La campaña del terror de la derecha: historia de la intimidación mediática para no perder sus privilegios

“El uso del miedo ha sido una estrategia que la derecha y los grupos de poder han empleado por generaciones para mantener a las masas en estado pasivo para que no se conviertan en personas autónomas y dotadas de pensamiento crítico”

Escribe: Jorge Molina Araneda

Un editorial en El Diario Ilustrado, del Partido Conservador, firmado por Joaquín Díaz Garcés y publicado el miércoles 12 de mayo de 1920, señalaba: «Arturo Alessandri… es ambicioso y audaz. Por su raza es un italiano del Renacimiento. Por su estructura mental un caudillo a la sudamericana… No se conformará con la derrota moral del sistema político… si llegase a Presidente de la República ¡adiós instituciones! Las barrerá… y comenzará demasiado tarde para nosotros el régimen del cual salimos en 1830, el de los (Manuel) Estrada Cabrera, el de los Pancho Villa, el de esa clase de aventureros políticos que se han obstinado en salvar a los países de este desventurado continente, pero dejándoles en estado tal que no es posible salvarlos por segunda vez».

Alessandri Palma integraba las filas del Partido Liberal y en 1920 presentó su candidatura presidencial en representación de la Alianza Liberal, una coalición integrada por un sector de los liberales y por fuerzas políticas de una orientación progresista moderada como el Partido Radical y el Partido Democrático, muy influido este último por las ideas de avanzada de Francisco Bilbao y en el cual hasta 1912 había militado Luis Emilio Recabarren, luego fundador del Partido Comunista. Alessandri hacía un discurso favorable a las demandas sociales de los trabajadores y a introducir cambios institucionales que perfeccionaran la democracia. Su competidor era Luis Barros Borgoño de la Unión Nacional, cuyas fuerzas principales eran el Partido Conservador, el sector más derechista del Partido Liberal y el Partido Nacionalista, de escaso peso electoral y efímera existencia, pero por un largo período referente histórico indiscutido de la derecha radical.

El caso de Pedro Aguirre Cerda, candidato del Frente Popular, remitía a un texto que fue publicado también por El Diario Ilustrado el 8 de octubre de 1938, firmado por el senador Ladislao Errázuriz, el cual señalaba: «El triunfo del Frente Popular es sinónimo de revolución social inmediata y no puede terminar sino en una sangrienta tiranía. Los partidos burgueses que acompañan a los marxistas, son sólo la primera víctima de su acción parasitaria y corrosiva, la pantalla tras la cual preparan la absorción del poder y la instauración de la dictadura del proletariado (…) Los hombres pantallas, que ocultan, como en toda revolución, el avance arrollador de la jauría devoradora, emplean aquí -como en otras partes- su oratoria meliflua e insinuante para tranquilizar a sus conciudadanos. ¿No sabemos acaso que los próximos acólitos del candidato frentista, sus lugartenientes más caracterizados, han hablado ya, en plazas y teatros, que deben aplicarse los cuchillos para el degüello de los capitalistas y de las cuerdas que se están torciendo para colgar a los burgueses?».

El Frente Popular fue una coalición progresista integrada por los partidos Radical, Socialista, Comunista y Democrático, que en 1938 presentaba la candidatura presidencial de Pedro Aguirre Cerda, un radical moderado. Durante el período presidencial del Frente Popular, claro está, no hubo dictadura comunista, se fomentó la educación pública, se promovió la educación técnica e industrial; amén de desarrollar programas y políticas públicas para combatir la pobreza y fortalecer la salud pública, se creó la Corporación de Fomento de la Producción (Corfo) con el fin de promover la industrialización del país y que fue fuertemente resistida por la derecha en el Senado.

De acuerdo al historiador Rafael Sagredo:

Campañas de 1958 y 1964

Una nueva etapa en la evolución de las campañas del terror, ahora con un discurso bastante más sofisticado, y con las variantes propias de la época, se produjo a raíz de las elecciones presidenciales del año 1958, que enfrentaron a Salvador Allende y a Jorge Alessandri y, en especial, en la campaña presidencial del año 1964, en medio de un contexto internacional imposible de obviar como lo fue el de la Guerra Fría, y en la que compitieron Eduardo Frei Montalva y Salvador Allende.

En ambas elecciones los medios tuvieron una actuación determinante, pues se difundieron intensas campañas proselitistas en los periódicos y en las radios. Otro elemento inédito fue el financiamiento externo de las campañas políticas y, también, el uso de la televisión como elemento de propaganda.

