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La vida, el amor, el tiempo, la tormenta y la muerte…

Delmira Agustini (Montevideo, 1914): “En esta pieza de alquiler fue citada por el hombre que había sido su marido; y queriendo tenerla, queriendo quedársela, él la amó y la mató y se mató… Publican los diarios uruguayos la foto del cuerpo que yace tumbado junto a la cama, Delmira abatida por dos tiros de revólver, desnuda como sus poemas, las medias caídas, toda desvestida de rojo: -Vamos más lejos en la noche, vamos… Delmira Agustini escribía en trance. Había cantado a las fiebres del amor sin pacatos disimulos, y había sido condenada por quienes castigan en las mujeres lo que en los hombres aplauden, porque la castidad es un deber femenino y del deseo, como la razón, un privilegio masculino. En el Uruguay marchan las leyes por delante de la gente, que todavía separa el alma del cuerpo como si fueran la Bella y la Bestia. De modo que ante el cadáver de Delmira se derraman lágrimas y frases a propósito de tan sensible pérdida de las letras nacionales, pero en el fondo los dolientes suspiran con alivio: la muerta muerta está, y más vale así. Pero, ¿muerta está? ¿No serán sombra de su voz y eco de su cuerpo todos los amantes que en las noches del mundo ardan? ¿No le harán un lugarcito en las noches del mundo para que cante su boca desatada y dancen sus pies resplandecientes?” (Galeano. Memorias del fuego. III. El siglo del viento. 1986: 43 – 44)

La Ley Nº 20.480 (Chile, 2010) consigna el femicidio como un homicidio cometido contra una mujer por su cónyuge o conviviente. Quién puede ser condenado a presidio mayor en su grado máximo; o a cadena perpetua calificada. En otras palabras, el autor de este crimen será encarcelado por 15 años y un día. O permanecerá privado de libertad de por vida, impidiéndole la libertad condicional u otros beneficios e indultos antes de cumplir 40 años efectivos en la cárcel. Sin embargo, estas penas van en aumento, siempre y cuando, el agresor incurra en sistemáticos hechos de violencia intrafamiliar. O cuando estos acontecimientos terminan con la vida de una o varias personas.

Según las cifras del Servicio Nacional de la Mujer, hasta el momento hay 30 mujeres asesinadas, es decir:

• Mujeres degolladas en la vía pública por sus ex-parejas.

• Mujeres violadas y golpeadas por sus ex-cónyuges.

• Mujeres ahorcadas por sus ex-convivientes.

• Mujeres apuñaladas o acuchilladas por sus parejas.

• Mujeres baleadas por sus cónyuges.

• Mujeres envenenadas o asfixiadas por sus convivientes.

• Mujeres acribilladas por sus pololos.

• Mujeres ultimadas por el padre de sus hijos/as.

• Mujeres embarazadas fallecidas producto de las graves lesiones propinadas por sus maridos.

En la mayoría de los casos, los tribunales habían decretado medidas de protección hacia estas mujeres, -“víctimas en situación de riesgo”-. Porque sus parejas, cónyuges, convivientes y pololos reaccionaron violentamente o se negaron a aceptar que la relación sentimental mantenida recientemente con ellas había finalizado.

Entonces, si los jueces ordenaron que los autores de estos crímenes debían presentarse regularmente en las respectivas unidades policiales. O dictaron sentencia en términos de prohibirles acercarse o compartir el hogar con las víctimas; no podían poseer armas de fuego; estaban obligados a asistir a distintos programas terapéuticos; y tendrían una vigencia máxima durante dos años… ¿Quién explica estos asesinatos? ¿Quién repara sus consecuencias en el corto, mediano y largo plazo, si estos femicidios se cometieron en presencia de niños, niñas y jóvenes?

Al parecer, en Chile, las leyes siguen marchando por delante de las personas, “olvidándose de las medidas de prevención, protección y reparación hacia las víctimas en situación de riesgo…”.

Desde lejos. Delmira Agustini

En el silencio siento pasar hora tras hora

como un cortejo lento, acompasado y frío

¡Ah, cuando tú estás lejos de mi alma todo llora,

y al rumor de tus pasos hasta en sueños sonrío!

Yo sé que volverás, que brillará otra aurora

en mi horizonte grave como un sueño sombrío;

revivirá en mis bosques tu gran risa sonora

que los cruzaba alegre como el cristal de un río.

Un día, al encontrarnos tristes en el camino

yo puse entre tus manos mi pálido destino.

¡Y nada más hermoso jamás han de ofrecerte!

Mi alma es, frente a tu alma, como el mar frente al cielo:

pasarán entre ellas, cual la sombra de un vuelo,

la Tormenta y el Tiempo y la Vida y la Muerte!

Por Verónica Alejandra Lizana Muñoz

***

Texto -de origen externo- incorporado a este medio por (no es el autor):

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