Comunicar el patriotismo

La patria pertenece a quienes la viven, la trabajan, la cuidan y la construyen todos los días. Y quizás ahí está también el desafío de comunicarla: no inventar aquello que somos, sino ser capaces de reconocer a un otro, darle forma y hacerlo visible. Porque al final, comunicar la patria es algo mucho más sencillo y mucho más difícil a la vez: es lograr volver a reconocerse como parte de una forma de colectividad que tiene historias, experiencia y un sentimiento difícil de ser olvidado.

Comunicar el patriotismo

Por Christian Silva, Comunicaciones Voluntad para Chile

La patria es pasado, presente y futuro. La patria tiene una historia, un territorio y un protagonista. Está presente en lo que somos, en nuestras costumbres, en nuestra forma de compartir y en aquellos momentos que, a pesar de nuestras diferencias, permiten reconocernos como parte de algo más grande.

La patria rescata el trabajo, la organización y el sacrificio. Como el del campesino, del minero, del obrero, quienes dejaron parte de sus vidas trabajando para construir algo que muchas veces no alcanzarían a disfrutar. Está en el orgullo silencioso de hacer bien el trabajo, en el esfuerzo de quienes estudian mientras trabajan y en esa costumbre tan nuestra de ayudarnos cuando a alguien no le alcanza.

Formas de vivir que pasaron de nuestros abuelos a nuestros padres y que hoy, casi sin darnos cuenta, repetimos nosotros: levantarse temprano porque hay una familia que sostener, hacer rendir lo poco cuando los tiempos son difíciles, recibir al que llega y acompañar al que lo necesita.

Por eso el concepto de patria es tan frágil, es tan sensible. Porque vive en las emociones, de nuestros recuerdos, de nuestras ganas de hacer, de nuestras posibilidades. Vive de aquello que recordamos, de los lugares donde crecimos, de las voces que nos llamaron. La patria se va alojando en nuestra memoria y termina siendo parte de cómo entendemos quiénes somos y de qué historia nos sentimos parte.

Y por eso, cuando nuestro país esta mal, nos aferramos tanto a la patria. No necesariamente porque queramos volver a un tiempo que fue mejor, sino porque buscamos aquello que alguna vez nos hizo sentir parte de algo. Extrañamos la confianza, la tranquilidad, encontrarnos con otros y reconocernos en ellos. Extrañamos la sensación de que, aun teniendo poco, podíamos construir algo juntos. Y ese sentimiento es el que buscamos volver a tener.

La patria siempre necesita de un otro para poder ser. Necesita ser vivida, recordada, cuidada y transmitida. Necesita de nuestras conversaciones, de nuestros encuentros, de nuestras diferencias y de aquello que hacemos juntos. Necesita de una comunidad que se mueva, que se encuentre, que se organice, que celebre y que también atraviese dificultades.

Y es precisamente ahí donde comienza la comunicación. Comunicamos porque compartimos algo juntos, pero también porque compartimos algo que nos emociona. Porque hay imágenes que nos llevan a lugares olvidados, frases con las que nos sentimos identificados y símbolos que resguardan ese espacio que tanto cuidamos.

Y cuando hablamos de nuestra patria, aquello que existe entre nosotros es profundamente emocional. Son recuerdos, lugares, personas, sacrificios, alegrías y dolores que creemos propios hasta que descubrimos que terminan siendo experiencias propias de la misma colectividad.

Ahí está, quizás, una de las dimensiones más profundas de comunicar el patriotismo. Comunicar la patria es comunicar la emoción de la gente. Es ser capaces de representar aquello que sentimos cuando pensamos en nuestra familia, en nuestra tierra, en nuestra historia y en quienes estuvieron antes que nosotros. Es darle una imagen, una palabra o un símbolo a sentimientos que muchas veces existen antes de saber cómo nombrarlos.

Porque la patria no se siente en solitario. Necesita de otros para convertirse en un nosotros. Y la política comienza precisamente cuando aparece ese nosotros, cuando aquello que parecía individual comienza a reconocerse como parte de algo colectivo. Es ahí donde la comunicación adquiere un sentido político y cuando permite que ese nosotros pueda sentirse, reconocerse y representarse en algo mucho más grande que uno mismo.

Comunicar conlleva a la vez una profunda disputa política, ya que define quiénes forman parte de ese nosotros, qué historias se reconocen y desde qué lugar decidimos contar aquello que somos. Porque no es lo mismo hablar de la patria desde quienes la observan que desde quienes la viven todos los días.

Representar exige reconocer primero a quién se quiere representar. No basta con recurrir a una bandera, repetir una consigna o apropiarse de determinados símbolos. Si detrás de ellos no existe una experiencia colectiva en la que las personas puedan reconocerse, por ende, esta forma pierde su capacidad de representar.

Por eso comunicar el patriotismo también implica tomar una posición. Decidir qué parte de nuestra historia hacemos visible, qué experiencias ponemos en el centro y quiénes aparecen como protagonistas de aquello que llamamos patria.

La patria pertenece a quienes la viven, la trabajan, la cuidan y la construyen todos los días. Y quizás ahí está también el desafío de comunicarla: no inventar aquello que somos, sino ser capaces de reconocer a un otro, darle forma y hacerlo visible. Porque al final, comunicar la patria es algo mucho más sencillo y mucho más difícil a la vez: es lograr volver a reconocerse como parte de una forma de colectividad que tiene historias, experiencia y un sentimiento difícil de ser olvidado.

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