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Bailando con la pálida

Parece una contradicción estar tratando de escribir sobre la yerba y sin un puto pito, ni una pizca de fumo con el cual pueda empinar esta crónica verde. “En casa del herrero cuchillo de palo”, dice el dicho popular, pero tampoco es tan imprescindible, ya que existe la memoria del volado, y aunque se diga que con los años, la quemazón de pastizales en el cerebro hace estragos en las neuronas, no es para tanto, porque con todo lo que he consumido no recordaría ni siquiera mi nombre. Aunque a veces, fumando, tampoco recuerdo mi sexo, pero es solo una coquetería de género para esfumarme en la negación del yo fumón. Al parecer la memoria momentánea es dudosa con la yerba, (el típico ¿Y que hora es?, conteniendo el humo, y no ha pasado nada de tiempo) Pero en realidad, cuando escribo no fumo y hago el rito de pensarme fumando en el ayer (otra vez el ayer). Viste que esta planta es emotiva y su evocación poética te lleva de la mano flotando sobre esos prados de estrellas por siempre. Pienso que es una forma de evocación más dispersa, más evocadora; pero absolutamente más intensa en su lírica emancipada que replantea el remember con estertores de emoción.

Quizás, a falta de un pito estoy idealizando. Cuando no hay que fumar, uno se pone a hablar de los momentos mágicos de la yerba, y es como vivirlos de nuevo. Es como abrir la ventana del recuerdo, tras la cordillera, para verme años más pendejo, años más inocente, años más disipada, vacilando con unos chicos del barrio San Miguel de Buenos Aires.

Eran tres pimpollos que me habían recogido (levantado de la ruta) ofreciéndome hospedaje en su casa. Qué lindos eran, con sus ojitos llorosos al aspirar el caramelo ácido de la mari paraguaya que fumábamos en aquella placita de barrio, tan de noche, tan entusiasmados que trepamos todos juntos a un monumento altísimo de San Martín u otro prócer a caballo. Eran tres flacos bien porteños, rokerazos, fumones y vagonetas en la rua dispersa del humito azul de aquella paraguaya prensada con miel que daba un bouquet, loco, un espesor de THC, boludo, que te dejaba pegados los dedos, y era pegote compartir la tuca, de tan achocolatada de pasta, viste.

Al primer sorbo, me pegó un aletazo en la frente y quedé montado en el caballo de San Martín. Al aspirar profundamente el segundo, ya no quería más, todo giraba, las caras de los chicos se acercaban y alejaban deformes, como lisérgicas…

¡Huy! que fuerte. Hice el comentario. ¿Te parece?, es solo un fumito, ché. ¿Queres otro para quedar re loco? Andá, los chilenos son duros, fúmate otro. A mí, las palabras me rebotaban en un túnel y se desarmaban en mi cabeza. De pronto no sabía donde estaba, ni qué hacía ahí. Cómo había llegado, trataba de recordar lo que había hecho antes, y nada, todo era presente, absoluto y delirantemente presente. El pánico me empezó a subir desde los pies que colgaban a gran altura desde la estatua de San Martín. Al comienzo pensé rechazar el segundo fumo porque no sabía dónde iba a llegar, pero creí falsamente que eso era todo, total la yerba tiene techo y no podía subir más que eso. Pero me equivoqué al aceptar el segundo joint haciéndome la pantera canabis, porque seguí subiendo, como en un trip, como en ácido, así de violento y aterrante. Y cada vez estaba más arriba del suelo, volando en el corcel del prócer agarrado a su cintura. Era una pálida sin duda, una agonía tanguera esa mezcla de éxtasis, sudor helado y un terror paranoico de las reputas que lo único que deseaba era estar en mi hogar de Santiago, en mi cama, acunado por mamá. Pero eso queda muy lejos, estas en Buenos Aires, reían los chicos viéndome volar como una golondrina crespa, embarazada de pujos y estertores y escalofríos y nauseas y mareos. Entonces se asustaron un poco. Y entre todos me bajaron de la estatua y me recostaron en el pasto haciéndome friegas en los brazos.

Tampoco era para tanto, y yo fingía un poco el desmayo al escuchar que me darían respiración boca a boca. ¿Estás seguro que no es la primera vez que fumas?, me preguntó el chico más atento del grupo soplándome la cara con su aliento de canábico dulzor.

Por Pedro Lemebel

Ojo de loca no se equivoca

El Ciudadano Nº142, mayo 2013

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