Ejemplo de los contenidos y características de la campaña del terror del año 1964 son el uso de imágenes: al mostrarse a Fidel Castro dando instrucciones a Luis Corvalán, uno de los jerarcas del Partido Comunista de Chile, e integrante de la coalición Frente de Acción Popular que apoyaba a Salvador Allende. La prensa, tanto como la caricatura, mostraba a Fidel Castro como un elemento central y, por lo tanto, decisivo en la campaña de Allende y en lo que Chile llegaría a ser en el futuro en caso de triunfar el candidato de la izquierda.

La dimensión internacional, la Guerra Fría, se utilizó para animar y estimular la sensibilidad anticomunista que la campaña del terror traspasó a la sociedad como miedo al comunismo representado por Allende.

Se promovió un tajante contraste entre el “bien” y el “mal”, resultado de lo cual la elección de 1964 se presentó como un verdadero plebiscito entre libertad y tiranía; democracia y totalitarismo; garantías políticas (Frei) vs. opresión (Allende); progreso vs. decadencia; bienes, capitalismo y sociedad de mercado vs. confiscación, vejación y otra serie de calamidades.

La campaña del terror, la de Frei y de la derecha que entonces lo apoyó, se manifestó como una cruzada nacional, en pro de Chile, versus el candidato de la izquierda que obedecía los dictámenes del comunismo internacional; que se estaba vendiendo o entregando definitivamente a Cuba, China y la Unión Soviética.

La Guerra Fría jugó un papel determinante, se trataba de salvar a Chile del peligro comunista. A través de la prensa se desplegaron imágenes de fusilamientos en las que se preguntaba a los chilenos: “¿Es el paredón el futuro que quieres para tu padre, tu hermano, tu amigo?”, acompañado de un mensaje muy dramático, casi épico: “¡Faltan 22 días!”

Así se fue construyendo una imagen que pretendía provocar miedo a Allende y lo que este supuestamente representaba. Utilizando fondos internacionales proporcionados por agencias estadounidenses, se activó la sensibilidad anticomunista, creando una reacción emocional de temor a través de la prensa y de la radio. Se articuló un discurso en el que las representaciones potenciaban el miedo de la sociedad de masas, otro elemento fundamental en la década de 1960 y que implicó utilizar técnicas de persuasión. Se aprovecharon y difundieron estereotipos asociados al comunismo, imágenes que generaban un efecto social de terror. Acompañadas o reforzadas con preguntas dramáticas, juicios categóricos y opciones drásticas.

Los plebiscitos durante la dictadura cívico-militar

Nuevas versiones de la campaña del terror, ahora con el aprovechamiento de medios masivos de comunicación que como la televisión habían ampliado su cobertura, fueron las desarrolladas durante la dictadura de Augusto Pinochet a propósito de las consultas de enero de 1978, de 1980 y, en toda su magnitud, a raíz del plebiscito del SÍ y el NO del año 1988.

Para el plebiscito del año 1988, muy sintomáticamente, las únicas opciones posibles fueron un SÍ y un NO, con todo el significado que estas palabras tienen para el común de las personas. Para las fuerzas que apoyaban el SÍ y, por lo tanto, a Pinochet; el NO representaba el caos, la anarquía, el regreso a una época que todos repudiaban, y que no era otro que el pasado democrático del país asociado al régimen marxista de la Unidad Popular.

En los meses previos al plebiscito del 5 de octubre de 1988 circularon en Santiago y otras ciudades numerosos panfletos que muestran cómo se representó a la oposición a Pinochet. En uno de estos aparece el dirigente de las fuerzas democráticas por el NO, Ricardo Lagos, junto al comunista Luis Corvalán y a la “encarnación misma del mal” en esa época, el socialista Carlos Altamirano. Los textos son muy gráficos y no requieren mayor explicación: “Los marxistas controlan el NO. Socialistas, Comunistas, Miristas, Rodriguistas. La vieja y siniestra Unidad Popular. ¿Cree usted que esta es una buena compañía?”

Son frases, imágenes y representaciones dirigidas al electorado de centro y destinadas a provocar inquietud, real temor respecto de las fuerzas políticas, democráticas, que apoyaban la opción NO. Un intento por demonizar a la Concertación Democrática haciéndola aparecer poco “democrática” y nada de “confiable”. De ahí la interpelación a la ciudadanía: “Piénselo y decídase”, “aún es tiempo” de optar por el SÍ.

Avisos propagandísticos en el que la opción NO se representa como el caos, las colas, los desórdenes, la demagogia, la inflación, el estatismo, las tomas, las intervenciones y el desempleo, todos, además, equivalentes a una bomba. Mientras que la alternativa SÍ a través del verde esperanza y el orden, ambos frente a una familia que debe tomar su decisión, fueron ideados y difundidos a través de la prensa por los partidarios del SÍ. Al igual que por medio de panfletos en los que se ofrecía una brutal contraposición entre ambas posturas.

