La novela terrígena y La Cuadra

La novela terrígena

Mario Verdugo

Pequeño Dios Editores

Uno de los desafío más bravos para un escritor es generar un habla propia; la originalidad parece clausurada. Verdugo construye un zombie discursivo, un esperpento que arrastra el imaginario de la provincia chilena en forma de estructura repetitiva que puede tornarse de referencias cultas y pop para avanzar y conocer los límites de la subversión territorial.

“Parcela kim gordon sin número: amores podados, rasantes, autoadhesivos, zumbando en la galería y el corredor”

La parodia desatada permite un trabajo de antropología literaria, pistas de un relato vencido.

Nombres de escritores sepultados por la generación del 50 y su razón metropolitana, diríamos, acercándonos a Marcelo Mellado.

“Amigo es el mejor amigo de los descendientes de luis durand”

“Amigo es el legítimo albacea de rafael maluenda”

Y sin escalas pasar a la explosión de la imagen, que detonan como bombas inesperadas en el efecto distractivo de las referencias de un Borges tierra adentro o en la sonoridad de los nombres propios (la perra Originaria, juan raro, entre muchos otros) :

“La serie que redactaba exagerando de veras, como un villano que dejara escapar un puñado de arenas azules”

Verdugo traza las propias proyecciones de un camino alternativo a la razón metropolitana, superando Santiago, dribleando Europa, Estados Unidos: Un cohete conejeando desde la provincia hacia otro tercer mundo. Chile profundo como una provincia de Asia, lo desconocido como una provincia de Chile.

“Su esplín mundonovista, desde El Galpón hasta las pléyades, desde Conti hasta indochina e intermedios”

Si efectivamente existiera una voluntad de reescribir la provincia, -que en cada living vive una realidad mediatizada a partir de una televisión de programas absurdos de todos lugares del mundo, unas pantallas de computador a las que se puede tener conocimiento superficial en referencias cultas, unas universidades para volverse academicista y olvidar el habla de la tierra-, la novela terrígena estaría debatiéndose entre la broma desatada y el acierto feroz.

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La Cuadra

Reflexión Urbana

Marco Chandía

Ril editores

Esta es la segunda edición de este libro, que operó como una bisagra. Antes editado al borde de la denominación de Valparaíso como Patrimonio Mundial de la Humanidad, nos da un acabado viaje por el Barrio Puerto rescatado de la oralidad y su jerga. Este acontecimiento que marca la ciudad y sus proyecciones ha generado dos discursos entre la intelectualidad porteña: subirse al carro de la victoria que siempre está partiendo (escribiendo libros sobre cualquier cosa que pase por patrimonial) o caer en un discurso periférico. Una idea tan estricta de patrimonio siempre da posibilidades de fortalecer los relatos subalternos y permite agudizar las contradicciones. En estos años han aparecido libros como “Valparaíso de la Cintura hacia arriba”, de Patricio Aeschlimann, “Valporno” de Natalia Berbelagua y “Canciones punk para señoritas autodestructivas” de Daniel Hidalgo; quizá sin la pomposidad de vivir en un puerto de migrantes (antes) y de turistas (hoy) esta producción no se hubiese generado. Quizás.

Valparaíso y su extensión no es todo patrimonio, sino ciertos sectores, y el que mejor representa la línea difusa es el Barrio Puerto. Un lugar patrimonializado pero decadente, en que convive la memoria y la bohemia, la prostitución y la pertenencia, y que Chandía relata con arrojo en la primera y última parte de este libro, además de establecer diálogos con autores claves en un imaginario del posible Valparaíso popular: Juan Uribe Echeverría, Manuel Rojas, González Vera, entre otros. Da pistas para hundirse en un imaginario sub utilizado.

Resulta lúcido el análisis de la brecha social que ha acompañado a Valparaíso en su años de mayor riqueza, números que permiten silenciar la pobreza, porque de ella no existe relato.

Especial valor tiene la transcripción cruda del discurso de los habitantes del barrio puerto, los que crecieron en su seno y la conciencia de que esos años no volverán por más que hundirse en esas calles sea una aventura antropológica de estudiantes y turistas de fin de semana.

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Por Cristóbal Gaete Araya

Grado Cero

El Ciudadano Nº143, junio 2013

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