La animita de Manuel Rodríguez, una historia no contada

Como homenaje de El Ciudadano en el aniversario 209 del asesinato más célebre de Chile, recordamos una manifestación popular de amor al héroe.
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Por Víctor Rojas Farías

       En 1818, en las afueras de Til Til, los chanchos desenterraron un cuerpo. Ya le habían comido la cara y los perros lo estaban despedazando cuando  el baqueano José Serey y sus amigos llegaron al lugar siguiendo el revuelo de buitres.  Se asustaron: el cuerpo vestía un uniforme que no parecía ni del ejército chileno, ni del argentino, ni del español…   Lo enterraron bien,  pero antes sacaron distintas prendas para comprobar la identidad: botones, trozos de chaqueta, hebillas, zapatos, para preguntar en secreto.   En secreto, pues había sido comentario general que don Manolito –al asistir a un convite hacía poco-  comentó que le habían permitido asistir a la fiesta pero lo llevaban prisionero a Valparaíso.  Cuando le preguntaron por su traje, dijo que desde hacía dos meses usaba ese uniforme que había diseñado  él mismo con unas modistas amigas, aunque siempre se sentía y había sido civil.   Lo obligaron  a incorporarse a las tropas, a crear la unidad de los Húsares de la Muerte. 

    El hallazgo del cadáver fue comentado por todo Til Til puesto que los vecinos fueron reconociendo los botones, el sable, el color de los girones de ropa.. Sí.  Era él.  Don Manolito.  Lo habían matado.  Y no lo mataron sus enemigos. ¿Quién, entonces?   En el pueblo existía un comprensible miedo.  Ya habían sufrido el rigor de los soldados, cuando buscaban a esos españoles que –aunque derrotados- no querían entregarse.  Efectivamente, más allá, en los cerros de Vizcachas y El Melón, andaba todavía un regimiento entero de soldados españoles que no pudieron huir y se fueron allá, viviendo de la caridad de la gente, que los apreciaba y les llevaba comida.  Pronto esos españoles se transformarían en bandoleros “buenos”, y en cosa de quince años la tropa del general Bulnes iría a eliminarlos.  Esos episodios se harían leyenda: se contaría el caso del español que se tiró a un barranco cuando vio que los chilenos rodeaban su refugio, y sobrevivió por ¡90 años! Transformándose al morir, a los 120, en uno de los personajes señeros de los cerros de la cordillera de costa: dio refugio, en su ranchito, a los desertores de la Guerra del 79, a los derrotados en la revolución del 91 y a un episodio del cual la historia no nos habla: el intento de independizar la cordillera de costa del mando central.

    En medio de esos afanes, en una suerte de conspiración grupal, el pueblo de Til Til calló.   Escondió el cadáver.  Simplemente, todos enmudecieron cuando vinieron las preguntas… Una tremenda maldad había sido consumada, y Til Til algo tenía que hacer…

La animita milagrosa

   Junto al árbol en que fue encontrado “el guerrillero”, en Cancha del Gato,  pusieron una marca de muerte, es decir una señalización del lugar con velas y flores.  Las comisiones investigadoras posteriores no relacionaron aquello, tan frecuente en Chile, con Rodríguez. Pero en ese lugar habían empezado casi de inmediato las señas de la adoración popular: un extenso ciclo de leyendas, de canciones, de poemas en décima y romance…  Luego vino la petición de favores…

    En 1821 ya estuvo claro que el mismo amigo que lo llevó a la última fiesta, en Til Til, fue quien cumplió las órdenes de asesinarlo por la espalda.  Se generó una creencia en penaduras, de condenados (es decir de traidores cuya alma sufre castigo en el  lugar donde cometieron su infamia.  Se decía que un buitre pasaba volando y dando vueltas, algunos días, sobre ese lugar señalado por la traición, y naturalmente se localizaron relatos de espectros y ruidos quejumbrosos)    Datos sobre aquello hay decenas;  Vicuña Mackenna,  en “De Valparaíso a Santiago”  (1877) consigna que ya a partir de 1826,  cuando fue construido el primer monumento “oficial” junto al árbol:  “No veíase ya enhiesta y taciturna sobre la rama del maitén simbólico aquella águila solitaria –el valeroso calquén de los indigenas- aparecida según la tradición en cada aniversario para contemplar aquel sitio de imperdurable luto”.   Lo que hemos recogido en la oralidad del lugar –y probablemente haya traspuesto Vicuña- es otra ave apareciéndose: un jote negro.  Más de acuerdo con las leyendas de traición y villanía.

