Por Osvaldo Carvajal M., director de Vinculación con el Medio, Facultad de Educación y Humanidades U. Andrés Bello
Hemos conversado varias veces sobre las caricaturas que el canon hizo de las escritoras. Mistral, gran madre; Brunet, tía de los cuentos infantiles; Thèrése Wilms, poeta maldita… Pero el caso de hoy es de los peores.
Pese al reconocimiento que tuvo en su tiempo, si le preguntan a alguien hoy por María Monvel, seguramente dirá: “ah, sí, es una calle de La Reina”. Por supuesto, fue mucho más que eso. Así que, ¡manos al archivo!
Para dimensionar de quién estamos hablando, esto decía sobre Monvel una tal Lucila Godoy: “La mejor poetisa de Chile, pero más que eso: una de las grandes poetisas de nuestra América, próxima a Alfonsina Storni por la riqueza del temperamento, a Juana de Ibarbourou por la espontaneidad”.
Nuestra Premio Nobel pone a su comadre (literal, era la madrina de su hija) en lo más alto de la poesía latinoamericana. Y Monvel sabría sacarle partido a semejante carta de presentación.
Porque Ercilia Brito Letelier —sí, se agradece que haya elegido el seudónimo María Monvel— no provenía de la elite santiaguina, sino de una familia burguesa de Iquique venida a menos. Por ello, aunque recibió una educación laica en liceos y una formación artística privada, para hacerse un lugar en el campo intelectual tendría que aprender a moverse con estrategia.
En 1914, todavía liceana y con apenas 16 años, hizo su primera jugada: comenzó a escribirle coquetas cartas al poeta Julio Munizaga. Fernanda Moraga y Naín Nómez destacan cómo en ellas se presenta como una muchacha que “carece de juicio” y pide perdón por el atrevimiento, mientras elogia su poesía “apasionada y llena de fuego” y sus “hermosos ojos azules”.
La primera carta comienza con un “Ud. ignora mi nombre” y termina firmada con el seudónimo que usaría el resto de su carrera. Así nació María Monvel.
En esas cartas Monvel no solo coqueteaba: comentaba lecturas y comenzaba a ensayar una voz crítica propia, que pronto saldría del intercambio privado. En 1915 publicó su primer poema en Figulinas y, desde 1917, sus textos comenzaron a aparecer en Zig-Zag, el mismo año en que Selva lírica la incluyó (aunque con su nombre mal escrito) entre las jóvenes promesas de la poesía chilena.
Era la primera vez que aparecía en una antología, género que sería clave para su consagración.
Antes de seguir: ¿tenemos claro lo que es una antología? En simple, es una selección de textos que alguien reúne porque considera que merecen ser destacados. Por eso tiene algo de consagratorio: ser antologada es ser elegida. Y cuando está dedicada a un solo autor, suele reunir textos ya publicados. Algo así como un disco de Grandes éxitos.
Ahora imaginen un Greatest Hits compuesto casi entero por canciones inéditas. Raro, ¿no? Algo así ocurrió con Monvel en España. Aunque ya circulaba en América Latina, allá su nombre no existía.
Cuesta pensar, entonces, que Editorial Cervantes reuniera por su cuenta 35 poemas ausentes de sus libros anteriores y que le pusiera de prólogo el citado elogio mistraliano. Ello hace pensar que la misma Monvel armó ese poemario disfrazado de antología publicado en España con el que volvería a Chile. Y no sería eso lo más atrevido que haría en Europa…
Eran los años en que todavía resonaba la frase de Pío Baroja: “América es el continente estúpido”. Monvel lo comprobó cuando consiguió visitar al monumental José Ortega y Gasset, quien la recibió con indiferencia y desprecio. Pero ella tenía un plan: “no marchar de España sin ser amiga de Ortega y Gasset”.
La oportunidad llegó cuando Rosa Spottorno, esposa del filósofo, fue a visitarla: “Yo le hablé tan mal como pude de su marido. Y ella —yo confiaba en eso— se lo repitió”. Funcionó. Ortega “se sintió halagado con ese rencor criollo que había despertado en una indiecita de Sud-América” y la invitó a tomar té. Después vinieron otros encuentros y Monvel consiguió lo que se había propuesto. Triunfó el chisme.
La amistad, eso sí, no duró. En 1928 Monvel escribía a Guillermo de Torre: “Deme noticias de mi ex-amigo Ortega, porque nunca más, desde que salí de Madrid, volvió a acordarse de mí”. Para entonces poco importaba: había vuelto a Chile antologada por una editorial española. Y no abandonaría el método.
En 1929 publicó Poetisas de América, una antología de escritoras americanas en la que, por supuesto, se incluyó a sí misma. Para hacerlo sutilmente, recurrió a la vieja confiable: así es, usó el elogio de Mistral con que abrimos esta crónica.
Porque Ercilia entendió tempranamente que para triunfar como escritora había que hacerse un nombre, construir redes y administrar el propio prestigio. Había que creerse el cuento. Y se lo creyó tanto que a su último libro —sí, otra antología— le puso Sus mejores poemas.
Lo increíble es que, tras todo ese esfuerzo, termináramos creyendo que su nombre era tan solo una calle de La Reina. El pago de Chile…
Osvaldo Carvajal M.
