Columna de opinión

Volver a movernos: la ciudad como punto de encuentro

Moverse no siempre implica grandes desafíos deportivos ni rendimientos extraordinarios. A veces, basta con caminar juntos, andar en bicicleta por el barrio, jugar en una plaza o simplemente salir a recorrer el entorno más cercano. Son esos pequeños gestos los que, sostenidos en el tiempo, construyen hábitos, fortalecen vínculos y generan bienestar.

Volver a movernos: la ciudad como punto de encuentro

Por Belén Fierro Saldaña

El fin de semana antepasado, miles de personas salieron a andar en bicicleta por las calles de Santiago. Familias completas, niños aprendiendo a pedalear, adultos retomando trayectos olvidados. No era solo una actividad deportiva: era una escena que hablaba de algo más profundo. De encuentro, de comunidad, de una forma distinta de habitar la ciudad.

Este domingo, la Maratón de Santiago volvió a convocar a miles de personas en torno al movimiento. Corredores de distintas edades y niveles recorrieron la ciudad en un evento que, más allá de lo competitivo, también nos recuerda algo esencial: el cuerpo necesita moverse, pero también necesita hacerlo en compañía, en comunidad, en territorio.

En tiempos donde la vida cotidiana se vuelve cada vez más acelerada y muchas veces más individual, estas instancias nos invitan a detenernos y preguntarnos: ¿cuándo fue la última vez que salimos a movernos en familia? ¿cuándo ocupamos la plaza del barrio, la vereda, la calle, no solo para transitar, sino para encontrarnos?

Moverse no siempre implica grandes desafíos deportivos ni rendimientos extraordinarios. A veces, basta con caminar juntos, andar en bicicleta por el barrio, jugar en una plaza o simplemente salir a recorrer el entorno más cercano. Son esos pequeños gestos los que, sostenidos en el tiempo, construyen hábitos, fortalecen vínculos y generan bienestar.

El movimiento tiene un valor que va más allá de lo físico. Es una oportunidad para compartir, para desconectarse de las pantallas, para reconectar con el entorno y con otros. En el caso de niñas, niños y jóvenes, además, es una forma de aprender desde la experiencia: conocer su cuerpo, relacionarse con otros, explorar el espacio.

No se trata de esperar la próxima cicletada o la próxima maratón, sino de preguntarnos cómo generamos, desde nuestros propios espacios, oportunidades para movernos más y mejor.

Por eso, más allá de los grandes eventos, el desafío está en llevar el movimiento a lo cotidiano. A los territorios. A los barrios. A las comunidades. No se trata de esperar la próxima cicletada o la próxima maratón, sino de preguntarnos cómo generamos, desde nuestros propios espacios, oportunidades para movernos más y mejor.

En ese sentido, las familias cumplen un rol fundamental. No como expertas en actividad física, sino como facilitadoras de experiencias: salir juntos, proponer juegos, caminar más, usar la bicicleta como medio de transporte o recreación. Pequeñas decisiones que, poco a poco, van transformando la relación con el movimiento.

También es una invitación a mirar con otros ojos los espacios que habitamos. Muchas veces creemos que no hay lugares adecuados, pero plazas, calles tranquilas o espacios comunitarios pueden convertirse en escenarios de encuentro si los activamos colectivamente.

El movimiento no tiene por qué ser perfecto, ni planificado, ni exigente. Tiene que ser posible. Cercano. Compartido. Quizás, después de ver las calles llenas de bicicletas o corredores, la invitación más importante no es solo admirar esos eventos, sino preguntarnos cómo llevamos ese espíritu a nuestra vida diaria. Cómo lo bajamos a nuestros propios ritmos, a nuestras familias, a nuestros territorios.

Porque moverse juntos no solo mejora la salud. También construye comunidad.

Por Belén Fierro Saldaña

Escuela de Educación Física, Facultad de Educación – Universidad de las Américas, Chile.


Las expresiones emitidas en esta columna son de exclusiva responsabilidad de su autor(a) y no representan necesariamente las opiniones de El Ciudadano.

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