Opinión

Con cartón y sin pega

En 2010, los universitarios eran 16% de la fuerza de trabajo; en 2024, 26,5%. Chile hizo bien en abrir la educación superior, pero la economía no creó empleos calificados al mismo ritmo. Y el costo lo pagan los jóvenes: estudian cinco o siete años, se endeudan y después pasan cerca de nueve meses buscando trabajo, según el INE en 2025. Muchos terminan en empleos que no usan su formación, o manejando un auto por aplicación.

Con cartón y sin pega

Por Patricio Medina Johnson

En Chile, uno de cada cuatro jóvenes de 15 a 24 años que busca trabajo no lo encuentra: la desocupación juvenil llegó a 24,6% este año, según el INE. Y estudiar ya no cambia el panorama. Entre los jóvenes de 25 a 29 años con título universitario, la desocupación llegó a 15% entre mayo y julio, una cifra que el exministro Harald Beyer calificó de inédita.

Se suele decir que estos jóvenes «eligieron mal la carrera» o que «les falta actitud». Pero los números apuntan a otro lado: los avisos laborales en Internet bajaron de 99,9 puntos en 2017 a 70,7 este año, y las vacantes para universitarios cayeron 17% hasta noviembre de 2025. No es un problema de vocación. Es un problema de demanda.

Hay más gente con título que puestos que lo pidan. En 2010, los universitarios eran 16% de la fuerza de trabajo; en 2024, 26,5%. Chile hizo bien en abrir la educación superior, pero la economía no creó empleos calificados al mismo ritmo. Y el costo lo pagan los jóvenes: estudian cinco o siete años, se endeudan y después pasan cerca de nueve meses buscando trabajo, según el INE en 2025. Muchos terminan en empleos que no usan su formación, o manejando un auto por aplicación.

¿Dónde están los buenos empleos?

Una parte de la respuesta está bajo nuestros pies. En el primer semestre de 2026, la minería fue 61,1% de lo que Chile exportó; solo el cobre, 50,1%, y el litio casi triplicó lo del año anterior. Sin embargo, seguimos vendiendo la materia prima y comprando afuera lo que se fabrica con ella: cables, componentes, baterías. Los empleos bien pagados de esa cadena, como ingeniería, metalurgia, diseño y manufactura, se crean en otros países.

La salida no es cerrar la economía, sino subir en la cadena de valor. Eso exige una estrategia de desarrollo, no solo buenas intenciones, y Chile tiene antecedentes: la Corfo, creada en 1939, impulsó la siderurgia, la electricidad y el petróleo. Una estrategia así tendría cuatro piezas.

Un país que forma a su gente y después no sabe qué hacer con ella no tiene un problema educativo. Tiene un problema económico: producir cosas que valgan más, aquí, con su gente adentro.

Primero, elegir dónde apostar, porque no se puede industrializar todo a la vez. En el norte, el cobre y el litio abren la puerta a cables, aleaciones, componentes de baterías y servicios de ingeniería para la propia minería. En el sur, la madera, la acuicultura y los alimentos pueden salir con más elaboración y menos como materia prima. La idea es crear polos regionales, con empresas y empleo cerca de donde se extrae el recurso.

Segundo, usar los impuestos como herramienta y no como regalo. Chile puede ofrecer impuestos bajos al capital extranjero que instale plantas aquí, pero a cambio de resultados: procesar en el país, contratar ingenieros y técnicos chilenos y transferir tecnología. Si la empresa no cumple, pierde el beneficio. Una rebaja sin exigencias solo entrega recursos.

Tercero, conectar universidades y empresas. Si los buenos empleos están en la ingeniería y la técnica avanzada, la formación debe apuntar hacia ahí, con prácticas, formación dual y centros tecnológicos en regiones. Así los títulos tendrían un destino y no terminarían en un cajón.

Cuarto, financiar con ahorro propio. Aquí aparece la pregunta incómoda: cómo se invierte el ahorro previsional. Los fondos de pensiones son la mayor bolsa de capital del país y pertenecen a los trabajadores. ¿Por qué no discutir, con transparencia, límites y resguardo de la rentabilidad, qué parte podría financiar proyectos productivos en Chile que generen empleo y crecimiento? Alguien dirá que tocar los fondos pone en riesgo las pensiones. Es un riesgo real, y por eso el debate debe hacerse con reglas claras. Pero evitarlo también tiene un costo: una parte importante del ahorro de los trabajadores financia empleos en otros países.

Un país que forma a su gente y después no sabe qué hacer con ella no tiene un problema educativo. Tiene un problema económico: producir cosas que valgan más, aquí, con su gente adentro.

Por Patricio Medina Johnson

Ingeniero comercial y magíster (c) en Gobernanza de Riesgos y Recursos, Universidad de Heidelberg.


Las expresiones emitidas en esta columna son de exclusiva responsabilidad de su autor(a) y no representan necesariamente las opiniones de El Ciudadano.

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