Cambio Climático y Derechos Humanos: Urgencia intergeneracional

"El cambio climático repercute de manera global sobre las condiciones de vida material de cada una de las personas que vivimos en este planeta y en el pleno ejercicio de nuestros derechos humanos. Sin embargo, los efectos de la contaminación y el cambio climático no han sido los mismos para todas y todos..."

Por Mónica Salinero Rates, PhD en Ciencia Política, Socióloga, Académica y docente universitaria, coordinadora del Observatorio de Juventudes y DDHH; y Nicolás Muñoz Godoy, estudiante de Magíster en Ciencia Política y Relaciones Internacionales, investigador del Observatorio de Juventudes y DDHH.

Este 24 de octubre se conmemoró el Día Internacional Contra el Cambio Climático, pero esta vez, tras solo dos meses de que miles de científicas y científicos hayan confirmado el origen humano y la intensificación, rapidez y generalidad del cambio climático y, lo más importante de este fenómeno, sus efectos irreversibles sobre los ecosistemas terrestres y marinos del planeta.

En agosto entregaron el Informe del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPPC), impactando de tal modo al mundo que para el 8 de octubre del 2021, el Consejo de Derechos Humanos de la ONU reconoció el derecho a “un medio ambiente sin riesgos, limpio, saludable y sostenible como un derecho humano importante para el disfrute de los derechos humanos” (Resolución A/HRC/48/L.23/Rev.1) y resolvió la creación de una Relatoría Especial para monitorear los derechos humanos en contexto de cambio climático (Resolución A/HRC/48/L.27). Pero, ¿cuál es el vínculo entre el cambio climático, su irreversibilidad, y los derechos humanos?

Si bien a primera vista no parecen tener una relación estrecha, menos para un país como Chile, marcado por la vulneración sistemática de los denominados derechos humanos de primera y segunda generación (derechos civiles y políticos), lo cierto es que el vínculo entre los efectos del cambio climático y los derechos humanos en su conjunto es tan relevante que nos pone en un escenario totalmente nuevo.

Dada la exacerbación de los desastres naturales, la alteración de los ciclos hidrogeológicos y la insuficiente coordinación de los Estados para responder a este fenómeno y sus efectos, con miras al futuro, los datos nos sitúan en un presente ad portas del apocalipsis. Una reciente investigación (1) de la Universidad Libre de Bruselas (Vrije Universiteit Brussel), señala que las personas nacidas en esta década vivenciarán 30 olas de calor en promedio, siendo siete veces más olas que las vividas por una persona nacida en 1960, aun cuando se logre limitar las emisiones de CO2.

Además, las futuras generaciones experimentarán el doble de sequías, lo que permite vislumbrar los riesgos para el pleno goce del derecho humano al agua y su saneamiento. Situación que desencadena una serie de complicaciones y restricciones sobre otros derechos humanos. Podemos comenzar por nombrar el derecho al agua, el derecho al agua potable y sistemas de saneamiento, seguir con el derecho a la alimentación, el derecho a un medio ambiente libre de contaminación, a la salud, a la seguridad personal, al trabajo y, en consecuencia, llegar a la conclusión de que afectará a todos los derechos humanos que, en su interdependencia, son la base para el desarrollo de una vida digna.

Esto significa que el cambio climático repercute de manera global sobre las condiciones de vida material de cada una de las personas que vivimos en este planeta y en el pleno ejercicio de nuestros derechos humanos. Sin embargo, los efectos de la contaminación y el cambio climático no han sido los mismos para todas y todos. Entre otras cosas, la evidencia expone que afecta en mayor medida a mujeres y niñas (2), y a los grupos históricamente discriminados. Esto implica que, de seguir este rumbo, quienes vivimos en países sin leyes que protegen el medio ambiente, con altos niveles de desigualdad social y de género, viviremos en mayor medida y más aceleradamente sus consecuencias.

Películas como Elysium e Interestellar retratan muy bien el desastre socioambiental; la primera muestra cómo se sostiene la vida de un grupo privilegiado (no se entusiasme, porque de ese grupo ni usted ni nosotros formamos parte) y, la segunda, el problema de la confianza de la sociedad en una ciencia con ética para resolver el desastre al que llevó la racionalidad instrumental. Pero, debemos convenir en que las dos constituyen obras de ciencia ficción con resoluciones demasiado esperanzadoras frente a la realidad actual.

Por otra parte, tampoco se han experimentado de modo homogéneo, en sentido sincrónico y geo-territorialmente hablando, los efectos del desastre irreversible en el que hemos sumido al ecosistema que necesitamos para vivir en el planeta. Sabemos que los países pobres sienten más rápida y agudamente los efectos, y dentro de éstos países los sectores más vulnerabilizados los viven primero y más profundamente. Eso ha permitido relativizar el verdadero impacto del cambio climático y, a la vez, una disposición a instrumentalizar las vidas ajenas como medios para fines económicos. No es sino de este modo que puede comprenderse que, a una semana de que comience la COP26 de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre Cambio Climático (UNFCCC), se haya descubierto que algunos Estados (Brasil, Argentina, Australia, etc.) han presionado a la ONU para alterar el contenido del último informe del IPCC.

Se trata de una posición que insiste en mirar con desprecio la dignidad de la persona humana, caminando en el sentido contrario a la fraternidad y sororidad que requieren estos tiempos. El horizonte ético que representan los Derechos Humanos son el principal aliado de nuestro derecho a una vida digna. Es por ello que debe ser puesto sobre la mesa el enfoque de derechos, tal como lo ha sistematizado y promovido la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, permitiendo abordar el conflicto y desastre socioambiental que esta significa.

Sin duda, esta discusión se encuentra muy marcada por las diferencias generacionales, en el que las juventudes conscientes están teniendo un papel de gran relevancia tanto a nivel internacional como nacional. No podría ser de otro modo, puesto que la discusión supone un compromiso con los principios de igualdad, de no discriminación, de equidad intergeneracional y de justicia ambiental, que permitan verdaderamente la aplicación del tan deseado desarrollo sostenible. Es decir, que las cargas y beneficios ambientales sean aprovechados de manera justa y equitativa por las generaciones presentes para satisfacer sus necesidades, sin comprometer las condiciones de satisfacción de las necesidades de las generaciones futuras.

Se trata de alejarse del adultocentrismo instrumental y el extractivismo socioeconómico, para caminar hacia un enfoque de derechos humanos. Más allá de su conmemoración el 24 de octubre, resulta insoslayable que en pleno proceso constitucional, todas y todos tomemos una posición explícita en la que ya es una lucha obligada contra el cambio climático.

NOTAS

(1) The Guardian https://www.theguardian.com/environment/2021/sep/27/children-set-for-more-climate-disasters-than-their-grandparents-research-shows

(2) Organización Mundial de la Salud (2016) Género, cambio climático y salud. ISBN 978 92 4 350818 4


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