A la caza de las palabras

A miles de chilenos y chilenas que sufrieron el horror de la barbarie desatada, la literatura los salvó de la locura. Dentro y fuera de Chile.

Por Wari

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Por Odette Magnet

En una conferencia sobre José Donoso, en octubre de 1994 en Santiago [de Chile], José Saramago dijo que “estamos hechos de palabras. Hasta el silencio necesita la palabra que lo diga. Nacemos e inmediatamente comenzamos a escuchar los sonidos y a aprender cómo se articula la palabra entre ellos. Rompemos el silencio del cerebro con las primeras palabras que pronunciamos.”

Y agregó que “sólo mucho más tarde descubriremos que las palabras son en sí mismas, música. Comprenderemos más tarde aún, que un libro es como una partitura, y finalmente que el habla es como una melodía ansiosa e inagotable.”

Terminada la dictadura, nos pusimos a cazar palabras, las nuestras, las propias, amordazadas, abandonadas en el olvido, humilladas en la tortura o arrojadas al exilio. Nos propusimos rescatar nuestra identidad como personas, primero, y como patria arrebatada, después. Nos sacudimos el miedo al amanecer y durante muchas noches, en medio de la soledad y las sombras, enterramos el terror, la traición, el amor abortado, la familia que se hizo trizas, la derrota, la promesa rota.

Comenzamos a amasar la democracia. Al son de las palabras, con dedos torpes, más bien vacilantes. La fuimos armando como si se tratara de un enorme rompecabezas de miles de diminutas piezas en medio de un paisaje desconocido. Con la barbarie pegada a la piel, marcados por la urgencia, el anhelo profundo de dejar atrás los tiempos del cólera, de rescatar nuestras voces, aclarar la garganta, levantar la mano. Nos mirarnos al espejo tanto tiempo empavonado. Y nos sorprendimos de estar vivos y, luego, abrazamos la memoria y la esperanza en sucesivos brindis. Por si acaso, apagamos una vela como si bastara un soplo para borrar la pesadilla.

En el intento, no pocos periodistas cruzamos hacia la vereda de la literatura. No lo dijimos así, pero era una forma de decir presente y, al mismo tiempo de desembarazarnos de las reglas y códigos del periodismo tradicional. Nos aferramos a la fantasía de las palabras como si éstas fueran una tabla en pleno naufragio. Novelas, cuentos, obras de teatro, poesía, ensayos, lo que fuera. Todo suma, todo sirve. Acalambrados, a tientas como en una pieza oscura, con aleteos torpes, al comienzo, tímidos. Pero un día cualquiera, como son todos los días, constatamos que habíamos parido textos robustos, vigorosos, libres de censura y temores.

En la palabra -hasta ayer subversiva, peligrosa- nos reconocimos. Escuchamos sus ecos y descubrimos, como Saramago, que habíamos creado música y cientos de partituras.  En grupo o a solas, nos atrevimos a levantar la vista hacia el cielo para imaginar, para expiar culpas y compartir dolores, para reanudar, para considerar, para echarnos a andar en busca de algo parecido al futuro.

A miles de chilenos y chilenas que sufrieron el horror de la barbarie desatada, la literatura los salvó de la locura. Dentro y fuera de Chile. En Londres, un grupo de mujeres latinoamericanas, entre ellas varias chilenas, formaron hace más de diez años un taller de escritura. Son hijas del exilio, profesionales jóvenes de izquierda, que dejaron Chile tras el Golpe. Algunas fueron detenidas y brutalmente torturadas. Abandonaron sus tierras -solas o con familia- en medio de la premura y la incertidumbre. Atravesaron aguas turbulentas, capearon tormentas y llegaron a orillas desconocidas con la esperanza en una mano y la memoria en la otra. No han regresado a vivir a Chile.

Con el transcurso de los años, aprendieron el idioma, se integraron a la sociedad, plantaron su bandera. Hicieron de Inglaterra su segunda patria. O la única. La dictadura chilena las marcó a fuego y, sin embargo, lograron -con mucho esfuerzo y una férrea voluntad- derrotar a la miseria humana para dar paso a la creatividad y el talento. Fue un aprendizaje lento, colectivo, pero también muy personal. Adoptaron la palabra como su arma más poderosa, y hasta hoy comparten el placer de contar cuentos, algunos desnudados bajo la cruda luz de la realidad; otros protegidos por la ficción. Qué importa, lo importante es que estén bien contados.

En el 2016, seis de ellas publicaron el libro Maravilladoras, navegantes del Támesis: cuentos y otras narraciones (en inglés y español). En su testimonio, María Eugenia Bravo-Calderara, docente universitaria, relata el inicio del exilio con su hija Isabel, de cuatro años, a bordo de un avión sueco. “Fue una partida gris pues sentía en ese momento una gran dosis de culpa. Atrás quedaban los que resistirían y lucharían contra la dictadura de la junta y yo no iba a estar con ellos.” Más adelante, recuerda: “En la nave reinaba un silencio sepulcral. Nadie hablaba con nadie. Cada pasajero iba inmerso en su propio mundo interno que adiviné era más oscuro que claro. La mayoría eran hombres, aunque también viajaban algunas mujeres.”

En su billetera sólo lleva cien dólares, una donación de Elena Caffarena.

Al llegar a Heathrow, solicita asilo político al tiempo que muestra la abundante documentación proporcionada por el CIME (Comité Intergubernamental para las Migraciones Europeas). Después de largas y tensas horas, mucho papeleo, consultas telefónicas, idas y venidas del funcionario, se le concede. Es el 11 de septiembre de 1975. Isabel le dice: “Me gusta este país. Es mágico, mamá.”

Madre e hija son conducidas a un hotel pequeño en Londres. Pese al cansancio, ambas salen a dar un breve paseo por la cuadra. Por primera vez caminan por las calles adoquinadas, lustrosas, por la lluvia recién caída. Encima de sus cabezas, cielos revueltos de colores indefinidos, grises, azules y violetas que no se deciden nunca. El aire huele a café, curry, azafrán, tabaco y lavanda. Una mezcla de todo, como es Londres, descubriría más tarde.

Entre los relatos está el testimonio de otra chilena, Consuelo Rivera-Fuentes, detenida en la Primera Comisaría de Carabineros de Concepción, en Chile. “Una mujer joven muy delgada, vestida de negro llora en silencio; la mirada baja, los mocos corriendo incontrolablemente por los labios y el mentón; sus largos dedos rotos uno por uno cuando descubrieron que es pianista.” También está Fernando, “un amigo campesino que vino a la marcha, tiene las púas de sus propias espuelas que había traído a reparar, marcadas en la cara. Mira a los soldados con una repulsión y determinación profunda y casi suicida.”

La pesadilla no tiene tregua. Un grupo de mujeres son trasladadas a la cárcel de mujeres El Buen Pastor, en Concepción. La misma narradora y víctima, escribe: “‘Ahora es el momento de conocer la parrilla’, alguien me susurra en la oreja y se ríe dejando un rastro de saliva en mi cara. Me desnudan completamente. Mi corazón es un enorme tambor en mi cuello (…) Siento la primera descarga y muerdo algo que han puesto entre mis dientes; una almohada ahoga mis gritos y respiración.”    

Las navegantes, como tantos y tantas, se aferran a las palabras como si fuesen una tabla de naufragio. Poco a poco, al vaivén de la ola, va creciendo el coro de voces en esa melodía ansiosa e inagotable que describe Saramago.

Por Odette Magnet

Columna publicada originalmente el 1 de diciembre de 2022 en La Mirada Semanal.


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