Escribir poesía hoy, ¿para qué?

Cuando se descubren las condiciones que el Poder impone, ¿para qué escribir? ¿No pierde, la palabra, ese valor de piedra lanzada con rabia? Escribir para recitar en un escenario del under porteño o para estar en una gigantografía en las librerías de la Avenida Corrientes no es muy estimulante, al menos, como fin en sí. ¿Escribir con fecha de vencimiento? Ceci n’est pas escribir. ¿Escribir, entonces, como manera de darle sentido a la impotencia?

gus
Ilustración: Virginia Torres Schenkel

Gustavo Yuste nació en 1992, en la Ciudad de Buenos Aires. Estudió Comunicación en la UBA y es editor y cofundador de la revista La primera piedra. Editó su primer libro en septiembre del 2015, Obsolescencia programada (Eloísa Cartonera).

Este libro es una joyita. Y el diminutivo es por lo breve, por supuesto. Brevedad, digo, de cada poema y del poemario en totalidad. Y no cualquier brevedad, sino la que es lujuria del pensamiento.

Y ahora, ya sin prolegómenos: esa es la gradeza del escritor, es decir, la palabra descarnada, despojada de oropeles, con un esqueleto vibrante; la palabra cargada de significado para describir precisamente la falta de significado. Y no obstante, emotiva, muy emotiva.

La elección de Yuste es por la sencillez: verbos en presente, infinitivos, algún que otro gerundio (a veces falta el verbo principal, como una sangría del predicado). Pocos adjetivos y simples. Algunas estampas de fuerza visual pregnante. Varios sustantivos abstractos y la reverberación de las cosas comunes del mundo común, una mezcla de registros, que junto con la elipsis y la sinécdoque, constituyen un estilo elusivo que se experimenta, como la adherencia del tedio a los objetos —la superficie que se señala y el lector debe definir porqué—.

El lector no se va a encontrar con eyaculaciones sobre el teclado y declaraciones de estudiante de Filo y Letras. De eso ya hay suficiente en la poesía contemporánea.

En realidad, el lector se va a encontrar con una ausencia. Yuste indica, pero no explica. Piensa, ilumina un sector de la realidad, acá y allá, pero no te dice la conclusión. Ese es problema tuyo —nuestro—. Y entonces te descubrís—nos descubrimos— con la necesidad estimulante de contribuir a la escritura del escritor. Los intervalos, intersticios, como decía Cortázar. Lo terrible, antes y después del momento, antes y después del juego.

También el lector se va a econtrar un «yo» que lucha contra sí mismo, que se desdobla en una virtualidad que es un «nosotros» enfermo. Un camino de autocompasión, reflexión y cinismo que no queda muy claro hacia dónde lleva, pero permite un recorrido, la promesa de Ariadna —aunque no sé si cabe hablar de «promesa», que es una linda palabra, pero que acá no tiene mucha cabida—.

Por lo demás, se ha hablado bastante del «fracaso» como tono de época. Y uno podría rastrearlo en el libro de Yuste, no obstante, pienso que hay un sentimiento más fuerte todavía, que es, precisamente, la falta de promesa y, por lo tanto, la imposibilidad lógica de un fracaso.

Uno percibe una desesperación estática, dientes gastados por la tensión informe: un «yo» que identifica lo incoherente y lo dañino en la realidad, pero que está imposibilitado para asumir la acción, porque, como decía al principio, es consciente de lo desmesurado de pretender cambiar las cosas cuando se entiende cómo funcionan. ¿Para qué? Tampoco hay «espera», no estamos ante una víctima de la espera. Es otra cosa.

¿Impotencia es? En cierto modo, sí; sin embargo, Yuste asume la palabra y hace mover la voz. «La escritura es un arma potente para entender la realidad», me dijo. «En mi caso particular, he podido entender más o sobrepasar momentos luego de escribir un poema y, sobretodo, de leer a otros autores», agregó esa vez. Finalmente, dejó en claro: «Contemplar y entender la realidad, con sus incoherencias, es una forma de acción y reacción».

Ángulos de la realidad que brillan, que Yuste hace brillar: lo interrumpido, lo disuelto antes de tiempo, lo que no fue, lo que se consumió a sí mismo, las victorias a medias, la propiedad virtual, un foco, en resumen, sobre las cosas que transcurren. «Crecimos en un mundo que tenía otro ritmo. Nos criaron valores, creencias y costumbres que entraron rápidamente en desuso. Ya no se piensa el tiempo ni las distancias con el mismo parámetro. Nadie podría esperar cinco días a que llegue una carta, por ejemplo», comentó Yuste, quien se detiene ahí, para pasar el dedo sobre la superficie de ese tiempo.

Y lo hace con una ruptura de la causalidad y un tono de observación crítica, que no es, como él mismo dijo, «apocalíptico ni integrado», pero sí es melancólico, como casi cualquier actitud honestamente reflexiva. Y produce cierto extrañamiento que es como si, en definitiva, dejara la realidad en cuarentena.

Después, está la actitud esperanzadora de quien escribe, del «yo» que apela a un «tú» y, en el proceso, busca, acaso, expandir los límites de la comunicación y del mundo, motivo suficiente para encarar la tarea artística con la esperanza que demanda. Por lo demás, en Obsolescencia programada también queda el tema del amor.

No, no es impotencia, es otra cosa.

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