En otra representación de la opción NO, los partidarios del régimen de Pinochet, muestran a sus opositores, la Concertación Democrática, asociados con la violencia, deformando su eslogan, “La alegría ya viene” a través del uso de una bomba y la alusión al gobierno de la Unidad Popular. Naturalmente la opción NO se mostró entonces asociada a todo tipo de palabras de connotación negativa, en un intento que, finalmente, resultó inútil, por desprestigiar esa postura.

¿Y cómo reaccionaron los opositores de Pinochet ante una campaña que por lo demás ya llevaba años? A través de la esperanza representada por un arcoiris, con un eslogan de campaña optimista como el de “la alegría ya viene”, y del humor como estrategia para enfrentar el miedo y contrarrestar la campaña del terror oficialista.

El NO ofreció el arcoiris, y una refrescante y positiva visión de futuro en caso de que la ciudadanía optara por la Concertación. Utilizó el sarcasmo, la ironía y en definitiva el humor para menoscabar la imagen de un Pinochet que no ofrecía muchas garantías de respetar la voluntad ciudadana. Por eso se le mostró, como lo hizo una de las caricaturas de Guillo aguda e ingeniosamente, afirmando: “si no arrasamos, arrasamos”.

La historia muestra que el miedo como instrumento de la lucha política chilena se encuentra en lo esencial asociado al temor de la derecha, a su desesperación frente a un futuro que aprecia como una fatalidad, también a una reacción motivada por su propia angustia ante el cambio y la pérdida del poder y de la cual también participan sectores de clase media. Frente a lo que se percibe como amenaza se ha creado un enemigo interno y un escenario crítico de no optar la sociedad por sus criterios, posturas y preferencias electorales. Pronóstico que, una y otra vez, las experiencias de las última décadas y ante los más diversos temas, muestran fallido.

Por otra parte, para la campaña presidencial de 2009, que dio por primera vez la victoria a Sebastián Piñera, una poderosa alianza entre sectores conservadores, ONG funcionales y la crónica roja de los canales de televisión, uno de ellos insólitamente de propiedad del propio Piñera, inoculó en la población el miedo a la delincuencia, a pesar de que, por ejemplo, Santiago era, según los datos duros, una de las ciudades grandes menos peligrosas de América Latina. Fue la época del chiste de Bombo Fica donde decía que su abuelita que vivía perdida en el campo, de tanto ver televisión, le tenía pánico a los portonazos, con el detalle que no tenía auto y tampoco portón. Fue también el tiempo donde el entonces candidato Piñera ocupó los medios de comunicación y los letreros camineros con una elocuente frase: “Delincuentes, se les acabó la fiesta”. No fue el único factor, pero el miedo favoreció a quien terminó ganando la elección.

Para los comicios de 2017 otra poderosa alianza entre sectores políticos conservadores, algunos de Chile Vamos y otros de la Nueva Mayoría, más nuevamente los canales de televisión, plantearon que de ganar Alejandro Guillier Chile iniciaría un proceso de deterioro hasta convertirse en Venezuela. Ahí se acuñó la palabra Chilezuela, que produjo temor en la ciudadanía.

Ahora bien, la campaña electoral de las últimas elecciones presidenciales en Chile también fue un reguero de noticias falsas y campañas de odio contra Boric, articulada y financiada en gran medida por fundaciones de Atlas Network que operan en Chile; entre ellas destacan Nueva Mente, Fundación para el Progreso (FPP), Libertad y Desarrollo e Ideas Republicanas, defensoras del pinochetismo, que están muy presentes en medios y en redes a través de youtubers y bots.

El ultraconservador Kast triunfó en primera vuelta; no obstante el estallido social y su reclamo de cambios estructurales. Kast es  defensor del rechazo a cambiar la Constitución fraguada en la dictadura, ya que durante su etapa universitaria fue el portavoz juvenil de la campaña del Sí por Pinochet en 1988. El excandidato es católico practicante dentro del movimiento alemán Schönstatt, también tiene vinculación con la organización ultracatólica Hazte Oír, y con el partido al que patrocina Vox a través de la Carta de Madrid, que articula una red internacional con otros firmantes como Javier Milei (Argentina), Bolsonaro (Brasil), Arturo Murillo (ministro del gobierno golpista boliviano de Jeanine Áñez, detenido en EE.UU. por soborno y blanqueo en la compra de armas), Fernando Donoso (exministro de defensa de Ecuador con Guillermo Lasso), Jorge Montoya (militar retirado peruano que apoyó el golpe de Fujimori y amenazó con un golpe militar si no se reconocía el fraude electoral en las últimas elecciones), María Fernanda Cabal (uribista vinculada al narcotráfico y grupos paramilitares colombianos, defensora del Coronel Mejía, condenado por decenas de asesinatos de civiles falsos positivos), Alejandro Chafuen (director de Atlas Network durante 17 años) y un largo etcétera.

