Apruebo, sencillamente

Esta Constitución que se propone es bella, bien escrita, clara, exhaustiva (menos mal), abierta y chi-le-na (había que decirlo).

Por Wari

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Chile / Columnas / Política

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Por Cristián Vila Riquelme

El universo político se basa en la fuerza, eso ya se sabe –y por supuesto en el cálculo y en la astucia–. Pero no se puede dejar de pensar en el viejo Aristóteles, tan mal citado hoy en día, cuando hace desembocar naturalmente (él lo dice) su Ética nicomaquea en su Política. Eso quiere decir que la utopía aristotélica nos dice que la política no puede dejar de afirmar, antes que nada, su necesidad o su imperativo ético. ¿Utopía, candidez, ingenuidad, mala fe? Todo lo que ustedes quieran. Ninguno de nosotros podría apropiarse de tamaña certeza (y empresa), pero, aquello indudablemente importante es que Aristóteles termina su Ética con un llamado a la Política, esto es, a la Politeia, aquello que se ocupa de las cosas de la polis (de la ciudad).

Ahora bien, de todo eso, ¿qué conclusiones o, más modestamente, qué interrogantes nos planteamos hoy en día frente al suceder político y social de nuestro país? Está claro, creo, que lo tensional (como siempre) tiene envergadura obvia frente a lo dialogante. El viejo conflicto heracliteano frente a lo Uno parmenideano, es decir, el movimiento frente a lo permanente. No nos engañemos. Ese viejo dilema sigue aquí, hoy más que nunca, traducido (o encarnado) en los que defienden la inamovilidad de sus privilegios y robos y estafas, frente a los que están por los cambios y por el estar vivos, de alguna manera concreta, hic et nunc.

Es ya una repetición o incluso una redundancia, claro está, hablar de las mentiras, la mala fe y la ignorancia de la derecha chilena. Porque, también es obvio, no podemos hablar en términos generales, de la estupidez. No son estúpidos, eso lo sabemos. Aunque sean ontológicamente pelotudos, son astutos y saben utilizar apropiadamente el cálculo. Y es eso lo que hay que tener en cuenta. Porque así se han conducido siempre, desde que se apropiaron de la fundación de la república de Chile. Dejando de lado (¿se podría, si acaso?) la total pertenencia a la “fronda aristocrática” de la que hablaba Jaime Eyzaguirre alguna vez, y que se caracteriza por su canibalismo, también ontológico, parece. Digamos que, cuando están desesperados, se olvidan de lo que sea y se van por el lado de lo que podría ser, sea aquello porfiadamente, aunque todo eso se defina en la delincuencia y “terrorismo” dirigidos, medias basados en la mentira más descarada, gente hablando con seguridad de lo que no saben (y siendo desmentidos in situ en la TV, por ejemplo), otros utilizando su procesador de texto para saber cuántas veces se repite una palabra o concepto, aquellos, sencillamente, llorando a gritos por el apocalipse now, que supone la mínima autonomía deseable en una sociedad decente y solidaria.

Chile hoy es el país no de las contradicciones, sino que del oxímoron, orquestado por los medias vendidos a quienes ya sabemos, es el país de la absoluta falta de vergüenza frente al descaro, incluso, podríamos decir, concedámoslo, Chile es un país frágil (por eso aún lo quiero), del que se aprovechan los descarados de siempre. ¿Qué quiere decir, por ejemplo, esa estupidez del Rechazo con amor? Más aún, ¿qué quiere decir el Rechazo para reformar, cuando está claro que usted no puede reformar lo que está rechazado? ¡Oh, Dios! Por eso decía al principio de este artículo que hay cosas que están en lo repetido, pero parece que hay que repetirlo hasta la saciedad. Tenemos una oportunidad absoluta. Por eso.

Creo que tenemos que tener en cuenta que, dado que lo que se define el 4 de septiembre es Apruebo o Rechazo (y nada más), lo lamentable y tristemente ridícula que ha sido la campaña de la derecha, incluidos sus “amarillos” y sus “ex concertacionistas” y los que ustedes quieran, porque una cosa es tener dudas legítimas sobre el texto propuesto para una nueva Constitución, y otra cosa es tener la postura del miedoso, del cabrón o del vendido. Eso sólo existe en los que no han leído el texto o, peor aún, en aquellos que lo han conocido de oídas. “Me contaron, me dijeron que, alguien dijo por ahí”, son las cosas que se escuchan hoy, y que no sólo dan vergüenza, sino que, de algún modo, le dan la razón a ese “amarillo” que se indignó porque se estaba imprimiendo y distribuyendo la nueva Constitución, dado que, ¿por qué había que gastar plata nacional en gente que no sabe leer y que, además, es estúpida? ¡Oh, Dios! de nuevo, y eso que soy increyente… Pero no fuimos nosotros quienes rayamos la cancha del proceso. Fueron ellos. Entonces, es evidente, si perdieron el plebiscito de entrada y si perdieron todo lo importante ¿qué más pueden hacer sino que tratar de deslegitimizarlo todo? Vieja táctica y vieja conocida. El vómito, también (era que no), suele ser más que conocido.

Esta Constitución que se propone es bella, bien escrita, clara, exhaustiva (menos mal), abierta y chi-le-na (había que decirlo). Con una Constitución así, abierta a todas las reformas que sean necesarias, diciendo que un país son muchos países, que el Estado es solidario, está claro que esta es una Constitución que de verdad propone que este país sea la oportunidad del encuentro en la diversidad, de la unidad en la diferencia, y de eso que somos en toda su magnitud y respeto. APRUEBO.

Por Cristián Vila Riquelme

Doctor en Filosofía Université de Paris-Sorbonne I. Profesor Asociado Universidad Central Sede La Serena. Ex Catedrático ULS. Profesor Escuela de Cine de Chile

Algarrobito, agosto 25 2022


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