   Paralelamente a esas historias de penaduras  vinculadas a los traidores, estaba la leyenda heroica del guerrillero.   Los relatos que aún se cuentan en Til Til narran muchos episodios no documentados:  las visitas apenadas de los antiguos Húsares de la Muerte, ya viejos, luego de haber sido disueltos y perseguidos, el llanto desesperado de la muchacha demente que decía “yo soy la novia de don Manolito” y abrazaba a las otras novias –ancianas- que decían lo mismo demasiados años después.

    La animita fructiferó.  Todos los huasos del sector iban ahí a pedir sus favores.  Porque el difunto era de la casa.  Creció.  Y, como toda animita, enfrentó a las autoridades, que sentían que ese cúmulo de velas complotaba contra el carácter solemne que debía tener el lugar.  Y ya desde la primera estatua, en 1826, empezaron a sacar las muestras populares de homenaje… 

El busto que paseaba

    Dado que las autoridades prohibían poner cosas junto al busto del héroe, y no permitían ir allá a realizar las celebraciones, en décadas posteriores se generó una curiosa costumbre que duró unos cien años: los tiltileños “invitaban” al busto a sus festejos.  Lo laceaban y se lo llevaban simplemente, a la rastra, pero con cuidado.   Lo ponían junto a la mesa, le cantaban, lo abrigaban si hacía frío, brindaban a su salud, y después de dos o tres días, lo “iban a dejar”.  Un acto común, que realizaban todos,  hasta que don Manuel empezó a estropearse y alcaldes sucesivos intentaron –primero- pegarlo al plinto para que nadie pudiera sacarlo; después elevar el plinto a donde no se pudiera tocar.  Lo que lograron fue que el busto se quebrara con el forcejeo.   Una vez con las primeras trizaduras,  al ser arrastrado con los caballos fue quebrándose más.  Y al cabo entendieron que se estropearía: para evitar eso, lo repararon y pusieron frente a los últimos que lo habían “invitado” a una francachela:  la Compañía de Bomberos Manuel Rodríguez, en la plaza… 

   Para aquella época, la animita había desaparecido.  Hoy, los vecinos recuerdan:  “ se desarrolló acá toda una cultura un poquito milagrera de lo que era Manuel Rodríguez pasó a ser una animita hasta hace unos ochenta años atrás en forma persistente, tenía velas, le ponían muchas velas, le pedían cosas, el santo de Til Til» (Gonzalo Herrera, psicólogo)  «La gente la guardaba como una animita muy benevolente; según cuenta la gente antigua le iban a poner flores y le encendían velas donde está el monumento actual.  Siempre tenía flores y velitas, y con el tiempo la gente cambió (…)». (Jorge Peña) (Registrados en distintos textos de recuerdo: “Til Til de ayer y hoy”, “Manuel Rodríguez en Til Til”, etc.)

Desaparición

        La tranformación en animita es sólo una de las demostraciones de cariño.    Existen otras opciones para canalizar el aprecio, especialmente si  el personaje es adoptado como ente oficial de un grupo de personas.  Y en Til Til fue oficializándose cada vez más la identificación con el guerrillero.   En el escudo de la ciudad fue incorporada la figura de Manuel Rodríguez galopando.  Se declaró  Día de Til Til al 26 de mayo (fecha en que lo mataron).  Se le hicieron y hacen desfiles de scouts,  b.omberos, defensa civil,  colegios lugareños que generalmente llevan el nombre “Manuel Rodríguez”.   Las canchas de fútbol, quebradas, recovecos y cada lugar de bautismo espontaneo se llama Manuel Rodríguez.   La calle principal,  poblaciones, los gimnasios y cada lugar de bautismo “oficial” se llaman Manuel Rodríguez.   Y, en las conversaciones íntimas de las casas, al calor de los tragos, se recuerdan los episodios de Manuel Rodríguez.   Es más, muchas familias mantienen botones, girones de ropa, cordones de zapato, hilos de charretera, cartas manuscritas, trozos herrumbados de sable, balas, diciendo que fueron del héroe.  Y, sin reticencias, los muestran a quienes vayan a preguntarles.

