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Y ahora, manifestaciones estudiantiles en toda Italia: ¡Menos armas, más libros!

"Frente al rearme y al aumento de los presupuestos militares de los países de la Unión Europea, los jóvenes reclaman recursos para estudiar, vivir y construir un futuro que no esté subordinado a la lógica de la guerra".

Y ahora, manifestaciones estudiantiles en toda Italia: ¡Menos armas, más libros!

Por Leopoldo Lavín Mujica

Y ahora, las manifestaciones estudiantiles se extienden por toda Italia. «¡No más armas, más libros! ¡No más dinero para la guerra, más educación!». La consigna expresa una indignación que desborda las aulas y pone en cuestión las prioridades de los gobiernos europeos.

Frente al rearme y al aumento de los presupuestos militares de los países de la Unión Europea, los jóvenes reclaman recursos para estudiar, vivir y construir un futuro que no esté subordinado a la lógica de la guerra.

En las grandes ciudades de Italia, bajo el Gobierno de ultraderecha de Giorgia Meloni, la protesta adquiere una dimensión política particular.

No se trata solamente de reclamar mejores condiciones en los establecimientos educativos, sino de discutir qué sociedad se está construyendo y quiénes pagan sus costes.

Mientras Europa invoca la seguridad para justificar el aumento del gasto militar, una parte de su juventud pregunta por qué esa urgencia no se traduce con la misma fuerza en más escuelas, universidades, becas, bibliotecas y oportunidades para quienes no pueden pagarse una educación de calidad.

Las movilizaciones del viernes 16 de octubre confirman la extensión del descontento.

En Roma, Milán, Bolonia, Turín, Génova, Pisa y Nápoles, miles de estudiantes salieron a las calles. En Turín, los manifestantes denunciaron la falta de recursos escolares; en Roma, las protestas llegaron hasta el Ministerio de Educación.

La jornada, bautizada en distintos lugares como «No Meloni Day», reunió reivindicaciones educativas, sociales, ecologistas y contrarias al rearme.

Las protestas también apuntan contra las políticas educativas del Gobierno de Giorgia Meloni, en particular la normativa que limita al 30 % la presencia de alumnos extranjeros en determinadas clases, según la trayectoria escolar y las competencias lingüísticas.

Los estudiantes denuncian que esta medida estigmatiza a los jóvenes de origen extranjero y desvía la atención de los problemas estructurales de la escuela pública: la falta de recursos, el deterioro de las infraestructuras y las desigualdades educativas. Asimismo, cuestionan la reforma de los institutos técnicos y profesionales.

Mientras, en Francia, las movilizaciones estudiantiles denuncian el deterioro de los establecimientos, la falta de profesores y las condiciones de estudio; en Albania, miles de jóvenes protestan contra la corrupción, las desigualdades y el abandono de la educación.

Las causas no son idénticas, pero revelan una fractura común: una juventud que no acepta que su futuro quede subordinado a las prioridades económicas y políticas de los gobiernos

Las movilizaciones italianas se suman así a las protestas estudiantiles y juveniles que atraviesan distintos países europeos y que también encuentran expresiones en Argentina y Chile.

No todas responden a las mismas causas ni tienen idénticas reivindicaciones, pero comparten un malestar creciente frente a un futuro marcado por la precariedad, el encarecimiento de la vida, la incertidumbre laboral y la falta de oportunidades.

En las calles, una nueva generación cuestiona las prioridades de gobiernos que destinan enormes recursos al armamentismo mientras los servicios públicos y la educación sufren las consecuencias de la austeridad. O, de mal en otro peor, les rebajan los impuestos a los más ricos y a las grandes empresas.

A esta indignación se suma la solidaridad con Palestina, convertida en una de las grandes causas de movilización juvenil internacional. Las manifestaciones contra la guerra y la destrucción de Gaza han puesto en cuestión la complicidad de los gobiernos, el comercio de armas y la distancia entre los discursos oficiales sobre los derechos humanos y las decisiones concretas de los Estados.

Al mismo tiempo, la crisis climática alimenta la protesta de quienes se niegan a aceptar que la defensa del planeta quede subordinada a los intereses económicos y a las industrias contaminantes.

El costo de la vida, la vivienda inaccesible y la precariedad laboral completan un cuadro de descontento que no puede reducirse a una simple rebelión generacional.

¿Estamos ante el comienzo de un nuevo ciclo de luchas juveniles en Europa y en Latinoamérica?

Es pronto para afirmarlo, pero las señales merecen atención. Cuando estudiantes y jóvenes salen a las calles para defender la educación pública, denunciar la guerra, exigir justicia para Palestina y reclamar medidas frente al calentamiento global, están poniendo sobre la mesa una pregunta política fundamental: ¿Quién decide las prioridades de nuestras sociedades y en beneficio de quiénes?

La respuesta no puede ser el silencio ni la represión. Una democracia que no escucha a su juventud termina alimentando la frustración que dice combatir.

La pregunta central es política: ¿De dónde salen los recursos para financiar el rearme y por qué la educación pública debe conformarse con presupuestos insuficientes?

Los estudiantes italianos han puesto sobre la mesa una cifra contundente: reclaman que los 13.000 millones de euros destinados al rearme y al gasto militar se inviertan en educación. No es una simple discusión contable. Es una disputa sobre las prioridades colectivas, la distribución de la riqueza y el tipo de sociedad que Europa quiere construir.

El Gobierno de Meloni representa, en este escenario, una expresión de la derecha nacionalista que reivindica el orden, la autoridad y la disciplina mientras las demandas juveniles cuestionan las consecuencias sociales de sus políticas.

Pero sería un error reducir estas protestas solo una oposición personal a la primera ministra. Lo que está en juego es más profundo: el derecho a una educación pública digna, la lucha contra las desigualdades y la posibilidad de que las nuevas generaciones participen en las decisiones que comprometen su porvenir.

También importa cómo se responde a las manifestaciones. Los incidentes registrados en algunas ciudades no deben ocultar las reivindicaciones de miles de estudiantes ni justificar que se trate a toda una generación como un problema de orden público. La protesta democrática exige responsabilidad, pero también exige que las autoridades escuchen.

Cuando las escuelas se deterioran y las oportunidades se reducen, la respuesta no puede consistir únicamente en reforzar la vigilancia policial o descalificar a quienes reclaman.

«¡Más plata para la educación, menos para armas!» es, por eso, mucho más que una consigna estudiantil. Es una interpelación a una Europa que habla de seguridad, pero que debe preguntarse qué significa estar seguros cuando faltan profesores, las familias no llegan a fin de mes y el acceso a una educación de calidad depende cada vez más de los recursos económicos.

No hay seguridad duradera sin derechos sociales, ni democracia sólida si los jóvenes sienten que su futuro se decide sin ellos.

Las calles italianas y francesas vuelven a recordar, con una fuerza inesperada, que la juventud no está condenada a la indiferencia. Cuando los estudiantes se organizan, ocupan sus centros educativos y marchan junto a otros sectores sociales o preparan paros generales, la política sale de los despachos y regresa al espacio público.

Frente a la Europa del rearme y la austeridad, levantan otra prioridad: invertir en los pueblos antes que en las armas. La pregunta que dejan a los gobiernos es sencilla y radical: ¿Qué futuro se puede defender con cañones si se abandona la educación que debería construirlo?

Leopoldo Lavín Mujica

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