muchísimo.
Por ejemplo, conocimos a Baldosas Córdova Chile, una fábrica con casi cien años de historia. En el camino, Baldosas Córdova conoció al Mono González y él terminó diseñando una nueva baldosa para la fábrica, y al poco tiempo se organizó un concurso de diseño de Baldosas, en el que colaboramos junto al Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio, Metro y varios otros agentes locales. Otro caso fue el de la Panadería La Superior en donde llevamos a la Escuela Pública Comunitaria a conocer el lugar y, después de ese encuentro, la panadería comenzó a entregar desayunos a los niños y niñas de la escuela. La misma escuelita también recibió una enorme donación de Baldosas Córdova que hoy es un nuevo patio colorido y limpio para las niñas y niños.
Ahí empezamos a comprobar que, cuando distintos actores se encuentran pueden suceder cosas que probablemente nunca habrían ocurrido de manera espontánea, a pesar de compartir el mismo territorio. Para mí, ese ejemplo representa muy bien la relación entre comunidad y creatividad. ¿Qué pasa cuando ponemos en contacto a personas e instituciones que normalmente no dialogan? Empiezan a surgir cosas nuevas e inesperadas y esos pequeños cruces, que se hacen con cariño, son muy valiosos y demuestran el valor que ya existe en el territorio. Ese es el potencial que vimos en Franklin y el que seguimos viendo hasta hoy.
Entonces, ¿podría decirse que Puebla funciona como un puente entre el barrio y la cultura?
Más que un puente, diría que somos un agente que entra y activa. Me gusta pensarlo como un espiral que agita, provoca y muestra nuevas posibilidades.
¿Qué hay detrás del concepto Perderse para encontrar y cómo se relaciona con la elección de los artistas?
Perderse para encontrar reúne muchas lecturas. Por un lado, está la idea de un lugar donde uno va y se pierde porque es confuso, caótico, diverso, porque no hay un mapa que realmente te guíe por esas calles. También está la noción del objeto perdido y el objeto encontrado, el lost and found. Cuando pierdo algo, o incluso cuando decido desecharlo, es porque para mí ya no tiene valor, pero para otra persona eso puede convertirse en un tesoro.
Ese es el concepto curatorial, perder o descartar algo y encontrar algo valioso. Desde ahí también escogimos a los artistas. Por ejemplo, está Redolés, que trabaja con papeles encontrados; Monse Vega, que utiliza materiales de descarte para crear obras de arte; Baldosario, que trabaja encontrando sentidos perdidos en las baldosas; y Roberto Cayuqueo de colectivo EPEU, que busca las raíces ancestrales perdidas.
¿Por qué es importante el rescate patrimonial y la activación territorial? Pienso en alguien que vive su día a día sin detenerse a pensar en eso.
Muchas personas llegan a nuestras actividades con bastante escepticismo o, a veces, casi obligadas. Sin embargo, terminan en un lugar muy distinto del que partieron. La oportunidad de entregarse a una experiencia diseñada para afectarse, conocer algo que no sabías y conectar con tu historia y con tu futuro tiene muy buena recepción y un potencial transformador que permite mirar con otros ojos el lugar donde uno vive.
Hoy estamos viviendo un período cargado de miedo, de rencor, de intolerancia y de muy poca valoración por los lugares que habitamos. Lo vemos en cosas tan cotidianas como la basura en las calles, los rayados, los insultos gratuitos o la agresividad que experimentamos incluso dentro de las familias. También estamos atravesando importantes conflictos de salud mental.
Creo que el camino para empezar a sanar esa agresividad y ese dolor tiene que ver con aprender a cuidarnos, a querernos y a valorarnos. Eso ocurre en todos los niveles, desde cuidar mi cuerpo hasta cuidar mi hogar, y así sucesivamente hacia afuera.
Nosotras trabajamos en ese nivel exterior de conocer para valorar y valorar para cuidar lo que somos. Porque también somos historia, somos entorno y somos territorio. Al final, todo esto apunta a construir un buen vivir.
¿Creen que trabajar desde el territorio permite generar una participación distinta a la que se da en otros espacios culturales?
La gracia del territorio, que igual es una palabra súper usada, es que a diferencia de un museo, el territorio sí o sí es un lugar que yo puedo sentir mío, porque lo camino y lo vivo a diario.
Pasa mucho en las actividades participativas que la gente dice «no tengo nada que decir», «¿quién soy yo?». Hay muy poca valoración de ellas mismas. Pero si encuentras la manera de preguntarles por su experiencia en su calle, ahí uno siempre puede decir algo. Uno puede ser experto de su casa. Y eso es muy lindo, porque es una forma de poner en valor la experiencia de las personas.
¿Quién es más experto que un habitante de su propio territorio? Ese es el peso y el contrapeso frente a los súper expertos, los urbanistas o quienes vienen desde otros lugares.
¿Qué entienden ustedes por participación? ¿Creen que existen otras formas de participar y construir comunidad más allá de las instancias tradicionales?
Todo lo que hacemos es político. Incluso las decisiones domésticas y cotidianas tienen una carga política.
Lo que hacemos nosotras, que tiene que ver con vincularnos, también es una forma de pensarnos como sociedad. ¿Por qué la participación tendría que limitarse únicamente al voto o a una asamblea? Esos espacios muchas veces son muy desafectados. En cambio, los espacios que favorecen la expresión, la creatividad, la presencia, la conexión con el entorno y con uno mismo, son formas muy concretas de construir sociedad. Buscamos que las comunidades se diseñen a sí mismas y llevar la idea de participación a otro nivel. Hacer que las personas y las comunidades sean diseñadores de su realidad.
Incluso tratamos de sistematizar esas experiencias para demostrar que también es posible construir comunidad de esa manera. Y ojalá, en el futuro, podamos desarrollar metodologías más consolidadas para la toma de decisiones locales y colectivas a través del diseño social. Formas de decidir juntos con conciencia de quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde queremos ir.