     Con ese nivel de oficialidad, y con el paso primero de las carretas, en el sendero junto a Cancha del Gato, luego luego del tren y ahora de los automóviles,  que suelen detenerse donde está la estatua, se hacía imposible la mantención de una memoria a través de animita.  Contra ello complotaban tres circunstancias:   Primero, no existía posibilidad de intimidad en un sitio tan transitado.  Segundo,  se prohibía ir al lugar a dejar testimonios (porque las autoridades sienten su deber proporcionar una imagen ordenada), y el mismo lugar era puesto en cuestión por algunas variantes de la leyenda.  Debido al movimiento del cuerpo, que fue trasladado del lugar original pues desde temprano en Santiago habían establecido comisiones que intentaban identificar el cadáver, y la gente –sintiendo que querían “robárselo”- empezó un ocultamiento tan eficaz que al poco ellos mismos no sabían dónde estaba en verdad el héroe, quiénes habían sido los últimos en cambiarlo y en dejar otro cuerpo en su lugar… Hasta que en el pueblo empezaron a propagarse versiones muy distintas. Si el guerrillero, en vida, había sido “como el viento/ sobre la nieve”, muerto seguía igual..  El hecho de que la tumba de Manuel Rodríguez haya sido sacada de Til Til y llevada a Santiago, para adornar el cementerio general, se sintió como un ultraje, y atentaba contra el principio de localización. 

    Vino entonces una circunstancia inesperada, la tercera: surgió  el culto al Niño de Las Palmas, ubicado en un lugar relativamente cercano.  El guerrillero (figura humana) a quien se le podía pedir salud o trabajo (ámbito tradicional de una animita) no podía «competir» con la vastedad de los milagros del Niño de Las Palmas (figura divina) a quien los campesinos pueden pedir buen clima, buena cosecha, lluvias (ámbito tradicional de los santos).   A las animitas se les pide favores, a los santos se les pide milagros.   Al surgir el Niño de Las Palmas, desde 1875 –pese a que autores lo antedatan en cien años- las animitas desaparecieron en masa: todo el sector se conmocionó e incluso desde Til Til, Trapiche, Melón, Colliguay, los huasos iban a Caleu (y luego a Las Palmas) a honrar…

    Luis Roco, cuya familia fue propietaria de la imagen del Niño, contó siempre que los huasos que pasaban a su rancho a rezar, en el momento de jugar a los naipes  o a la rayuela y beber,  recordaban-año a año- las circunstancias de la muerte de Rodríguez o de los guerrilleros que fueron siendo ultimados por el ejército pues estaban en rebeldía tras el asesinato de su jefe.   En fin… En 1960, Antonio Rocco del Campo iría a la fiesta campesina del Niño de Las Palmas y escribiría en la revista “En Viaje” su extrañeza: los cantores a lo divino hicieron un alto para cantar coplas a Manuel Rodríguez.  El propio alférez de los bailes religiosos, bandera en mano, dijo unos versos al guerrillero.

  En 2021 en la misma Las Palmas hay un cancionero tradicional, como el que canta el Aguila Blanca como veneración al santo Niño: «Tú nos sigues ayudando/ alla vá stamos contentos/ si venimos sin alientos/ tú nos tai aquí sperando» (…) «échanos otra manito/ guerrillero y mi hermanito/ no te estoy pidiendo fíao/ y si no me voy cortao» (..)   En este fragmento se advierte –creemos- una superposición: ¿porqué los cantores le van a decir “guerrillero y mi hermanito” a un niño de ocho años?   Porque la canción originalmente era para otro.  Él, pues.   Y como la tierra está llorando, vamos callando.


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