El 18 de octubre fue un golpe a la cátedra. Nadie apostaba por el pueblo y ahí estuvo deslumbrando: movilizado durante meses, con marchas, barricadas y bailes, a lo largo y ancho de todo el país. No hubo conducción, pero sí una multiplicidad de organizaciones constituidas y miles que se constituyeron al calor de la lucha capaces de convocar en sus espacios territoriales e incluso se autoconvocaron a la marcha más grande de la historia contemporánea de Chile, con más de un millón de personas concentradas en la Alameda.
Se ha discutido bastante sobre las razones de la movilización: un movimiento antineoliberal de impugnación al régimen de los últimos 30 años; una expresión del hastío generado por las promesas incumplidas del sistema; una rabia en contra de la corrupción y las desigualdades. Puede que haya algo de verdad en todo ello. No hubo un momento de deliberación colectiva o espacio de síntesis – más allá de los cabildos ciudadanos – y sabemos que la opinión de las personas va cambiando a lo largo de los años: no es necesario que esté de acuerdo conmigo mismo, como diría el gran Carlos Caszely.
Lo cierto es que en la Revuelta Popular, como suele ocurrir en las revueltas, predominó la energía destituyente de lo existente, más allá del grado de conciencia detrás de la persona movilizada. Y las condiciones materiales son evidentes: profundas desigualdades donde el 1% de la población concentra más del 50% de la riqueza del país; altos niveles de endeudamiento, incluso para comer y estudiar; pensiones de miseria que no son suficientes para un nivel de vida digno; largas listas de espera para acceder a la salud; permanentes alzas en el costo de la vida, incluyendo tarifas básicas de luz, agua y transporte; dificultades en el acceso a la vivienda, incluso para las generaciones de jóvenes profesionales; entre otras situaciones que demuestran en la cotidianeidad que el sistema no funciona para las grandes mayorías del país.
Y esa energía destituyente que se expresó en las formas más creativas y destructivas sigue ahí. Y como toda energía, no se destruye, solo se transforma. Un primer intento de canalización fue el itinerario definido en el “Acuerdo por la Paz y la Nueva Constitución”, el cual fue impuesto en el contexto de la pandemia y que terminó con el plebiscito del 4 de septiembre de 2022. Un segundo intento, mucho más deslucido, fue el segundo proceso constitucional que se extendió durante todo el año 2023, allí la energía destituyente, contenida, sólo se expresó votando por los consejeros constitucionales republicanos, quienes tuvieron la mayoría del órgano constitucional.
Y el tercero intento de canalización ocurrió con la votación de Kast en las últimas elecciones presidenciales. Sin embargo, a menos de un año de gobierno ya se da por frustrado. Las malas cifras económicas, las falsas expectativas en materia de seguridad y las mentiras en políticas de migración y de recortes sociales han provocado una desafección meteórica. En 7 meses la aprobación es inferior a un 30% y las tasas de rechazo al gobierno a lo menos doblan a la población que lo aprueba.
Esta restauración pinochetista se ha expresado en una reforma tributaria hecha a la medida de los súperricos; una retórica de enemigo interno y un primer intento fallido de reformar la Constitución otorgando poderes omnipotentes al Presidente para declarar un estado de excepción constitucional de seguridad pública y también una retórica conservadora en materia de derechos de las mujeres y de derechos sexuales y reproductivos.
También tiene una expresión en la impunidad para los violadores de los derechos humanos, donde el discurso mezcla el indulto para responsables por crímenes de lesa humanidad durante la dictadura militar con el indulto a aquellos condenados por apremios ilegítimos y tortura durante la Revuelta Popular.
La energía destituyente de octubre de 2019 aún está en forma de rabia y frustración, almacenada al interior de los hogares, pero las medidas anti-pueblo aplicadas por José Kast podrían ser la chispa para encender nuevamente la pradera. Las juventudes a nivel mundial están saliendo a las calles en contra de las políticas neoliberales, por lo cual no se puede descartar que ocurra lo mismo en nuestro país solo por el hecho de que la Revuelta Popular no se expresó en un triunfo para el pueblo trabajador.
Tal como anunciábamos en la editorial del año pasado, Chile sigue en un periodo de interregnum, donde lo viejo no termina de morir y lo nuevo no termina de nacer. Si, como metáfora, señalábamos que 2019 era nuestro 1905, hay que prepararse para liderar un 1917. El viejo topo de la historia siempre vuelve a emerger para ver la luz del sol.
