Durante años, Irán ha sido presentado como uno de los países más afectados por la crisis hídrica en Medio Oriente. Sequías prolongadas, embalses en mínimos históricos, ríos desaparecidos, tormentas de polvo y una creciente desertificación han marcado la última década. La escasez de agua se convirtió en un problema estructural, con profundas consecuencias económicas, agrícolas y sociales, hasta el punto de provocar protestas ciudadanas en varias provincias.