Por otro lado, Gabriel Boric fue acusado falsamente por Kast y sus seguidores de ser drogadicto, maltratador de animales, terrorista callejero, financiado por Hamas y Hezbollah, ladrón de supermercados, relacionado con el narcotráfico, etc.

La red de fundaciones implicadas con Atlas Network está financiada por algunas de las mayores fortunas y empresas de Estados Unidos, como la familia Koch, Exxon o Philip Morris, con el objetivo de intervenir en las democracias de terceros países. Fue creada durante el Gobierno de Reagan y defiende los principios del libre comercio y las teorías desarrolladas por Milton Friedman de reducir el Estado a la mínima expresión, la privatización de todos los servicios y la apertura de capital extranjero para explotar los recursos estatales. Estas medidas fueron aplicadas en la Operación Cóndor, con la participación de la CIA y del Gobierno de Estados Unidos. Con estos fines se procedió a la creación de la llamada Escuelas de las Américas que Estados Unidos levantó en la zona del canal de Panamá y otros distritos militares localizados al sur del territorio norteamericano. Todos estos militares fueron formados en técnicas de tortura y represión contra la población bajo la doctrina de la seguridad nacional y la lucha contra la subversión comunista. Una vez instalados como gobernantes de facto, secuestraron, torturaron y asesinaron a cientos de miles de civiles. Entre los 83.000 estudiantes que pasaron por sus aulas se encuentra el propio Augusto Pinochet, los argentinos Rafael Videla, Leopoldo Galtieri y Roberto Viola, el boliviano Hugo Bánzer, el salvadoreño Roberto D´Aubuisson, el panameño Manuel Noriega, el guatemalteco Efraín Ríos Montt, los venezolanos Efraín Vásquez y Ramírez Poveda, los hondureños Romeo Vásquez y Luis Javier Prince Suazo, el colombiano Jaime Lasprilla, el peruano Vladimiro Montesinos, el paraguayo Stroessner, el uruguayo Seineldin y el nicaragüense Anastasio Somoza.

Una de las fundaciones con más repercusión fuera de Chile es la Fundación Para el Progreso, dirigida por Axel Kaiser, hermano de Johannes Kaiser, de Leif (creador de la Asociación chilena del rifle) y de Vanessa, concejala del partido republicano y directora del Centro de Estudios Libertarios.

Sergio Melnick, ministro de Pinochet, es muy activo en redes sociales y en medios de comunicación, y suele ser el primero en lanzar la mentira y el insulto del día.

Teresa Marinovic, por su parte, salió a relucir cuando el joven de 16 años lanzado por un carabinero desde el puente al río Mapocho quedó en coma, preguntando cómo estaba el chico que estaba haciendo natación en el río.

Marinovic y Melnick, junto a Kast, hicieron una campaña con el HT #RechazoTuTongo, donde decían que el joven se había tirado solo.

Seguramente la fundación más ultra es Ciudadano Austral. No solo por difunde profusamente contenido de Vox, fundación Disenso o la Gaceta, sino que ha editado el libro La Nueva Derecha, junto al Centro de Estudios Libertarios de Vanessa Kaiser, con prefacio de Agustín Laje y Alejandro Chafuen y reseñas de Abascal. Lo más llamativo es que organiza charlas sobre Pinochet a cargo de Mauricio Schiappacasse, autor de los títulos Augusto Pinochet: el reconstructor de Chile y Augusto Pinochet, un soldado de la paz.

El uso del miedo ha sido una estrategia que la derecha y los grupos de poder han empleado por generaciones para mantener a las masas en estado pasivo para que no se conviertan en personas autónomas y dotadas de pensamiento crítico. Lo hacen bajo la creencia de que la gente común es ignorante e ingenua, tomando en consideración lo que decía el Ministro de Propaganda del Régimen Nazi, Joseph Goebbels: “Una mentira mil veces repetida, se convertirá en verdad”. La nueva institucionalidad y la democracia protegida del fundador de la UDI, Jaime Guzmán, es un claro ejemplo al respecto. Sin embargo, la derecha y los grandes grupos de poder  olvidan que los tiempos han cambiado y que la masificación y sofisticación de las tecnologías y las redes sociales han roto todo tipo de barreras para la circulación de información. Lo mismo ha contribuido a que la gente ya no sea tan ingenua como antes, y se haya empoderado cada vez más en su proceso de concientización para adquirir autonomía, exigir derechos y reafirmar sus deberes dentro de la sociedad. Es de esperar que la ciudadanía haya aprendido la lección y, por ende, no caiga en las garras de la campaña del terror con miras al plebiscito constitucional del 4 de septiembre.

 Autor: Jorge Molina Araneda


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