El legado de Allende: sus últimas palabras como luz para abrir las grandes Alamedas

El metal de su voz sigue resonando como si se tratara de profecías: “Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales con el crimen ni con la fuerza. La historia es nuestra y la hacen los pueblos”

El legado de Allende: sus últimas palabras como luz para abrir las grandes Alamedas

A las 8:45 de la mañana del 11 de septiembre de 1973 se confirmaba la conjura. Allende reconocía que la situación era crítica y que estábamos frente a un golpe de Estado en que participan las mayorías de las Fuerzas Armadas. Sus últimas palabras son nuestro legado. Una luz de esperanza en la derrota. No habló para los manuales: el metal tranquilo de su voz se dirigía al pueblo y a los trabajadores. A la mujer modesta, al campesino que creyó, a los profesionales patriotas y a la juventud combatiente.

Retomando las palabras dadas en su discurso de la victoria en 1970 confesó: “No tengo pasta de apóstol ni de mesías… soy un luchador social.” Paradoja que duele: el hombre que no quería ser mártir murió como tal. “Sólo acribillándome a balazos podrán impedir la voluntad que es hacer cumplir el programa del pueblo.” Allí radica el objetivo de la muerte y la destrucción: impedir el cumplimiento del programa del pueblo.

Analizó el golpe sin ingenuidad: los militares traidores fueron el brazo armado del capital foráneo y del imperialismo, apoyados por los sectores reaccionarios nacionales. En la reacción se encontraban los colegios profesionales clasistas, medios de comunicación y políticos cobardes. Especial dedicación tuvo en sus palabras para el Almirante Merino y  para Mendoza, general rastrero que solo un día antes prometía fidelidad. “La historia los juzgará”, dijo. Y los anales de la historia quedarán como ejemplo de cobardía, felonía y traición.

La dignidad de Allende contrasta con la cobardía de quienes encabezaron la sedición, dispuestos a todo para defender sus granjerías y privilegios.

Su última alocución por Radio Magallanes fue un testamento: “Seguramente Radio Magallanes será acallada y el metal tranquilo de mi voz ya no llegará a ustedes. No importa. La seguirán oyendo. Siempre estaré junto a ustedes”.

El metal de su voz sigue resonando como si se tratara de profecías:

“Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales con el crimen ni con la fuerza. La historia es nuestra y la hacen los pueblos

“Trabajadores de mi patria, tengan fe en Chile y en su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo en que la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor.

¡Viva Chile! ¡Viva el pueblo! ¡Vivan los trabajadores!”

Su certeza sigue siendo nuestra tarea y obligación: que su sacrificio no sea en vano, sino una lección moral que castigue la felonía, la cobardía y la traición.

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